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PLAN Y PROLEGÓMENOS DEL ALZAMIENTO NACIONAL       

Ante todo debe tenerse en cuenta y no olvidar para poder entender muchos de los hechos que conformaron el Alzamiento Nacional, que su puesta en práctica respondió a un plan preconcebido que se trazó por militares profesionales, intentando ajustar su desarrollo a tal esquema casi como si de una operación militar se tratara, por todo lo cual no debe perderse de vista que en su ejecución se siguió un organigrama que los implicados intentaron respetar también con rigor castrense, independientemente de que los que participaran en él lo fueran o no; es decir, que los que secundaron la sublevación, fueran militares o civiles, debían seguir disciplinadamente unas pautas concretas y atenerse a ellas escrupulosamente. Esto es muy importante tenerlo en cuenta en todo momento pues será también la causa directa o indirecta de las decisiones y actuaciones acertadas, en algunos casos, y erróneas, en otros, que muchos de sus protagonistas adoptaron. Junto a ello, debe también tenerse siempre muy presente que si bien existió una preparación detallada del mismo, cuando se dio la orden de iniciarlo la organización real con la que se contaba para llevarlo a la práctica estaba poco o nada consolidada en la mayoría de las provincias y casi podría afirmarse que tan sólo cogida con hilos, lo que provocaría que muchos de los que desde puestos de responsabilidad se enfrentaron al dilema de secundarlo o no, al no estar suficientemente enterados de sus fines concretos, titubearan, dando lugar a situaciones personales y colectivas que les arrastrarían al éxito o al fracaso según se decantaran por un bando o por el otro a impulsos, muchas veces, de las circunstancias y del puro azar. 

            Mola y los principales conjurados siempre consideraron que lo que procedía era llevar a cabo un golpe de fuerza para hacerse con el control de los resortes del Estado, adelantándose al seguro estallido de la nueva revolución izquierdista  --de cuyo inicio estaban convencidos que sería inminente y los líderes de dicha fuerza no se cansaban de anunciar--, y, desde el poder, encarrilar la República hacia derroteros verdaderamente democráticos y de orden, impidiendo a las fuerzas de la izquierda revolucionaria, a los anarquistas y a los independentistas catalano-vascongados alcanzar sus objetivos antidemocráticos y antirrepublicanos, que eran, por otro lado, conocidos de todos, pues ellos mismos se encargaban de proclamarlos reiteradamente a los cuatro vientos.  

Así pues, el Alzamiento se planeó como una acción que debía ser rápida, contundente, corta y decidida, persiguiendo el colapso total de sus potenciales oponentes, así como la inhibición, en el peor de los casos, de la mayoría de la población; era ésta la única y mejor forma de garantizar su éxito, especialmente si se tiene en cuenta la situación de marcada inferioridad de la que partían los dispuestos a sublevarse, pues no hay que olvidar que enfrente tenían, en un principio, a la totalidad del Estado, a sus estructuras y servidores que eran, a priori, fieles al Frente Popular o, al menos, incapaces de movilizarse contra él por creer que, a pesar de todo, representaba la legalidad del régimen, aunque estuviera carente por completo de legitimidad por razón de sus continuos desafueros; había, pues, que actuar por sorpresa y aprovechar al máximo los beneficios que siempre ofrece tal factor. En ningún momento los alzados pensaron que la sublevación podría acabar en una guerra fratricida que durase tres años, ni estaba en sus planes provocarla; como mucho, se contempló que, de fracasar el golpe en algunas provincias, existía la posibilidad de algún enfrentamiento armado entre distintas facciones políticas que, aunque sería costoso sofocar, no lo sería más que cuando la revolución de Octubre de 1934, pero que en ningún caso derivaría en una guerra abierta y generalizada. 

            Para conseguir la sorpresa requerida, que era además pieza fundamental del “golpe de fuerza” planeado, se hacía preciso lograr el máximo secreto posible en su preparación, lo cual era prácticamente incompatible con la necesidad de aunar voluntades, proceso que requería pulsar la opinión de cuantos más mandos militares fuera posible, mejor, a fin de comprobar su disposición u oposición a secundarlo; imaginémonos, por lo tanto, lo difícil que se hacía lograr el secreto preciso debiendo sondear, aunque fuera siquiera sutilmente, a la practica totalidad de los altos mandos militares de toda España, excluyendo sólo a aquellos de los que se conocía de antemano su ferviente frentepopulismo; igualmente, hacerlo con los mandos intermedios, llegando incluso hasta el nivel de Teniente, con el fin de poder asegurar una respuesta positiva en toda la cadena de mando militar; además, tener que llevarlo a cabo no sólo en el Ejército, donde se disponía de antemano de informaciones concretas sobre muchos de sus componentes, lo que permitía acercarse a unos y excluir a otros, sino también en otros Cuerpos como la Armada o los Carabineros; especialmente delicado y proclive a la pérdida del secreto era tener que hacerlo en el seno de las fuerzas de seguridad que dependían del Gobierno, es decir, la Guardia Civil y, sobre todo, la Guardia de Asalto, cuerpo este último cuya lealtad frentepopulista se había cuidado desde el mismo advenimiento de la República que era quien lo había creado. 

Debe asimismo tenerse en cuenta que la mayoría de los principales implicados eran personajes públicos, muy conocidos y a los que se les sometía por parte del Gobierno del Frente Popular   --a través de la Policía--  a sutil, pero estrecha vigilancia; por último, estos contactos había que hacerlos en un ambiente social dominado por las organizaciones frentepopulistas, con todas las autoridades civiles y muchas de las militares radicalmente leales a su ideario, que no dudaban en trasladar de ciudad a cualquier simple sospechoso de deslealtad para con el Gobierno del Frente Popular y que mostraban una especial y abierta inquina contra todo lo castrense. A pesar de ello y de su incompatibilidad con el secreto, era inexcusable realizar tales gestiones personales con los mandos militares, así como con los miembros de las organizaciones civiles potencialmente afectas, si se quería contar con su apoyo y ganarse su voluntad o, en el peor de los casos, al menos, su voluntaria pasividad; también, lógicamente, para saber si iban a estar radicalmente enfrente y dispuestos a combatir, incluso con las armas, a sus compañeros sublevados, que era la opción más peligrosa. Capítulo aparte y especial en la fase de contactos lo constituyeron, para más inri, los líderes y afiliados de las organizaciones políticas y civiles cuyo concurso a la sublevación se buscó, y de cuya discreción y capacidad de confidencialidad había motivos más que fundados para desconfiar. 

            Sin embargo, y a pesar de todo, puede decirse que el nivel de secreto que se consiguió fue más que aceptable, dadas las circunstancias, lo que no fue óbice para que no fuera completo y las autoridades frentepopulistas supieran que algo se preparaba, que se conspiraba en algunos cuarteles y que destacados militares procuraban ganar voluntades para sublevarse contra el Gobierno, poseyendo así el Ejecutivo un conocimiento cierto de la existencia de una conspiración, lo que en el caso de Cataluña, por ejemplo, llegó a ser muy exacto, pues sus autoridades llegaron a tener informaciones muy concretas sobre los planes en tal región, como se verá.

Paradójicamente, tal conocimiento, aunque incompleto, llegó a ser más que suficiente para que hubiera impulsado a tales autoridades a actuar preventivamente y de forma contundente contra la conspiración, y no a limitarse a periódicos traslados de destino de mandos militares y de las fuerzas de seguridad. La cuestión es que el conocimiento básico que poseyeron no fue aprovechado porque, sobre todo Azaña  --de lo que se lamentaría después en público y en privado continuamente--, así como los más destacados líderes socialistas,  principalmente Indalecio Prieto y Largo Caballero, consideraron que el asunto no tenía posibilidades de pasar de ser una nueva “sanjurjada”, es decir, un golpe liderado por unos pocos militares a los que, como en 1932, no se sumarían nada más que otros pocos, por lo que podrían ser neutralizados sin dificultad, utilizándose tal intento de golpe, además y al igual que entonces, como excusa perfecta para justificar, no ya sólo una nueva persecución contra las derechas, sino su total extinción política y social, así como una definitiva purga de todos los estamentos del Estado para acabar de una vez por todas con aquellos que no fueran, no ya “republicanos”, sino sinceros y fervientes “frentepopulistas”. 

Será la pura ambición política y de poder, al creer que tenían ante sí la oportunidad perfecta para destruir definitivamente a todos los que consideraban sus enemigos, dejando así expedito el camino a la nueva revolución, la que impidió a los frentepopulistas valorar con exactitud la peligrosidad del golpe que se fraguaba y, sobre todo, la potencial reacción de apoyo que grandes sectores de población estaban dispuestos a prestarle en esta ocasión, los cuales, si bien en 1932 se inhibieron, ahora no lo iban a hacer pues, al contrario que entonces, ahora sí se sentían perseguidos y amenazados política, social e incluso físicamente por el Gobierno y las autoridades frentepopulistas en el poder. No fueron capaces los líderes del Frente Popular de valorar en su justa medida, en esta ocasión, el hecho de que, frente a sus masas y seguidores, sin duda muy potentes y dispuestas, tenían a la otra media España tan atemorizada y descontenta como para considerar que no había otra posibilidad que defenderse atacando o morir en el empeño. Como dijera en el Parlamento Gil Robles el 15 de Abril de 1936, sin que se le hiciera caso “...las gentes de orden no tendrán otro camino...una masa considerable de población española, que, por lo menos, es la mitad de la nación, no se resigna implacablemente a morir; yo os lo aseguro...si no puede defenderse por un camino, se defenderá por otro...”.  

Por todo ello, dichas autoridades no profundizaron en sus investigaciones, se conformaron con saber que “algo” se tramaba, se relajaron confiándose en exceso al saberse ostentadoras de todo el poder y no intervinieron con decisión para cercenar de raíz los preparativos del Alzamiento cuando les hubiera sido posible, lo que provocó que, cuando estalló, no estaban todo lo preparados que hubieran deseado y que exigía la amplísima extensión y alcance que tomó la sublevación, incomparablemente superior a la “sanjurjada” que tanto recordaban, favoreciendo inconscientemente con tal pasividad los planes de Mola y del resto de confabulados, o al menos no entorpeciéndolos en el grado en el que hubieran podido, permitiéndoles llevar a cabo sus preparativos sólo con los lógicos y especiales problemas que ya de por sí eran inherentes al caso, pero no con otros añadidos, lo que de todas formas ya fue bastante.           

La base de la sublevación fueron, por tanto, las Fuerzas Armadas de entonces, que en 1936 estaban estructuradas en lo que a unidades aptas para el combate se refiere, de la siguiente forma: 

Madrid (1ª División), en Rojo; Sevilla (2ª), en Amarillo; Valencia (3ª), en Azul; Barcelona (4ª), en Rosa; Zaragoza (5ª), en Marrón; Burgos (6ª), en Naranja; Valladolid (7ª), en Verde y La Coruña (8ª), en Azul claro; además, la Comandancia Extenta de Asturias, en Verde oscuro, las Comandancias Insulares de Canarias y Baleares, y el Protectorado de Marruecos. 

            El Ejército se distribuía en la Península en ocho Divisiones Orgánicas compuesta cada una por dos Brigadas de Infantería (cada una con dos Regimientos a dos Batallones), un Escuadrón de Caballería, una Brigada de Artillería (con dos Regimientos cada una, uno de cañones y otro de obuses), un Batallón de Zapadores, un Grupo de Transmisiones, una Sección de Iluminación, una Escuadrilla de Aviación, una Unidad de Aeroestación y las unidades correspondientes de los servicios de Intendencia, Sanidad y Veterinaria.  

Las citadas Divisiones tenían sus sedes por orden numérico en Madrid (1ª División), Sevilla (2ª), Valencia (3ª), Barcelona (4ª), Zaragoza (5ª), Burgos (6ª), Valladolid (7ª) y La Coruña (8ª).  

Existían dos Comandancias Generales insulares, las de Baleares y Canarias, más una Comandancia llamada “exenta” --independiente--  en Asturias, creada a raíz de los sucesos revolucionarios de Octubre de 1934. 

Además, y dependientes directamente del mando superior (Cuerpo de Ejército y Ejército), y por ello desplegadas en todo el territorio, incluidas las islas  --y excluido Marruecos--, había dos Brigadas Mixtas de Infantería de montaña dotadas de dos Regimientos de Infantería de montaña, uno de Artillería de montaña, de Zapadores y demás unidades de servicios; siete Regimientos de Infantería de guarnición en las bases navales y en las Comandancias insulares; un Grupo de Infantería Ciclista; un Grupo de auto-ametralladoras-cañones; dos Regimientos de carros de combate ligeros; cuatro Batallones de Ametralladoras; una División de Caballería (compuesta por dos Regimientos cada una a dos Grupos); cuatro Regimientos más de Caballería; cuatro Regimientos de Artillería Pesada; cuatro de Artillería de Costa; un Regimiento de Artillería a caballo; tres Grupos mixtos de Artillería en Baleares y Canarias; y otras unidades de Zapadores, Pontoneros y servicios. 

Además de lo anterior, el Ejército de Tierra poseía un fuerte contingente de fuerzas desplegadas en el Protectorado español de Marruecos que poseían su propio General en Jefe dependiente directamente del Alto Comisario, con sede en Tetuán, y que se dividía en dos Circunscripciones, la Occidental con cabecera en Tetuán también, y la Oriental con cabecera en Melilla. En tal territorio existían siete Batallones de Infantería, el Tercio con dos Legiones a tres Banderas cada una  --más una Legión de instrucción--, dos Agrupaciones de Artillería, un Batallón de Zapadores y otro de Transmisiones, cinco Mehal-las (Batallones) indígenas ubicadas en Tetuán, Melilla, Larache, Rif y Gomara y otras unidades de servicios y policía indígena. 

La Aviación del momento estaba bajo el mando de un Inspector General dependiente del Ejército y se estructuraba en tres Escuadras repartidas la Nº1 entre Madrid y León, la Nº2 entre Barcelona y Logroño y la Nº3 entre Sevilla y Granada; además, por los diversos aeródromos del Protectorado se distribuía otro grupo de aviación. 

Existían, también dependientes del Ejército, las Inspecciones Generales de la Guardia Civil y la del Cuerpo de Carabineros, fuerza esta última con misiones de guardia fronteriza y de aduanas; por su parte, la Armada se distribuía en tres zonas marítimas con sedes en El Ferrol, Cádiz y Cartagena. Por último, y como fuerza de seguridad dependiente exclusivamente del Ministerio de la Gobernación, a través de los Gobernadores Civiles de las provincias, existía la Guardia de Asalto. Hay que señalar que muchos de los mandos de la Guardia Civil, Carabineros y Guardia de Asalto procedían de las plantillas del Ejército. 

En números redondos las fuerzas del Ejército desplegadas en la Península y Marruecos, así como las Fuerzas de Seguridad existentes eran como señala el cuadro adjunto. De las de Ejército destacaban por su disciplina, cohesión y operatividad demostrada las asentadas en Marruecos. De las de Seguridad, a la Guardia Civil debe considerársela como fuerza de elite por su experiencia, disciplina y eficacia; a la Guardia de Asalto era también por las mismas razones que a la Guardia Civil, con el añadido de que era el Cuerpo mejor dotado en cuanto a calidad y modernidad de su armamento, además de estar compuesto por personal seleccionado y, en principio, elegido tendiendo en cuenta su explícita lealtad al régimen republicano y a sus autoridades de turno, y por ello, en ese momento, a las del Frente Popular; el Cuerpo de Carabineros estaba presente sólo en localidades fronterizas y con aduanas. 

           

A 17 Julio 1936

Ejército en la Península, Baleares y Canarias

 

Grl,s-Jef,s-Ofi,s y asimilados

7.336

Subof,s

8.337

Auxiliares subalternos

4.385

Tropa

99.000

Total

119.058

 

 

Ejército en Marruecos

 

Grl,s-Jef,s-Ofi,s y Asimil.

1.401

Subof,s

1.893

Auxiliares subalternos

 599

Tropa

21.649 (europeos) 8.725 (moros)

Total

34.267

 

 

Guardia Civil

 

Grl,s-Jef,s-Ofi,s

1.084

Subof,s

2.512

Guardias

28.848

Total

32.444

 

 

Guardia de Asalto

 

Mandos y guardias

35.000

Total

35.000

 

 

Carabineros

 

Grl,s-Jef,s-Ofi,s

738

Subof,s

1.203

Guardias

14.163

Total

16.104

 

 

Total hombres

236.873

             Mola era consciente de que el éxito del Alzamiento iba a depender del nivel de respuesta que se lograra del conjunto o de la mayor parte de todas esas fuerzas, pues no en balde eran las poseedoras de las armas y, por ello, del poder en último extremo; si permanecían del lado de las autoridades frentepopulistas, el fracaso estaba cantado; si se colocaban junto a los sublevados, el éxito sería total y rápido, como se deseaba; si se dividían, la confrontación surgiría, dependiendo su dureza y duración del nivel de equilibrio o desequilibrio que se hubiera generado entre los bandos. 

En lo conceptual, el plan general de Mola para el Alzamiento fue siempre el mismo desde el primer momento, pudiéndose resumir de la siguiente forma: llevar a cabo un golpe de fuerza mediante la sublevación de cuantas guarniciones militares fuera posible, declarando el “estado de guerra” --fórmula legal por el que los resortes del poder pasaban de inmediato a las autoridades militares-- para hacerse con el control legal del poder; designación de una Junta de Defensa Nacional con sede en Madrid  --concebida como un Directorio militar--; suspensión de los derechos constitucionales y adopción de cuantas medidas fueran precisas para atajar, principalmente, el desorden en que vivía la nación y después, serenada ésta, proceder a reconducir sus instituciones y actividades de toda clase hacia la consecución de los intereses y objetivos nacionales que más y mejor conviniera; conseguido lo anterior, para lo que se esperaba que bastara con un periodo de tiempo no muy largo, que de todas formas no se precisaba, se volverían a restituir los derechos constitucionales, suspendidos por la ley marcial correspondiente a la ya citada promulgación del “estado de guerra”, pero preservando una serie de principios fundamentales y conceptos básicos como el de unidad de la patria, orden, raíces cristianas, trabajo y reparto equitativo de la riqueza, así como los derechos de los trabajadores, impidiendo la lucha de clases entre obreros y patronos, controlando las acciones de los unos y de los otros a fin de evitar los excesos en las justas reivindicaciones laborales de los primeros o su explotación por parte de los segundos; el modelo elegido era en gran medida el del golpe y posterior gobierno dictatorial del General Primo de Rivera. En ningún momento se consideró, si quiera, la abolición o sustitución de la República por otro sistema político, fuera el que fuese, ni el cambio de sus símbolos, como podrían ser la bandera tricolor o el himno de Riego. 

Gral. Emilio Mola

En lo concreto, los planes de Mola eran proceder a la sublevación del Ejército y la Armada  --esperando que fueran secundados por las fuerzas de seguridad--, dando el primer paso del movimiento insurreccional las Jefaturas de las Divisiones Orgánicas, es decir, sus Generales en jefe, como máximas autoridades de la estructura militar de la nación. Declarado desde ellas y por ellos el “estado de guerra”, y suspendidos por lo tanto los derechos constitucionales, entraba en vigor la ley marcial en conformidad con el ordenamiento jurídico vigente, debiendo proceder tales jefes militares de inmediato a hacerse con el control de las ciudades donde se ubicaban, desplegando en ellas a las fuerzas disponibles con la colaboración de las de seguridad que secundaran el Alzamiento, desplazando y relegando de sus cargos a las autoridades civiles de todo tipo, principalmente a los Gobernadores, Presidentes de Diputaciones y Alcaldes, y ocupando los edificios más significativos, como eran los Gobiernos Civiles, Ayuntamientos, Correos y Telégrafos, estaciones de Radio, sedes de los partidos del Frente Popular, puertos y aeródromos donde los hubiera, cuarteles y comisarías que no se sumaran a la sublevación, etcétera.  

Al mismo tiempo, debían darse las instrucciones precisas a las guarniciones del resto del territorio integrado en cada División orgánica, es decir, de las provincias y pueblos de ellos dependientes, para que sus jefes procedieran de forma idéntica, asumiendo el poder directamente o haciéndolo la Guardia Civil donde no hubiera guarnición militar, esto principalmente en los pueblos. Se debían nombrar enseguida “juntas de defensa locales” en las que se podrían integrar a civiles siempre y cuando tuvieran una probada afinidad con los objetivos del Alzamiento y máximo crédito personal entre la población. Los elementos civiles que se sumaran a la sublevación, fueran de la opción política que fueran, debían ser puestos desde el primer instante bajo mando militar y permanecer así, es decir, “militarizados”, impidiendo que se dieran a actividad partidista alguna o que actuaran por su cuenta. 

Así, cada guarnición militar debía asumir y lograr el control de la ciudad donde estuviera ubicada, para luego irradiar la sublevación a aquellas cercanas en las que no hubiera presencia militar o en las que no se hubiese conseguido el éxito, prestándoles el apoyo que fuera necesario, por lo que recíprocamente, aquellas guarniciones que no lograran consolidar el control de su ciudad en los primeros momentos, deberían acuartelarse y defenderse, atrincherándose en donde mejor consideraran a la espera de la llegada de refuerzos; todo ello, siempre, actuando de forma rápida, contundente y sin contemplaciones con las posibles resistencias que surgieran, consciente Mola y los jefes de la sublevación de que el tiempo iba a jugar un papel fundamental en su éxito o fracaso.  

Junto a todo ello se consideraba especialmente importante conseguir el control de Madrid, centro del poder de todo el Estado, lugar donde se ubicaban la totalidad de las sedes de las instituciones gubernamentales y punto de referencia político y social absoluto del resto de la nación, por lo que la capital fue el objetivo por excelencia que Mola consideraba que había que conseguir a toda costa. Esto último es fundamental, y hay que tenerlo en cuenta --porque va a pesar e influir enormemente, no sólo en el desarrollo del Alzamiento, sino también en la primera parte de la guerra posterior--, pues hay que comprender que en la España de entonces, si las capitales de provincias eran el imán de los pueblos, y algunas ciudades como Barcelona, Sevilla, Valencia, Bilbao o La Coruña lo eran, además, de sus respectivas regiones, Madrid era como el sol en torno al cual giraban todos los ya nombrados, sin excepciones.  

Fue por tanto preocupación obsesiva de Mola que la sublevación focalizara sus esfuerzos en lograr el control de la capital de la nación, seguro de que de lo que sucediera en ella dependería en gran medida el futuro en la práctica totalidad de España. Consciente de que las posibilidades de su guarnición de hacerse con su control eran escasas, en parte por la gran cantidad de fuerzas con las que contaba el Frente Popular en ella, y en parte por la poca disposición de los mandos de la misma a sublevarse, Mola concibió desde un principio la necesidad de “marchar” sobre Madrid. Para ello, previó que, desde los primeros instantes, triunfante el Alzamiento en Burgos, Valladolid y Pamplona  --ciudades que se daban por seguras--  se organizaran cuantas columnas fuera posible para caer sobre la capital a través de los puertos de la sierra madrileña, principalmente el de Somosierra, así como los otros dos de Navacerrada y Guadarrama, lo que obligaba a tenerlos dominados de antemano, por lo que debían ocuparse por elementos afectos desde los primeros momentos para asegurarlos y permitir el paso por ellos de las citadas columnas. 

       

       Franco                       Goded                   Cabanellas                  Queipo                    Aranda 

Mola consideró, en un principio, que la sublevación debía producirse en la Península, pero conforme recibía los informes sobre las adhesiones que lograba y las oposiciones con que se tropezaba, y tras comprobar que, por ejemplo, de todos los Generales con mando operativo en aquel momento, es decir, jefes de Divisiones, Comandancias o Inspecciones Generales, sólo cuatro de los catorce --Franco, que mandaba la Comandancia de Canarias, Goded la de Baleares, Cabanellas la 5ª División Orgánica con sede en Zaragoza y Queipo que ejercía la jefatura de la Inspección General de Carabineros, más un Coronel, Aranda, que mandaba la Comandancia de Asturias-- se implicaban en la sublevación y que muchos de los mandos de Regimiento subordinados a ellos mantenían serias reticencias a unirse a la misma  --lo que no ocurría en general con la Oficialidad más joven, que en la mayoría de las unidades se mostraba abiertamente partidaria del levantamiento--, comprendió que era demasiado peligroso iniciar el Alzamiento en la Península, precisamente allí donde podía darse por seguro que podía fracasar, pues sería como obligarle a nacer muerto.  

Necesitado de un ejemplo al que todos pudieran seguir, de un icono capaz de arrastrar a los indecisos, su mirada se fijo de inmediato en Marruecos, cuyas fuerzas gozaban de un prestigio sin igual en toda la nación, así como entre sus propios compañeros de armas, dándose la circunstancia de que, al tiempo, la practica totalidad de sus mandos estaban animados de un natural entusiasmo por los principios y fines del Alzamiento; el hecho de que, además, las unidades destinadas en Marruecos estuvieran compuestas por la elite del Ejército, siendo las más cohesionadas, experimentadas y capaces, las dotaba de las características idóneas para que, una vez se consiguiera su traslado a la Península --único inconveniente a resolver--, pudieran servir de eficaz refuerzo de cualquier punto en el que fueran precisas para colaborar al éxito del Alzamiento. El cruce del Estrecho, único talón de Aquiles de tal plan, se consideraba factible, en principio, al estar la práctica totalidad de los mandos de los distintos buques de la Flota de guerra dispuestos, a su vez, a alzarse. 

Con todo ello, el planeamiento del Alzamiento sufrió, cuando ya estaba muy avanzado el mes de Junio, un cambio de gran trascendencia: el primer lugar y las primeras tropas que se iban a sublevar serían, por lo tanto, las del Protectorado español de Marruecos; además, existía para ello el hombre idóneo: el Tte. Col. Juan Yagüe, profesional experimentado, jefe de gran carisma personal --principalmente en La Legión, al frente de cuyo II Tercio se encontraba--  y, lo más importante, de demostrado entusiasmo por el Alzamiento, que gozaba también de la máxima confianza personal tanto de Mola como de Franco, importante por estar éste último destinado a asumir el mando de tales fuerzas una vez se iniciara la sublevación. Tras decidir que el primer punto sería Marruecos, Mola se decantó por articular la sublevación del resto de España de forma escalonada en el tiempo, y no al unísono, debiendo realizarse con diferencias aproximadas de veinticuatro horas de la siguiente forma: al día siguiente de Marruecos lo harían Canarias, Sevilla y con ella toda la 2ª División, es decir, Andalucía, más Burgos y Valladolid con sus respectivas provincias dependientes militarmente de ellas a excepción de las de Navarra y León; al día siguiente de las anteriores, Barcelona y toda Cataluña, la Comandancia General de Baleares, Zaragoza y Navarra junto con toda la 5ª División Orgánica, es decir, Aragón, más Galicia, León y Castilla la Nueva (hoy Castilla La Mancha) y, por último, al día siguiente de todos ellos Madrid y Valencia con Levante; quedaba por fijar, eso sí, la fecha exacta para el levantamiento en Marruecos, con la que quedarían automáticamente establecidas las de los demás que se comunicarían oportunamente.  

Para la mayoría de tales casos, debido a que no se podía contar con el respaldo de los jefes naturales de las Divisiones, como ya se ha apuntado, se decidió que fueran otros Generales los que se encargaran de protagonizar la sublevación, de forma que se seleccionó a algunos, generalmente de reconocido prestigio, de entre aquellos que permanecían retirados o sin destino asignado --normalmente por órdenes directas de las autoridades del Frente Popular-- para que se presentaran en las jefaturas de las Divisiones dudosas u opuestas a alzarse al objeto de conminar a sus jefes a que secundasen el Alzamiento y, en caso negativo, arrestarlos y sustituirlos, tomando posesión del mando de las mismas y procediendo a sublevarlas, respetándose de tal forma y en todo momento la obligada jerarquía militar, lo que entonces era fundamental debido a la estricta disciplina y arraigada mentalidad de obediencia al mando de la que estaban imbuidos los militares cualquiera que fuese su graduación, incluida la tropa, pues era casi imposible pensar en sublevar una unidad sin que la orden proviniera de su Jefe natural o de otro de igual graduación, o sin contar con el visto bueno de la jefatura de la División de la que dependían.  

Por supuesto que para con aquellos militares que no se sumaran a la sublevación se ordenaba proceder con ellos como si de traidores en tiempo de guerra se tratara, medida imprescindible para garantizar el éxito pues, por un lado, ayudaría a los indecisos o sorprendidos por el Alzamiento a tomar partido a su favor ante la posibilidad de ser sometidos a consejo de guerra y, por otro, los que a pesar de todo se negaran, podrían ser relegados de su mando, arrestados y sometidos al código de justicia militar, siendo sustituidos por otros afectos a la causa que la impulsaran. Igualmente se dispuso que se procediera con los miembros de las fuerzas de seguridad. Todo ello obedecía a la propia esencia de la sublevación para cuyo éxito era imprescindible definir cuanto antes quiénes estaban con ella o en su contra, no habiendo lugar para los tibios, pues era mucho lo que todos se jugaban y, en gran medida, su éxito dependía de la rapidez con que se lograra alcanzar los objetivos fijados, conscientes sus impulsores de que cualquier duda o retraso, por pequeño que fuera, daría bazas a los frentepopulistas para reaccionar. 

Con todo, cuando se va a producir el asesinato de Calvo Sotelo, que actuará como fulminante del estallido de la sublevación, la misma adolecía de grandes problemas organizativos y, sobre todo, el balance general que hacía Mola sobre sus posibilidades de éxito no era nada halagüeño. Aunque se daba por seguro el triunfo en Marruecos, con igual rotundidad se daban por perdidas las principales ciudades de la Península como Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia o Sevilla y, con ellas, muy posiblemente las que les eran dependientes; otras muchas se consideraban dudosas y sólo algunas ganadas de antemano como Valladolid, Burgos, Pamplona, Segovia o Ávila. Lo peor es que a tal fecha existían grandes dudas sobre la actitud que podían adoptar las fuerzas de la Guardia Civil y de la Guardia de Asalto, cuyo decantamiento por secundar el Alzamiento o enfrentarse a él iba a resultar decisivo dado su potencial en hombres, armamento y eficacia. En general, se confiaba en que la Guardia Civil en su mayoría se uniera al Ejército, pero no se daba por seguro, mientras que se esperaba todo lo contrario de la Guardia de Asalto.

Fal Conde 

 En cuanto a los apoyos civiles, Mola seguía sin conseguir cerrar ningún acuerdo con la importante Comunión Tradicionalista, los requetés, cuyos líderes exigían a cambio de aportar sus muy numerosas y organizadas, ciertas concesiones como eran su presencia en la Junta de Defensa Nacional o la adopción de la bandera bicolor --monárquica-- frente a la tricolor republicana en vigor, y bajo la cual se quiso siempre llevar a cabo la sublevación, concesiones que Mola no estaba dispuesto a realizar pues la idea principal que regía el Alzamiento no era, en ningún caso, estrictamente política, ni mucho menos partidista o de simple cambio de un régimen, el republicano, por otro, fuera cual fuese su carácter, sino llevar a cabo un movimiento nacional capaz de aglutinar en su entorno a todo aquel ciudadano de buena voluntad que sintiera a España por encima de todo y anhelara vivir en orden y en paz. De aquí que, incluso las conversaciones entre Mola y Fal Conde, líder éste de los requetés, llegaran a suspenderse y darse órdenes por su parte a las bases tradicionalistas de no sumarse a ningún alzamiento militar que no estuviera avalado por la dirección de la Comunión.  

Por su parte, la Falange, no sin arduas negociaciones previas, sí estaba dispuesta a secundar el Alzamiento con sus no muy holgadas fuerzas, aunque sí muy decididas, si bien mantenía para el día después fuertes prevenciones de índole política al considerar su dirección, con José Antonio a su frente --desde la Cárcel de Alicante--, que los militares no iban a ser capaces de sustraerse, una vez en el poder, al influjo de las derechas, lo que temía el líder falangista tanto como a la influencia de las izquierdas, por lo que se preparaba para intentar tomar el control político posterior y llevar a cabo la “revolución nacional” que propugnaba su ideario, especialmente en los sectores laborales, tanto en el rural, como en el industrial, y que tanto temían las derechas y envidiaban las izquierdas.  

La CEDA de Gil Robles, aunque puesto al tanto su líder de lo que se preparaba casi en el último momento, cuando comenzaba el mes de Julio no se decidía a poner en alerta a sus afiliados y a organizarlos convenientemente para sumarlos a la sublevación, aunque sí dio su visto bueno en cuanto a la necesidad de que fuera el Ejército el que, mediante un golpe de fuerza, encarrilara la República para que, tras un lógico periodo de supervisión por su parte, se dejara después a los políticos retomar su control; Gil Robles hizo llegar a Mola la cantidad de tres mil euros (medio millón de pesetas) a fondo perdido para colaborar en los preparativos  --y que curiosamente cuando estalló el Movimiento estaban sin tocar--; sin embargo, y por todo ello, cuando llegue el momento, los afiliados y simpatizantes de la principal fuerza de derechas serán sorprendidos sin instrucciones concretas sobre cómo proceder, viéndose obligados a reaccionar cada uno según su parecer y a la vista de las posibilidades que las circunstancias les ofrecieran u obligaran. 

En medio de esta situación tan poco definida fue cuando tuvo lugar el asesinato de Calvo Sotelo a primeras horas de la madrugada del 13 de Julio de 1936. Quedó claro inmediatamente, para toda España, dadas sus particularidades y connotaciones, que tal evento iba a marcar un antes y un después en la vida de los españoles. Nadie podría permanecer al margen. Como había dicho unos días antes el mismo Indalecio Prieto, a la

Indalecio Prieto

vista de cómo evolucionaba la situación política, social y laborar de España, desde que en Febrero de ese año había accedido al poder el Frente Popular, coalición de la que además era uno de sus dirigentes más destacados, “...el régimen camina hacia la catástrofe...” y el mismo 15 de Julio escribiría en el diario El Liberal de Bilbao “...hoy se dijo que la trágica muerte del señor Calvo Sotelo serviría para provocar el alzamiento de que tanto se viene hablando. Bastó este anuncio para que, en una reunión que sólo duró diez minutos, elPartido Socialista, el Partido Comunista, la Unión General de Trabajadores, la Federación Nacional de Juventudes Socialistas y la Casa del Pueblo quedaran de acuerdo respecto a lo que habrá de ser su acción común si el movimiento subversivo estalla al fin. Todas las discordias quedaron abogadas. Frente al enemigo, la unión. 

 Si la reacción sueña con un golpe de Estado incruento, como el de 1923, se equivoca de medio a medio. Si supone que encontrará al régimen indefenso, se engaña. Para vencer habrá de saltar por encima del valladar humano que le opondrán las masas proletarias. Será, lo tengo dicho muchas veces, una batalla a muerte, porque cada uno de los bandos sabe que el adversario, si triunfa, no le dará cuartel. Aun habiendo de ocurrir así, sería preferible un combate decisivo a esta continua sangría.”. Nadie, pues, se podía engañar ya. 

Tte. Col. Yagüe 

Mola, en cuanto conoció la funesta noticia, a media mañana del citado día 13, después de meditar sobre el hecho e impedir que los más exaltados de los dispuestos a sublevarse lo hicieran de forma incontrolada, se decidió a emitir las instrucciones que de manera definitiva ponían en marcha la maquinaria de la sublevación. En la noche del 13 al 14 de Julio, Mola decidió que la sublevación de las fuerzas en Marruecos se llevara a cabo el día 17 por la tarde, dejando a la elección del Tte. Col. Yagüe la hora precisa, que éste fijaría en las cinco de la tarde con el fin de evitar, siguiendo los consejos del General, que las fuerzas que se iban a sublevar pudieran ser bombardeadas por los aviones con base en el propio Marruecos o en Sevilla, pues no tendrían margen de luz para volar, teniendo en cuenta además que no existía en todo el Protectorado ni una sola arma antiaérea para defenderse de ellos. Mola tuvo muy en cuenta para decantarse por el día 17 el hecho de que el día 19 era el previsto para la inauguración de las Olimpiadas Populares de Barcelona que siempre consideraron los confabulados como la fecha en la que estallaría la revolución frentepopulista, por lo que debían adelantarse a ella según lo ya acordado. Al estar previsto el escalonamiento en el tiempo de las sublevaciones de las distintas Divisiones, quiso que para ese día se hubieran llevado a cabo la mayor parte de las más seguras. 

Así pues, y según el plan establecido, Mola comenzó a comunicar su decisión mediante telegramas cifrados o enlaces personales que emprendieron viaje de inmediato hacia sus destinos, según la cual, y después de Marruecos el día 17, procederían a alzarse Canarias, Sevilla, Burgos y Valladolid el día 18; Cataluña, Baleares, Zaragoza, Navarra, León, Galicia y Castilla la Nueva (hoy Castilla La Mancha) el día 19 y, por último, el día 20, Madrid y Valencia. La vuelta atrás era ya imposible incluso cuando este mismo día, 14 de Julio, recibía un mensaje cifrado de Franco con el texto “...geografía poco extensa...” por el que el prestigioso General  --y pieza considerada fundamental por su carisma personal y estar destinado a tomar el mando de las importantes y decisivas fuerzas de Marruecos-- le indicaba que todavía no consideraba posible el desencadenamiento del Alzamiento, lo que sin embargo  --y aun con el consiguiente disgusto--  no impidió que Mola siguiera emitiendo sus órdenes para llevarlo a cabo.  

Casares Quiroga

Mientras, España seguía cargándose de tensión a cada hora que pasaba. Los dirigentes frentepopulistas, tras el asesinato de Calvo Sotelo, comenzaron lentamente a poner en alertar a sus afiliados más significativos allá donde estuvieran, para que se mostraran vigilantes ante cualquier posible indicio de acción por parte de los militares o de las organizaciones de derechas que calificaban indiscriminadamente de “fascistas”. Las autoridades, aunque sentían la presión del momento, se mantenían en calma, considerando que nada especialmente grave podía pasar, según su análisis, y procurando no dar sensación de nerviosismo para no alarmar más aun a la población. Tal era también el criterio del propio Presidente de la República, Manuel Azaña, quien esperaba, como mucho, una nueva “sanjurjada”, por todo ello, y aunque permanecían a la expectativa, los miembros del Ejecutivo, comenzando por su Presidente, Casares Quiroga, seguían con su rutina diaria, máxime después de recibir el apoyo y respaldo de los partidos integrantes del Frente Popular, cuyos más significativos dirigentes escenificaron tal hecho mediante notas públicas y visitas de cortesía anunciando que se posicionarían en todo momento del lado del Gobierno “...frente a cualquier provocación de tipo fascista...” y en defensa de los trabajadores.  

Por su parte, el Ministerio de la Gobernación ordenó estrechar la vigilancia sobre algunos sempiternos sospechosos, como los Generales Mola (Pamplona), Goded (Palma de Mallorca) o Varela (Cádiz), sobre algún que otro Coronel como Martín Alonso (La Coruña) o García Escámez (Pamplona), y sobre algunos otros Oficiales, sobre los que se poseían informes, más o menos precisos, en relación con su posible participación en la preparación de una “sublevación militar”, como ya se ha dicho. 

Dragon Rapide

El 15 de Julio llegaba al aeródromo de Gando, en Las Palmas, después de un largo periplo que había comenzado el día 11 cuando había despegado del Reino Unido, el Dragon Rapide, fletado en Londres, destinado a trasladar a Franco desde las Canarias a Marruecos para tomar el mando de aquellas fuerzas una vez se hubieran sublevado. Desde Las Palmas se envió a Tenerife un mensaje en clave con destino a Franco cuyo texto decía “Galicia saluda a Francia”, y que fue entregado por el enlace habitual en la ciudad, el Doctor Luis Gabarda, mediante el cual el General quedaba enterado de que el avión estaba a su disposición; pero surgió de inmediato el problema de qué razones esgrimir ante el Ministerio de la Guerra, a fin de justificar su traslado desde Tenerife a Las Palmas para poder tomar el avión sin levantar sospechas, pues la salida de Franco de las Canarias debía hacerse a toda costa en el más absoluto secreto si se quería sorprender a los frentepopulistas. Franco remitió este día 15 un nuevo mensaje en clave a Mola por el que se mostraba conforme con el inicio del Alzamiento, cuya fecha sabía ya, lo que tranquilizó sobremanera a quien con tantos esfuerzos personales había estado al frente de la trama. Por su parte, Mola, como tenía planeado, hizo pasar a su mujer e hijos a Biarritz, junto con los de su ayudante, siendo acogidas ambas familias por Gabriel Albiach, quien actuaba por cuenta del financiero mallorquín, Juan March, que se hizo cargo de sus gastos, al igual que había asumido los gastos del alquiler del Dragon Rapide y lo haría con los avales de las primeras compras de armamento para el bando nacional. El día 15 es el día en el que la mayoría de los mensajes ordenando el inicio del Alzamiento fueron llegando a sus destinatarios, aunque no a todos, lo que provocaría más tarde desagradables sorpresas.

Juan March 

 

  

             Aranguren                 Llano de la Encomienda

El día 16 Mola accedió, por fin y de forma sorprendente, a la petición que de siempre le tenían formulada los Oficiales implicados en la sublevación de la guarnición de Barcelona para que en vez de dirigirla el Gral. González Carrasco, lo hiciera el propio Gral. Goded, personaje de gran prestigio militar y personal  --así como de larga tradición conspiradora en contra del régimen, pues puede afirmarse que había estado implicado en cualquiera de los intentos llevados a cabo contra él y especialmente en el golpe del Gral. Sanjurjo--; como consecuencia de esta decisión, el Gral. González Carrasco pasaba a dirigir la sublevación en Valencia que estaba hasta entonces asignada a Goded. Lo que pudo decidir a Mola a este cambio de última hora fue, entre otras cosas, no sólo la insistencia de los Oficiales dispuestos a alzarse en la ciudad condal, sino también las noticias que de la misma le trajo en este día su hermano, Capitán en tal guarnición, quien le confirmó, una vez más, las dificultades que se presentaban, toda vez que no se podía contar ni con el jefe de la División, el Gral. Llano de la Encomienda, ni con el de la Guardia Civil, el Gral. Aranguren, así como tampoco con un número demasiado elevado de los mandos, ni mucho menos con la Guardia de Asalto, por lo que las perspectivas de éxito se consideraban muy reducidas. Mola creyó que, colocando a su frente a una personalidad como la de Goded, podría, tal vez, invertirse tan nefastas previsiones, si su personalidad y prestigio eran capaces de arrastrar tras él a los indecisos.  

Col. Valentín Galarza 

El cambio de planes y destinos se comunicó a Goded, que estaba en su puesto de máxima autoridad militar de Mallorca, a través del Coronel Valentín Galarza, coordinador del Alzamiento en Madrid y pieza fundamental de enlace entre los distintos mandos superiores implicados. Quien no recibió con agrado la noticia fue el Gral. González Carrasco que lógicamente se resintió en lo personal al saberse rechazado por la guarnición barcelonesa, a la que conocía, mientras que desconocía por completo a la valenciana; no obstante lo cual aceptó las órdenes. Por la tarde, el hermano de Mola regresó a Barcelona; ambos hermanos no volverían a verse más. 

Gral. Batet

Mola se entrevistaría también este 16 de Julio con el Tte. Col. Gabriel Pozas Perea, quien le trajo malas noticias de Madrid, confirmándole lo difícil que iba a ser poderse hacer con su control, pues los implicados en la sublevación de tal guarnición no eran muchos y, además, estaban muy desorganizados, faltándoles también la personalidad capaz de arrastrarlos con decisión y acierto. Se daba el caso de que el citado Teniente Coronel, que se incorporaba así al Alzamiento en Pamplona, era hermano del Gral. Director de la Guardia Civil, ferviente frentepopulista y enemigo declarado de cualquier intento de sublevación contra el Gobierno, muestra ésta de muchas otras que se iban a producir por las cuales la dramática situación que vivía España enfrentaría a miembros de una misma familia con igual virulencia a como lo iba a hacer con el resto de los españoles.  

Pero el hecho más significativo que vivió Mola en este día, entre muchos, fue la entrevista que mantuvo en el Monasterio de Irache con el jefe máximo de su División, el Gral. Domingo Batet, que le telefoneó desde Burgos, siguiendo instrucciones de Madrid, pidiéndole verle de inmediato. Concertada la reunión, Mola dudó sobre la conveniencia de acudir a ella por creer que podía tratarse de una trampa para detenerle, toda vez que cuando se sondeó en su día a Batet se había mostrado contrario a cualquier sublevación militar. Sin embargo, a pesar de las tremendas circunstancias del momento, tal vez por creer que existía una última posibilidad de que Batet se sumara al Alzamiento o por no querer levantar sospechas caso de no acceder a la reunión --o por ambas razones--, el hecho fue que Mola aceptó, no sin antes tomar medidas de seguridad.  

Tte. Col. Pablo Cayuela

Así las cosas, se encargó al Tte. Col. Pablo Cayuela, jefe del Batallón de Infantería denominado de Arapiles, con sede en Pamplona, que organizara una escolta de seguridad para el evento. El citado Jefe militar ordenó, a su vez, al Cap. Ismael Halcón, perteneciente a la guarnición de Madrid pero que estaba de permiso en Estella, que recogiera a un grupo de requetés y, todos de paisano, partieran de inmediato para el Monasterio a donde llegaron pasadas las diez y media de la mañana, cuando Mola ya se encontraba en su interior con Batet. La entrevista duró una media hora y en ella departieron amigablemente, pues además ambos se conocían y respetaban, hasta que Batet le preguntó a Mola directamente si se encontraba inmerso en “...alguna conspiración o en alguna aventura...”, a lo que el último le respondió, de forma un tanto críptica, que “...yo lo que le aseguro es que no me lanzo a ninguna aventura...”; Batet intentó, incluso, persuadir a Mola para que abandonara Pamplona, aduciendo que la ciudad no parecía muy segura para una persona tan conocida como él; todo ello sin resultado positivo. La entrevista terminó en un tono cordial y cada uno se marchó por donde vino; tampoco se volverían a ver más.  

Posteriormente, y este mismo día, Mola se entrevistaría también con Mayalde, enlace por entonces de José Antonio, al que confirmó que el Alzamiento estaba en marcha y que su inicio era cuestión de horas. 

            Al mismo tiempo que todo lo anterior acontecía  --conformándose con las informaciones que el Gral. Batet le había transmitido, según las cuales no podía deducirse que Mola estuviera conspirando--, el Gobierno del Frente Popular ordenaba al Gobernador Civil de Palma de Mallorca, Antonio Espina, que sondeara la actitud y el ánimo del Gral. Goded, sobre el que pesaban las principales sospechas dados sus antecedentes. Se celebró por ello en el Gobierno Civil de la capital mallorquina la entrevista entre ambos, que por parte del segundo se condujo con especial amabilidad, mostrándose preocupado por los sucesos acaecidos, comentando el asesinato de Calvo Sotelo, pero manteniendo siempre un tono especialmente conciliador y comedido en sus expresiones, garantizando “...su lealtad a España...” y estando dispuesto a “...colaborar en el mantenimiento del orden...”. De esta forma, Goded consiguió tranquilizar al Gobernador y, por éste, a Madrid, colaborando junto con Mola en que el Gobierno bajara la guardia, toda vez que los informes puntuales que pidió parecían confirmar que, de existir alguna conspiración, debía ser de poca entidad y dirigida por mandos menos significativos que los sondeados y, por ello, fácilmente neutralizable en cuanto estallara, si es que lo hacía.           

Edificio de la Comisión de Límites en Melilla

Mientras tanto, este mismo día 16, Jueves, el Ministerio de la Gobernación enviaba a Melilla, siguiendo con sus pesquisas en busca de potenciales conspiradores a un equipo de policías para investigar los rumores y algunas informaciones poco definidas, según las cuales en tal ciudad podía estar preparándose una rebelión de Oficiales de “derechas”. Los policías, dirigidos por el Comisario Benet, tras haberse entrevistado con el Delegado Gubernativo, Fernández Gil, y tras realizar diversas gestiones, lo único anómalo que consiguieron observar fue la presencia en la ciudad de algunos Jefes y Oficiales   --de los que elaboraron una relación--, que no tenían destino en ella y, por lo tanto, no podían justificar su presencia en la misma mas que aduciendo asuntos personales, lo que por otro lado tampoco era algo especialmente anormal, limitándose los policías a recomendar al Delegado que reforzara la vigilancia de algunos establecimientos militares como, por ejemplo, la sede de la Comisión de Límites de África  --pequeño edificio de una sola planta en el que se ubicaban las oficinas del órgano militar encargado de dirimir los litigios de límites entre los Protectorados de España y Francia--, lo que se haría pero con poco interés y nula eficacia.  

Durante la tarde, el Gral. Manuel Romerales, Jefe de la Circunscripción Militar de Melilla, es decir, máxima autoridad militar de la ciudad y su entorno, fue requerido para que se presentara en la Delegación Gubernativa donde el Delegado le hizo partícipe de las pocas informaciones con que contaba, vía los policías llegados de Madrid, en relación con una posible e indeterminada sublevación de Oficiales, entre ellos algunos de la Legión, acordando entre los dos estar prevenidos para conservar, si ello fuera cierto, la integridad física de los máximos dirigentes gubernamentales de la ciudad (el propio Delegado, el General Romerales, el Alcalde, etc.) y de los jefes de los partidos del Frente Popular a fin de no perder el control de la misma; asimismo, acordaron que en algunos edificios se reforzara la vigilancia a cargo de la Guardia Civil lo que de todas formas no se realizaría con la prontitud debida.  

Para comprobar personalmente el estado de ánimo de la ciudad, el Gral. Romerales y el Delegado Gubernativo realizaron por ella un corto recorrido en coche comprobando que Melilla en esta noche del 16 de Julio permanecía en calma, confirmando su creencia de que las noticias llegadas de Madrid  --así como un rumor de procedencia sin determinar según el cual era posible también una revuelta de inspiración izquierdista que podrían capitalizar los Cabos de alguna unidad militar-- no eran más que otras de las muchas alarmas que por aquellos días y, sobre todo, desde el asesinato de Calvo Sotelo, se venían produciendo como consecuencia de la tensión y la histeria que tal hecho propiciaba a todos los niveles, tanto políticos como sociales.