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LOS
SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO SOBRE EL INFIERNO— A.D. 1860
Memorias Biográficas de San Juan Bosco, Tomo IX, págs.
166-181)
En la noche del domingo tres de mayo, festividad del
Patrocinio de San José, Don Bosco prosiguió el relato de cuanto había visto
en los sueños:
— Debo contarles otra cosa — comenzó diciendo—
que puede considerarse como consecuencia o continuación de cuanto les referí
en las noches del jueves y delviernes, que me dejaron tan quebrantado que apenas
si me podía tener en pie. Ustedes las pueden llamar sueños o como quieran; en
suma, le pueden dar el nombre que les parezca.
Les hablé de un sapo espantoso que en la noche del 17
de abril amenazaba tragarme y cómo al desaparecer, una voz me dijo: — ¿Por
qué no hablas? —Yo me volví hacia el lugar de donde había partido la voz y
vi junto mi lecho a un personaje distinguido. Como hubiese entendido el motivo
de aquel reproche, le pregunté: — ¿Qué debo decir a nuestros jóvenes?
— Lo que has visto y cuanto se te ha indicado en los
últimos sueños y lo que deseas conocer, que te será revelado la noche próxima.
Y se retiró. Yo, pues, al día siguiente pensaba continuamente en la mala noche
que tendría que pasar y al llegar la hora no me determinaba a irme a acostar. Y
así estuve en mi mesa de trabajo entretenido en algunas lecturas hasta la
medianoche. Me llenaba de terror la idea de tener que contemplar nuevos espectáculos
espantosos. Al fin, haciéndome violencia, me acosté.
Para no dormirme tan pronto, y por temor a que la
imaginación me enfrascara en los sueños acostumbrados, dispuse la almohada de
tal forma que estaba en el lecho casi sentado. Pero pronto, cansado como estaba,
me dormí sin darme cuenta. Y he aquí que de pronto veo en la habitación,
cerca de la cama, al hombre de la noche precedente, el cual me dijo:
—¡Levántate y vente conmigo! Yo le contesté: —Se
lo pido por caridad. Déjeme tranquilo, estoy cansado. ¡Mire! Hace varios días
que sufro de dolor de muelas. Déjeme descansar. He tenido unos sueños,
espantosos y estoy verdaderamente agotado. Y decía estas cosas porque la
aparición de este hombre es siempre indicio de grandes agitaciones, de
cansancio y de terror. El tal me respondió: —¡Levántate, que no hay tiempo
que perder! Entonces me levanté y lo seguí. Mientras caminábamos le pregunté:
—¿Adonde quiere llevarme ahora? —Ven y lo verás. Y me condujo a un lugar
en el cual se extendía una amplia llanura. Dirigí la mirada a mi alrededor,
pero aquella región era tan grande que no se distinguían los confines de la
misma. Era un vasto desierto. No se veía ni un alma viviente, ni una planta, ni
un riachuelo; un poco de vegetación seca y amarillenta daba a aquella desolación
un aspecto de tristeza. No sabía ni dónde me encontraba, ¿ ni qué era lo que
iba a hacer. Durante unos instantes no vi a mi guía. Me pareció haberme
perdido. No estaban conmigo ni Don Rua ni Don Francesia ni ningún otro.
Cuando he aquí que diviso a mi amigo que me sale al
encuentro. Respiré y dije: —¿Dónde estoy? —Ven conmigo y lo sabrás.
—Bien; iré contigo. El iba delante y yo le seguía sin chistar. (Después de
un largo y triste viaje, San Juan Bosco, al pensar que tenía que atravesar una
tan dilatada llanura pensaba para sí:) —¡Ay mis pobres muelas! Pobre de mí,
con las piernas tan hinchadas... Pero, de pronto, se abrió ante mí un camino.
Entonces interrumpí el silencio preguntando a mi guía: —¿Adonde vamos a ir
ahora? —Por aquí— me dijo. Y penetramos por aquel camino. Era una senda
hermosa, ancha, espaciosa y bien pavimentada. De un lado y de otro la
flanqueaban dos magníficos setos verdes cubiertos de hermosas flores. En
especial despuntaban las rosas entre las hojas por todas partes. Aquel sendero,
a primera vista, parecía llano y cómodo, y yo me eché a andar por él sin
sospechar nada. Pero después de caminar un trecho me di cuenta de que
insensiblemente se iba haciendo cuesta abajo y aunque la marcha no parecía
precipitada, yo corría con tanta facilidad que me parecía ir por el aire.
Incluso noté que avanzaba casi sin mover los pies.
Nuestra marcha era, pues, veloz. Pensando entonces que
el volver atrás por un camino semejante hubiera sido cosa fatigosa y cansada,
dije a mi amigo: —¿Cómo haremos para regresar al Oratorio? —No te
preocupes —me dijo—, el Señor es omnipotente y querrá que vuelvas a él.
El que te conduce y te enseña a proseguir adelante, sabrá también llevarte
hacia atrás. El camino descendía cada vez más. Proseguíamos la marcha entre
las flores y las rosas cuando vi que me seguían por el mismo sendero todos los
jóvenes del Oratorio y otros numerosísimos compañeros a los cuales ya jamás
había visto. Pronto me encontré en medio de ellos. Mientras los observaba veo
que de repente, ora uno otra otro, comienzan a caer al suelo, siendo arrastrados
por una fuerza invisible que los llevaba hacia una horrible pendiente que se veía
aún en lontananza y que conducía a aquellos infelices de cabeza a un horno.
—¿Qué es lo que hace caer a estos jóvenes?— pregunté al guía. —Acércate
un poco— me respondió. Me acerqué y pude comprobar que los jóvenes pasaban
entre muchos lazos, algunos de los cuales estaban al ras del suelo y otros a la
altura de la cabeza; estos lazos no se veían. Por tanto, muchos de los
muchachos al andar quedaban presos por aquellos lazos, sin darse cuenta del
peligro, y en el momento de caer en ellos daban un salto y después rodaban al
suelo con las piernas en alto y cuando se levantaban corrían precipitadamente
hacia el abismo. Algunos quedaban presos, prendidos por la cabeza, por una
pierna, por el cuello, por las manos, por un brazo, por la cintura, e
inmediatamente eran lanzados hacia la pendiente.
Los lazos colocados en el suelo parecían de estopa,
apenas visibles, semejantes a los hilos de la araña y, al parecer, inofensivos.
Y con todo, pude observar que los jóvenes por ellos prendidos caían a tierra.
Yo estaba atónito, y el guía me dijo: —¿Sabes qué es esto? —Un poco de
estopa— respondí. —Te diría que no es nada —añadió—; el respeto
humano, simplemente. Entretanto, al ver que eran muchos los que continuaban
cayendo en aquellos lazos, le pregunté al desconocido: —¿Cómo es que son
tantos los que quedan prendidos en esos hilos? ¿Qué es lo que los arrastra de
esa manera? Y él: —Acércate más; obsérvalo bien y lo verás. Lo hice y añadí:
—Yo no veo nada. —Mira mejor— me dijo el guía. Tomé, en efecto, uno de
aquellos lazos en la mano y pude comprobar que no daba con el otro extremo; por
el contrario, me di cuenta de que yo también era arrastrado por él. Entonces
seguí la dirección del hilo y llegué a la boca de una espantosa caverna. Y me
detuve porque no quería penetrar en aquella vorágine y tiré hacia mí de
aquel hilo y noté que cedía, pero había que hacer mucha fuerza. Y he aquí
que después de haber tirado mucho, salió fuera, poco a poco, un horrible
monstruo que infundía espanto, el cual mantenía fuertemente cogido con sus
garras la extremidad de una cuerda a la que estaban ligados todos aquellos
hilos. Era este monstruo quien apenas caía uno en aquellas redes lo arrastraba
inmediatamente hacia sí. Entonces me dije: —Es inútil intentar hacer frente
a la fuerza de este animal, pues no lograré vencerlo; será mejor combatirlo
con la señal de la Santa Cruz y con jaculatorias.
Me volví, por tanto, junto a mi guía, el cual me
dijo: —¿Sabes ya quién es? —¡Oh, sí que lo sé!, —le respondí—. Es
el Demonio quien tiende estos lazos para hacer caer a mis jóvenes en el
infierno. Examiné con atención los lazos y vi que cada uno llevaba escrito su
propio título: el lazo de la soberbia, de la desobediencia, de la envidia, del
sexto mandamiento, del hurto, de la gula, de la pereza, de la ira, etc. Hecho
esto me eché un poco hacia atrás para ver cuál de aquellos lazos era el que
causaba mayor número de víctimas entre los jóvenes, y pude comprobar que era
el de la deshonestidad (impureza), la desobediencia y la soberbia. A este último
iban atados otros dos. Después de esto vi otros lazos que causaban grandes
estragos, pero no tanto como los dos primeros. Desde mi puesto de observación
vi a muchos jóvenes que corrían a mayor velocidad que los demás. Y pregunté:
—¿Por qué esta diferencia? —Porque son arrastrados por los lazos del
respeto humano— me fue respondido. Mirando aún con mayor atención vi que
entre aquellos lazos había esparcidos muchos cuchillos, que manejados por una
mano providencial cortaban o rompían los hilos. El cuchillo más grande procedía
contra el lazo de la soberbia y simbolizaba la meditación. Otro cuchillo, también
muy grande, pero no tanto como el primero, significaba la lectura espiritual
bien hecha. Había también dos espadas. Una de ellas representaba la devoción
al Santísimo Sacramento, especialmente mediante la comunión frecuente; otra,
la devoción a la Virgen María. Había, además, un martillo: la confesión; y
otros cuchillos símbolos de las varias devociones a San José, a San Luis,
etc., etc.
Con estas armas no pocos rompían los lazos al quedar
prendidos en ellos, o se defendían para no ser víctimas de los mismos. En
efecto, vi a dos jóvenes que pasaban entre aquellos lazos de forma que jamás
quedaban presos en ellos; bien lo hacían antes de que el lazo estuviese
tendido, y si lo hacían cuando éste estaba ya preparado, sabían sortearlo de
forma que les caía sobre los hombros, o sobre las espaldas, o en otro lado
diferente sin lograr capturarlos.Cuando el guía se dio cuenta de que lo había
observado todo, me hizo continuar el camino flanqueado de rosas; pero a medida
que avanzaba, las rosas de los linderos eran cada vez más raras, empezando a
aparecer punzantes espinas. Finalmente, por mucho que me fijé no descubrí ni
una rosa y, en el último tramo, el seto se había tornado completamente
espinoso, quemado por el sol y desprovisto de hojas; después, de los matorrales
ralos y secos, partían ramajes que al tenderse por el suelo lo cubrían, sembrándolo
de espinas de tal forma que difícilmente se podía caminar. Habíamos llegado a
una hondonada cuyos acantilados ocultaban todas las regiones circundantes; y el
camino, que descendía cada vez de una manera más pronunciada, se hacía tan
horrible, tan poco firme y tan lleno de baches, de salientes, de guijarros y de
piedras rodadas, que dificultaba cada vez más la marcha. Había perdido ya de
vista a todos mis jóvenes; muchísimos de ellos habían logrado salir de
aquella senda insidiosa, dirigiéndose por otros atajos.
Yo continué adelante. Cuanto más avanzaba más áspera
era la bajada y más pronunciada, de forma que algunas veces me resbalaba,
cayendo al suelo, donde permanecía sentado un rato para tomar un poco de
aliento. De cuando en cuando el guía acudía en mi auxilio y me ayudaba a
levantarme. A cada paso se me encogían los tendones y me parecía que se me
iban a descoyuntar los huesos de las piernas. Entonces dije anhelante a mí guía:
—Querido, las iernas se niegan a sostenerme. Me encuentro tan falto de fuerzas
que no será posible continuar el viaje. El guía no me contestó, sino que,
animándome, prosiguió su camino, hasta que al verme cubierto de sudor y víctima
de un cansancio mortal, me llevó a un pequeño promontorio que se alzaba en el
mismo camino. Me senté, lancé un hondo suspiro y me pareció haber descansado
suficientemente. Entretanto observaba el camino que había recorrido ya; parecía
cortado a pico, cubierto de guijarros y de piedras puntiagudas. Consideraba
también el camino que me quedaba por recorrer, cerrando los ojos de espanto,
exclamando: —Volvamos atrás, por caridad. Si seguimos adelante, ¿cómo
haremos para llegar al Oratorio? ¡Es imposible que yo pueda emprender después
esta subida! Y el guía me contestó resueltamente: —Ahora que hemos llegado
aquí, ¿quieres quedarte solo? Ante esta amenaza repliqué en tono suplicante:
—¿Sin ti cómo podría volver atrás o continuar el viaje? —Pues bien, sigúeme—
añadió el guía. Me levanté y continuamos bajando.
El camino era cada vez más horriblemente pedregoso, de
forma que apenas si podía permanecer de pie. Y he aquí que al fondo de este
precipicio, que terminaba en un oscuro valle, aparece un edificio inmenso que
mostraba ante nuestro camino una puerta altísima y cerrada. Llegamos al fondo
del precipicio. Un calor sofocante me oprimía y una espesa humareda, de color
verdoso, se elevaba sobre aquellos murallones recubiertos de sanguinolentas
llamas de fuego. Levanté mis ojos a aquellas murallas y pude comprobar que eran
altas como una montaña y más aún. San Juan Bosco preguntó al guía: —¿Dónde
nos encontramos? ¿Qué es esto? —Lee lo que hay escrito sobre aquella puerta
—me respondió— , y la inscripción te hará comprender dónde estamos. Miré
y sobre la puerta se leía: Ubi non est redemptio. Me di cuenta de que estábamos
a las puertas del infierno. El guía me acompañó a dar una vuelta alrededor de
los muros de aquella horrible ciudad. De cuando en cuando, a una regular
distancia, se veía una puerta de bronce, como la primera, al pie de una
peligrosa bajada, y cada una de ellas tenía encima una inscripción diferente. Discedite,
maledicti, in ignem aeternum qui paratus est diabolo et angelis eius... Omnis
arbor quae non facit fructum bonum excidetur et in ignem mittetur.
Yo saqué la
libreta para anotar aquellas inscripciones, pero el guía me dijo: —¡Detente!
¿Qué haces? —Voy a tomar nota de esas inscripciones. —No hace falta: las
tienes todas en la Sagrada Escritura; incluso tú has hecho grabar algunas bajo
los pórticos. Ante semejante espectáculo habría preferido volver atrás y
encaminarme al Oratorio, pero el guía no se volvió, a pesar de que yo había
dado ya algunos pasos en sentido contrario al que habíamos llevado hasta
entonces. Recorrimos un inmenso y profundísimo barranco y nos encontramos
nuevamente al pie del camino pendiente que habíamos recorrido y delante de la
puerta que vimos en primer lugar. De pronto el guía se volvió hacia atrás con
el rostro demudado y sombrío, me indicó con la mano que me retirara, diciéndome
al mismo tiempo: —¡Mira! Tembloroso, miré hacia arriba y, a cierta
distancia, vi que por aquel camino en declive bajaba uno a toda velocidad.
Conforme se iba acercando intenté identificarlo y finalmente pude reconocer en
él a uno de mis jóvenes. Llevaba los cabellos desgreñados, en parte erizados
sobre la cabeza y en parte echados hacia atrás por efecto del viento y los
brazos tendidos hacia adelante, en actitud como de quien nada para salvarse del
naufragio. Quería detenerse y no podía. Tropezaba continuamente con los
guijarros salientes del camino y aquellas piedras servían para darle un mayor
impulso en la carrera. —Corramos, detengámoslo, ayudémosle— gritaba yo
tendiendo las manos hacia él. Y el guía: —No; déjalo. —¿Y por qué no
puedo detenerlo? —¿No sabes lo tremenda que es la venganza de Dios? ¿Crees
que podrías detener a uno que huye de la ira encendida del Señor? Entretanto
aquel joven, volviendo la cabeza hacia atrás y mirando con los ojos encendidos
si la ira de Dios le seguía siempre, corría precipitadamente hacia el fondo
del camino, como si no hubiese encontrado en su huida otra solución que ir a
dar contra aquella puerta de bronce. —¿Y por qué mira hacia atrás con esa
cara de espanto?, — pregunte yo—. —Porque la ira de Dios traspasa todas
las puertas del infierno e irá a atormentarle aún en medio del fuego.
En efecto, como consecuencia de aquel choque, entre un
ruido de cadenas, la puerta se abrió de par en par. Y tras ella se abrieron al
mismo tiempo, haciendo un horrible fragor, dos, diez, cien, mil, otras puertas
impulsadas por el choque del joven, que era arrastrado por un torbellino
invisible, irresistible, velocísimo. Todas aquellas puertas de bronce, que
estaban una delante de otra, aunque a gran distancia, permanecieron abiertas por
un instante y yo vi, allá a lo lejos, muy lejos, como la boca de un horno, y
mientras el joven se precipitaba en aquella vorágine pude observar que de ella
se elevaban numerosos globos de fuego. Y las puertas volvieron a cerrarse con la
misma rapidez con que se habían abierto. Entonces yo tomé la libreta para
apuntar el nombre y el apellido de aquel infeliz, pero el guía me tomó del
brazo y me dijo: —Detente —me ordenó— y observa de nuevo. Lo hice y pude
ver un nuevo espectáculo. Vi bajar precipitadamente por la misma senda a tres jóvenes
de nuestras casas que en forma de tres peñascos rodaban rapidísimamente uno
detrás del otro. Iban con los brazos abiertos y gritaban de espanto. Llegaron
al fondo y fueron a chocar con la primera puerta. San Juan Bosco al instante
conoció a los tres. Y la puerta se abrió y después de ella las otras mil; los
jóvenes fueron empujados a aquella larguísima galería, se oyó un prolongado
ruido infernal que se alejaba cada vez más, y aquellos infelices desaparecieron
y las puertas se cerraron.
Muchos otros cayeron después de éstos de cuando en
cuando... Vi precipitarse en el infierno a un pobrecillo impulsado por los
empujones de un pérfido compañero. Otros caían solos, otros acompañados;
otros cogidos del brazo, otros separados, pero próximos. Todos llevaban escrito
en la frente el propio pecado. Yo los llamaba afanosamente mientras caían en
aquel lugar. Pero ellos no me oían, retumbaban las puertas infernales al
abrirse y al cerrarse se hacía un silencio de muerte. —He aquí las causas
principales de tantas ruinas eternas —exclamó mi guía—: los compañeros,
las malas lecturas (y malos programas de televisión e internet e impureza y
pornografía y anticonceptivos y fornicación y adulterios y sodomía y
asesinatos de aborto y herejías) y las perversas costumbres. Los lazos que habíamos
visto al principio eran los que arrastraban a los jóvenes al precipicio. Al ver
caer a tantos de ellos, dije con acento de desesperación: —Entonces es inútil
que trabajemos en nuestros colegios, si son tantos los jóvenes que tienen este
fin. ¿No habrá manera de remediar la ruina de estas almas? Y el guía me
contestó: —Este es el estado actual en que se encuentran y si mueren en él
vendrán a parar aquí sin remedio. —¡Oh, déjame anotar los nombres para que
yo les pueda avisar y ponerlos en la senda que conduce al Paraíso! —¿Y crees
tú que algunos se corregirían si les avisaras? Al principio el aviso les
impresionará; después no harán bcaso, diciendo: se trata de un sueño. Y se
tornarán peores que antes. Otros, al verse descubiertos, frecuentarán los
Sacramentos, pero no de una manera spontánea y meritoria, porque no proceden
rectamente.
Otros se confesarán por un temor pasajero a caer en el
infierno, pero seguirán con el corazón apegado al pecado. —¿Entonces para
estos desgraciados no hay remisión? Dame algún aviso para que puedan salvarse.
—Helo aquí: tienen los superiores, que los obedezcan; tienen el reglamento,
que lo observen; tienen los Sacramentos, que los frecuenten. Entretanto, como se
precipitase al abismo un nuevo grupo de jóvenes, las puertas permanecieron
abiertas durante un instante y: —Entra tú también— me dijo el guía. Yo me
eché atrás horrorizado. Estaba impaciente por regresar al Oratorio para avisar
a los jóvenes y detenerles en aquel camino; para que no siguieran rodando hacia
la perdición. Pero el guía me volvió a insistir: —Ven, que aprenderás más
de una cosa. Pero antes dime: ¿Quieres proseguir solo o acompañado? Esto me lo
dijo para que yo reconociese la insuficiencia de mis fuerzas y al mismo tiempo
la necesidad de su benévola asistencia; a lo que contesté: —¿Me he de
quedar solo en ese lugar de horror? ¿Sin el consuelo de tu bondad? ¿Y quién
me enseñará el camino del retorno? Y de pronto me sentí lleno de valor
pensando para mí: —Antes de ir al infierno es necesario pasar por el juicio y
yo no me he presentado todavía ante el Juez Supremo.
Después exclamé resueltamente: —¡Entremos, pues! Y
penetramos en aquel estrecho y horrible corredor. Corríamos con la velocidad
del rayo. Sobre cada una de las puertas del interior lucía con luz velada una
inscripción amenazadora. Cuando terminamos de recorrerlo desembocamos en un
amplio y tétrico patio, al fondo del cual se veía una rústica portezuela,
cuyas hojas eran de un grosor como jamás había visto y encima de la cual se leía
esta inscripción: Ibunt impii in ignem aeternum. Los muros en todo su perímetro
estaban recubiertos de inscripciones. Yo pedí a mi guía permiso para leerlas y
éste me contestó: —Haz como te plazca. Entonces lo examiné todo. En cierto
sitio vi escrito lo siguiente: Dabo ignem in carnes eorum ut comburantur in
sempiternum. Cruciabuntur die ac nocte in saecula saeculorum. Y en otro lugar:
Hic univérsitas malorum per omnia saecula saeculorum. En otros: Nullus est hic
ordo, sed horror sempiternus inhabitat. — Fumus tormentorum suorum in aeternum
ascendit. —Non est pax impiis. — Clamor et stridor dentium. Mientras yo daba
la vuelta alrededor de los muros leyendo estas inscripciones, el guía, que se
había quedado en el centro del patio, se acercó a mí y me dijo: —Desde
ahora en adelante nadie podrá tener un compañero que le ayude, un amigo que le
consuele, un corazón que le ame, una mirada compasiva, una palabra benévola:
hemos pasado la línea. ¿Tú quieres ver o probar? —Quiero ver solamente—
respondí. —Ven, pues, conmigo— añadió el amigo, y tomándome de la mano
me condujo ante aquella puertecilla y la abrió. Esta ponía en comunicación
con un corredor en cuyo fondo había una gran cueva cerrada por una larga
ventana con un solo cristal que llegaba desde el suelo hasta la bóveda y a través
del cual se podía mirar dentro. Atravesé el dintel y avanzando un paso me
detuve preso de un terror indescriptible. Vi ante mis ojos una especie de
caverna inmensa que se perdía en las profundidades cavadas en las entrañas de
los montes, todas llenas de fuego, pero no como el que vemos en la tierra con
sus llamas movibles, sino de una forma tal que todo lo dejaba incandescente y
blanco a causa de la elevada temperatura. Muros, bóvedas, pavimento, herraje,
piedras, madera, carbón; todo estaba blanco y brillante. Aquel fuego
sobrepasaba en calores millares y millares de veces al fuego de la tierra sin
consumir ni reducir a cenizas nada de cuanto tocaba.
Me sería imposible describir esta caverna en toda su
espantosa realidad. Mientras miraba atónito aquel lugar de tormento veo llegar
con indecible ímpetu un joven que casi no se daba cuenta de nada, lanzando un
grito agudísimo, como quien estaba para caer en un lago de bronce hecho líquido,
y que precipitándose en el centro, se torna blanco como toda la caverna y queda
inmóvil, mientras que por un momento resonaba en el ambiente el eco de su voz
mortecina. Lleno de horror contemplé un instante a aquel desgraciado y me
pareció uno del Oratorio, uno de mis hijos. —Pero ¿este no es uno de mis jóvenes?,
—pregunté al guía—. ¿No es fulano? —Sí, sí— me respondió. —¿Y
por qué no cambia de posición? ¿Por qué está incandescente sin consumirse?
Y él: —Tú elegiste el ver y por eso ahora no debes hablar; observa y verás.
Por lo demás omnis enim igne salietur et omnis victima sale salietur. Apenas si
había vuelto la cara y he aquí otro joven con una furia desesperada y a grandísima
velocidad que corre y se precipita a la misma caverna. También éste pertenecía
al Oratorio. Apenas cayó no se movió más. Este también lanzó un grito de
dolor y su voz se confundió con el último murmullo del grito del que había caído
antes. Después llegaron con la misma precipitación otros, cuyo número fue en
aumento y todos lanzaban el mismo grito y permanecían inmóviles,
incandescentes, como los que les habían precedido. Yo observé que el primero
se había quedado con una mano en el aire y un pie igualmente suspendido en
alto. El segundo quedó como encorvado hacia la tierra.
Algunos tenían los pies por alto, otros el rostro
pegado al suelo. Quiénes estaban casi suspendidos sosteniéndose de un solo pie
o de una sola mano; no faltaban los que estaban sentados o tirados; unos
apoyados sobre un lado, otros de pie o de rodillas, con las manos entre los
cabellos. Había, en suma, una larga fila de muchachos, como estatuas en
posiciones muy dolorosas. Vinieron aún otros muchos a aquel horno, parte me
eran conocidos y parte desconocidos. Me recordé entonces de lo que dice la
Biblia, que según se cae la primera vez en el infierno así se permanecerá
para siempre: Lignum, in quocumque loco cecíderit, ibi erit. Al notar que
aumentaba en mí el espanto, pregunté al guía: —¿Pero éstos, al correr con
tanta velocidad, no se dan cuenta que vienen a parar aquí? —¡Oh!, sí que
saben que van al fuego; les avisaron mil veces, pero siguen corriendo
voluntariamente al no detestar el pecado y al no quererlo abandonar, al
despreciar y rechazar la Misericordia de Dios que los llama a penitencia, y, por
tanto, la justicia Divina, al ser provocada por ellos, los empuja, les insta,
los persigue y no se pueden parar hasta llegar a este lugar. —¡Oh, qué
terrible debe de ser la desesperación de estos desgraciados que no tienen ya
esperanza de salir de aquí!—, exclamé. —¿Quieres conocer la furia íntima
y el frenesí de sus almas? Pues, acércate un poco más—, me dijo el guía.
Di algunos pasos hacia adelante y acercándome a la
ventana vi que muchos de aquellos miserables se propinaban mutuamente tremendos
golpes, causándose terribles heridas, que se mordían como perros rabiosos;
otros se arañaban el rostro, se destrozaban las manos, se arrancaban las carnes
arrojando con despecho los pedazos por el aire. Entonces toda la cobertura de
aquella cueva se había trocado como de cristal a través del cual se divisaba
un trozo de cielo y las figuras luminosas de los compañeros que se habían
salvado para siempre. Y aquellos condenados rechinaban los dientes de feroz
envidia, respirando afanosamente, porque en vida hicieron a los justos blanco de
sus burlas. Yo pregunté al guía: —Dime, ¿por qué no oigo ninguna voz?
—Acércate más— me gritó. Me aproximé al cristal de la ventana y oí cómo
unos gritaban y lloraban entre horribles contorsiones; otros blasfemaban e
imprecaban a los Santos. Era un tumulto de voces y de gritos estridentes y
confusos que me indujo a preguntar a mi amigo: —¿Qué es lo que dicen? ¿Qué
es lo que gritan? Y él: —Al recordar la suerte de sus buenos compañeros se
ven obligados a confesar: Nos insensatii vitam illorum aestimabamus insaniam et
finem illorum sine honore. Ecce quómodo computati sunt ínter filios Dei et ínter
sanctos sors illorum est. Ergo errávimus a via veritatis. Por eso gritan:
Lassati sumus in via iniquitatis et perditionis. Erravimus per vias difficiles,
viam autem Domini ignoravimus. Quid nobis profuit superbia? Transierunt omnia
illa tamquam umbra. Estos son los cánticos lúgubres que resonarán aquí por
toda la eternidad. Pero gritos, esfuerzos, llantos son ya completamente inútiles.
Omnis dolor irruet super eos! Aquí no cuenta el tiempo, aquí sólo impera la
eternidad. Mientras lleno de horror contemplaba el estado de muchos de mis jóvenes,
de pronto una idea floreció en mi mente. —¿Cómo es posible —dije— que
los que se encuentran aquí estén todos condenados? Esos jóvenes, ayer por la
noche estaban aún vivos en el Oratorio. Y el guía me contestó:
—Todos ésos que ves ahí son los que han muerto a la
gracia de Dios y si les sorprendiera la muerte y si continuasen obrando como al
presente, se condenarían. Pero no perdamos tiempo, prosigamos adelante. Y me
alejó de aquel lugar por un corredor que descendía a un profundo subterráneo
conduciendo a otro aún más bajo, a cuya entrada se leían estas palabras:
Vermis eorum non moritur, et ignis non extinguitur... Dabit
Dominus omnipotens ignem et vermes in carnes eorum, ut urantur et sentiant usque
in sempiternum. Aquí
se veían los atroces remordimientos de los que fueron educados en nuestras
casas. El recuerdo de todos y cada uno de los pecados no perdonados y de la
justa condenación; de haber tenido mil medios y muchos extraordinarios para
convertirse al Señor, para perseverar en el bien, para ganarse el Paraíso. El
recuerdo de tantas gracias y promesas concedidas y hechas a María Santísima y
no correspondidas. ¡El haberse podido salvar a costa de un pequeño sacrificio
y, en cambio, estar condenado para siempre! ¡Recordar tantos buenos propósitos
hechos y no mantenidos! ¡Ah! De buenas intenciones completamente ineficaces está
lleno el infierno, dice el proverbio. Y allí volví a contemplar a todos los jóvenes
del Oratorio que había visto poco antes en el horno, algunos de los cuales me
están escuchando ahora, otros estuvieron aquí con nosotros y a otros muchos no
los conocía. Me adelanté y observé que odos estaban cubiertos de gusanos y de
asquerosos insectos que les devoraban y consumían el corazón, los ojos, las
manos, las piernas, los brazos y todos los miembros, dejándolos en un estado
tan miserable que no encuentro palabras para describirlo.
Aquellos desgraciados permanecían inmóviles,
expuestos a toda suerte de molestias, sin poderse defender de ellas en modo
alguno. Yo avancé un poco más, acercándome para que me viesen, con la
esperanza de poderles hablar y de que me dijesen algo, pero ellos no solamente
no me hablaron sino que ni siquiera me miraron. Pregunté entonces al guía la
causa de esto y me fue respondido que en el otro mundo no existe libertad alguna
para los condenados: cada uno soporta allí todo el peso del castigo de Dios sin
variación alguna de estado y no puede ser de otra manera. Y añadió: —Ahora
es necesario que desciendas tú a esa región de fuego que acabas de contemplar.
—¡No, no!, —repliqué aterrado—. Para ir al infierno es necesario pasar
antes por el juicio, y yo no he sido juzgado aún. ¡Por tanto no quiero ir al
infierno! —Dime —observó mi amigo—, ¿te parece mejor ir al infierno y
libertar a tus jóvenes o permanecer fuera de él abandonándolos en medio de
tantos tormentos? Desconcertado con esta propuesta, respondí: —¡Oh, yo amo
mucho a mis queridos jóvenes y deseo que todos se salven! ¿Pero, no podríamos
hacer de manera que no tuviésemos que ir a ese lugar de tormento ni yo ni los
demás? —Bien —contestó mi amigo—, aún estás a tiempo, como también lo
están ellos, con tal que tú hagas cuanto puedas. Mi corazón se ensanchó al
escuchar tales palabras y me dije inmediatamente: Poco importa el trabajo con
tal de poder librar a mis queridos hijos de tantos tormentos. —Ven, pues
—continuó mi guía—, y observa una prueba de la bondad y de la Misericordia
de Dios, que pone en juego mil medios para inducir a penitencia a tus jóvenes y
salvarlos de la muerte eterna. Y tomándome de la mano me introdujo en la
caverna. Apenas puse el pie en ella me encontré de improviso transportado a una
sala magnífica con puertas de cristal. Sobre ésta, a regular distancia, pendían
unos largos velos que cubrían otros tantos departamentos que comunicaban con la
caverna.
El guía me señaló uno de aquellos velos sobre el
cual se veía escrito: Sexto Mandamiento; y exclamó: —La falta contra este
Mandamiento: he aquí la causa de la ruina eterna de tantos jóvenes. —Pero ¿no
se han confesado? —Se han confesado, pero las culpas contra la bella virtud
las han confesado mal o las han callado de propósito. Por ejemplo: uno, que
cometió cuatro o cinco pecados de esta clase, dijo que sólo había faltado dos
o tres veces. Hay algunos que cometieron un pecado impuro en la niñez y
sintieron siempre vergüenza de confesarlo, o lo confesaron mal o no lo dijeron
todo. Otros no tuvieron el dolor o el propósito suficiente. Incluso algunos, en
lugar de hacer el examen, estudiaron la manera de engañar al confesor. Y el que
muere con tal resolución lo único que consigue es contarse en el número de
los réprobos por toda la eternidad. Solamente los que, arrepentidos de corazón,
mueren con la esperanza de la eterna salvación, serán eternamente felices. ¿Quieres
ver ahora por qué te ha conducido hasta aquí la Misericordia de Dios? Levantó
un velo y vi un grupo de jóvenes del Oratorio, todos los cuales me eran
conocidos, que habían sido condenados por esta culpa. Entre ellos había
algunos que ahora, en apariencia, observan buena conducta. —Al menos ahora
—le supliqué— me dejarás escribir los nombres de esos jóvenes para poder
avisarles en particular. —No hace falta— me respondió. —Entonces, ¿qué
les debo decir? —Predica siempre y en todas partes contra la inmodestia. Basta
avisarles de una manera general y no olvides que aunque lo hicieras
particularmente, te harían mil promesas, pero no siempre sinceramente. Para
conseguir un propósito decidido se necesita la gracia de Dios, la cual no
faltará nunca a tus jóvenes si ellos se la piden.
Dios es tan bueno que manifiesta especialmente su poder
en el compadecer y en perdonar. Oración y sacrificio, pues, por tu parte. Y los
jóvenes que escuchen tus amonestaciones y enseñanzas, que pregunten a sus
conciencias y éstas les dirán lo que deben hacer. Y seguidamente continuó
hablando por espacio de casi media hora sobre las condiciones necesarias para
hacer una buena confesión. El guía repitió después varias veces en voz alta:
—Avertere!... Avertere!... —¿Qué quiere decir eso? —¡Que cambien de
vida!... ¡Que cambien de vida!... Yo, confundido ante esta revelación, incliné
la cabeza y estaba para retirarme cuando el desconocido me volvió a llamar y me
dijo: —Todavía no lo has visto todo. Y volviéndose hacia otra parte levantó
otro gran velo sobre el cual estaba escrito: Qui volunt díuites fieri, íncidunt
in tentationem et láqueum diáboli. Leí esta sentencia y dije: —Esto no
interesa a mis jóvenes, porque son pobres, como yo; nosotros no somos ricos ni
buscamos las riquezas. ¡Ni siquiera nos pasa por la imaginación semejante
deseo!
Al correr el velo vi al fondo cierto número de jóvenes,
todos conocidos, que sufrían como los primeros que contemplé, y el guía me
contestó: —Sí, también interesa esa sentencia a tus muchachos. —Explícame
entonces el significado del término divites. Y él: —Por ejemplo, algunos de
tus jóvenes tienen el corazón apegado a un objeto material, de forma que este
afecto desordenado le aparta del amor a Dios, faltando, por tanto, a la piedad y
a la mansedumbre. No sólo se puede pervertir el corazón con el uso de las
riquezas, sino también con el deseo inmoderado de las mismas, tanto más si
este deseo va contra la virtud de la justicia. Tus jóvenes son pobres, pero has
de saber que la gula y el ocio son malos consejeros. Hay algunos que en el
propio pueblo se hicieron culpables de hurtos considerables y a pesar de que
pueden hacerlo no se han preocupado de restituir. Hay quienes piensan en abrir
con las ganzúas la despensa y quien intenta penetrar en la habitación del
Prefecto o del Ecónomo; quienes registran los baúles de los compañeros para
apoderarse de comestibles, dinero y otros objetos; quien hace acopio de
cuadernos y de libros para su uso... Y después de decirme el nombre de estos y
de otros más, continuó: —Algunos se encuentran aquí por haberse apropiado
de prendas de vestir, de ropa blanca, de mantas y manteles que pertenecían al
Oratorio, para mandarlas a sus casas. Algunos, por algún otro grave daño que
ocasionaron voluntariamente y no lo repararon. Otros, por no haber restituido
objetos y cosa que habían pedido a título de préstamo, o por haber retenido
sumas de dinero que les habían sido confiadas para que las entregasen al
Superior.
Y concluyó diciendo: —Y puesto que conoces el nombre
de los tales, avísales, diles que desechen los deseos inútiles y nocivos; que
sean obedientes a la ley de Dios y celosos del propio honor, de otra forma la
codicia los llevará a mayores excesos, que les sumergirán en el dolor, en la
muerte y en la perdición. Yo no me explicaba cómo por ciertas cosas a las que
nuestros jóvenes daban tan poca importancia hubiese aparejados castigos tan
terribles. Pero el amigo interrumpió mis reflexiones diciéndome: —Recuerda
lo que se te dijo cuando contemplabas aquellos racimos de la vid echados a
perder—, y levantó otro velo que ocultaba a otros muchos de nuestros jóvenes,
a los cuales conocí inmediatamente por pertenecer al Oratorio. Sobre aquel velo
estaba escrito: Radix omnium malorum. E inmediatamente me preguntó: —¿Sabes
qué significa esto? ¿Cuál es el pecado designado por esta sentencia? —Me
parece que debe ser la oberbia. —No, me respondió.—Pues yo siempre he oído
decir que la raíz de todos los pecados es la soberbia.—Sí; en general se
dice que es la soberbia; pero en particular, ¿sabes qué fue lo que hizo caer a
Adán y a Eva en el primer pecado, por lo que fueron arrojados del Paraíso
terrenal? —La desobediencia. —Cierto; la desobediencia es la raíz de todos
los males. —¿Qué debo decir a mis jóvenes sobre esto? —Presta atención.
Aquellos jóvenes los cuales tú ves que son
desobedientes se están preparando un fin tan lastimoso como éste. Son los que
tú crees que se han ido por la noche a descansar y, en cambio, a horas de la
madrugada se bajan a pasear por el patio, sin preocuparse de que es una cosa
prohibida por el reglamento; son los que van a lugares peligrosos, sobre los
andamios de las obras en construcción, poniendo en peligro incluso la propia
vida. Algunos, según lo establecido, van a la iglesia, pero no están en ella
como deben, en lugar de rezar están pensando en cosas muy distintas de la oración
y se entretienen en fabricar castillos en el aire; otros estorban a los demás.
Hay quienes de lo único que se preocupan es de buscar un lugar cómodo para
poder dormir durante el tiempo de las funciones sagradas; otros crees tú que
van a la iglesia y, en cambio, no aparecen por ella. ¡Ay del que descuida la
oración! ¡El que no reza se condena! Hay aquí algunos que en vez de cantar
las divinas alabanzas y las Vísperas de la Virgen María, se entretienen en
leer libros nada piadosos, y otros, cosa verdaderamente vergonzosa, pasan el
tiempo leyendo obras prohibidas (¡hasta pornografía!). Y siguió enumerando
otras faltas contra el reglamento, origen de graves desórdenes. Cuando hubo
terminado, yo le miré conmovido y él clavando sus ojos en mí, prestó atención
a mis palabras. —¿Puedo referir todas estas cosas a mis jóvenes?—, le
pregunté. —Sí, puedes decirles todo cuanto recuerdes. —¿Y qué consejos
he de darles para que no les sucedan tan grandes desgracias? —Debes insistir
en que la obediencia a Dios, a la Iglesia, a los padres y a los superiores, aún
en cosas pequeñas, los salvará. —¿Y qué más? —Les dirás que eviten el
ocio, que fue el origen del pecado del Santo Rey David: incúlcales que estén
siempre ocupados, pues así el demonio no tendrá tiempo para tentarlos.
Yo, haciendo una inclinación con la cabeza, se lo
prometí. Me encontraba tan emocionado que dije a mi amigo: —Te agradezco la
caridad que has usado para conmigo y te ruego que me hagas salir de aquí. El
entonces me dijo: —¡Ven conmigo!—, y animándome, me tomó de la mano y me
ayudó a proseguir porque me encontraba agotado. Al salir de la sala y después
de atravesar en un momento el hórrido patio y el largo corredor de entrada,
antes de trasponer el dintel de la última puerta de bronce, se volvió de nuevo
a mí y exclamó: —Ahora que has visto los tormentos de los demás, es
necesario que pruebes un poco lo que se sufre en el infierno. —¡No, no!—,
grité horrorizado. El insistía y yo me negaba siempre. —No temas —me
dijo—; prueba solamente, toca esta muralla. Yo no tenía valor para hacerlo y
quise alejarme, pero el guía me detuvo insistiendo: —A pesar de todo, es
necesario que pruebes lo que te he dicho— y aferrándome resueltamente por un
brazo, me acercó al muro mientras decía: —Tócalo una sola vez, al menos
para que puedas decir que estuviste visitando las murallas de los suplicios
eternos, y para que puedas comprender cuan terrible será la última si así es
la primera. ¿Ves esa muralla? Me fijé atentamente y pude comprobar que aquel
muro era de espesor colosal.
El guía prosiguió: —Es el milésimo primero antes
de llegar adonde está el verdadero fuego del infierno. Son mil muros los que lo
rodean. Cada muro es mil medidas de espesor y de distancia el uno del otro, y
cada medida es de mil millas; este está a un millón de millas del verdadero
fuego del infierno y por eso apenas es un mínimo principio del infierno mismo.
Al decir esto, y como yo me echase atrás para no tocar, me tomo la mano, me la
abrió con fuerza y me la acercó a la piedra de aquel milésimo muro. En aquel
instante sentí una quemadura tan intensa y dolorosa que saltando hacia atrás y
lanzando un grito agudísimo, me desperté. Me encontré sentado en el lecho y
pareciéndome que la mano me ardía, la restregaba contra la otra para aliviarme
de aquella sensación. Al hacerse de día, pude comprobar que mi mano, en
realidad, estaba hinchada, y la impresión imaginaria de aquel fuego me afectó
tanto que cambié la piel de la palma de la mano derecha. Tengan presente que no
les he contado las cosas con toda su horrible crueldad, ni tal como ¡as vi y de
la forma que me impresionaron, para no causar en ustedes demasiado espanto.
Nosotros sabemos que el Señor no nombró jamás el infierno sino valiéndose de
símbolos, porque aunque nos lo hubiera descrito como es, nada hubiéramos
entendido. Ningún mortal puede comprender estas cosas. El Señor las conoce y
tas puede manifestar a quien quiere. Durante muchas noches consecutivas, y
siempre presa de la mayor turbación, o pude dormir a causa del espanto que se
había apoderado de mi ánimo. Les he contado solamente el resumen de lo que he
visto en sueños de mucha duración; puede decirse que de todos ellos les he
hecho un breve compendio. Más adelante les hablaré sobre el respeto humano, y
de cuanto se relaciona con el sexto y séptimo Mandamiento y con la soberbia. No
haré otra cosa más que explicar estos sueños, pues están de acuerdo con la
Sagrada Escritura, aún más, no son otra cosa que un comentario de cuanto en
ella se lee respecto a esta materia. Durante estas noches les he contado ya
algo, pero de cuando en cuando vendré a hablarles y les narraré lo que falta,
dándoles la explicación consiguiente.
Como lo prometió, así lo hizo —continúa Don
Lemoyne —. Seguidamente expuso este mismo sueño a los jóvenes de Mirabello y
de Lanzo, pero resumiendo la narración. Repitió cuanto había visto sin hacer
cambios notables, no faltando tampoco algunas variantes. Al narrarlo
privadamente a sus Sacerdotes y Clérigos, añadía algunos detalles más. En
muchas ocasiones omitía algunas cosas y en otras ponía de manifestó otras. En
la descripción de los lazos introdujo una nueva idea sobre la argucia del
Demonio y de la manera de arrastrar a los jóvenes hacia el infierno, hablando
de las malas costumbres. De muchas escenas no dio explicación: por ejemplo, de
los personajes de agradable aspecto que se encontraban en la sala magnífica y
que nosotros nos atreveríamos a decir que simbolizan: El tesoro de la
Misericordia de Dios, para salvar a los jóvenes que de otra manera habrían
perecido. Tal vez eran los principales ministros de innumerables gracias.
Ciertas variantes provenían de la multiplicidad de las cosas vistas al mismo
tiempo, las cuales el reproducirse en su imaginación le hacían escoger lo que
el Santo juzgaba más oportuno para sus oyentes. Por lo demás, la meditación
de los novísimos era cosa familiar en San Juan Bosco y como fruto de ella su
corazón se encendía en una vivísima compasión hacia los pobres pecadores
amenazados por el peligro de una eternidad tan horrible. Este sentimiento de
caridad le hacía sobreponerse al respeto humano, invitando a la penitencia con
una prudente franqueza incluso a personajes distinguidos, siendo de tal eficacia
sus palabras que conseguía numerosas conversiones. Nosotros hemos ofrecido
fielmente aquí cuanto escuchamos de labios del mismo Santo y cuanto nos
refirieron de viva voz o por escrito numerosos Sacerdotes, formando con el
conjunto una sola narración. Ha sido un trabajo arduo, porque deseábamos
reproducir con exactitud matemática cada una de las palabras, cada unión de
una escena con la otra, el orden de los diferentes hechos, los avisos, los
reproches, todas las ideas expuestas y no explicadas, entre las cuales no faltará
alguna de las que se dejan sobrentender. ¿Hemos conseguido nuestro propósito?
Podemos asegurar a los lectores que hemos buscado una sola cosa con la mayor
diligencia, a saber: exponer con la mayor fidelidad posible las palabras de San
Juan Bosco.
LAS PENAS DEL INFIERNO—AÑO 1887
Memorias Biográficas de San Juan Bosco, Tomo XVIII,
págs. 284-285
En la mañana del tres de abril San Juan Bosco dijo a
Viglietti que en la noche precedente no había podido descansar, pensando en un
sueño espantoso que había tenido durante la noche del dos. Todo ello produjo
en su organismo un verdadero agotamiento de fuerzas. —Si los jóvenes —le
decía — oyesen el relato de lo que oí, o se darían a una vida santa o huirían
espantados para no escucharlo hasta el fin. Por lo demás, no me es posible
describirlo todo, pues sería muy difícil representar en su realidad los
castigos reservados a los pecadores en la otra vida. El Santo vio las penas del
infierno. Oyó primero un gran ruido, como de un terremoto. Por el momento no
hizo caso, pero el rumor fue creciendo gradualmente, hasta que oyó un estruendo
horroroso y prolongadísimo, mezclado con gritos de horror y espanto, con voces
humanas inarticuladas que, confundidas con el fragor general, producían un estrépito
espantoso. Desconcertado observó alrededor de sí para averiguar cuál pudiera
ser la causa de aquel finís mundi, pero no vio nada de particular. El rumor,
cada vez más ensordecedor, se iba acercando, y ni con los ojos ni con los oídos
se podía precisar lo que sucedía.
San Juan Bosco continuó así su relato:
—Vi primeramente una masa informe que poco a poco fue tomando la figura de una
formidable cuba de fabulosas dimensiones: de ella salían los gritos de dolor.
Pregunté espantado qué era aquello y qué significaba lo que estaba viendo.
Entonces los gritos, hasta allí inarticulados, se intensificaron más haciéndose
más precisos, de forma que pude oír estas palabras: —Multi gloriantur in
terris et cremantur n igne. Después vi dentro de aquella cuba ingente, personas
indescriptiblemente deformes. Los ojos se les salían de las órbitas; las
orejas, casi separadas de la cabeza, colgaban hacia abajo; los brazos y las
piernas estaban dislocadas de un modo fantástico. A los gemidos humanos se unían
angustiosos maullidos de gatos, rugidos de leones, aullidos de lobos y alaridos
de tigres, de osos y de otros animales.
Observé mejor y entre aquellos desventurados reconocí
a algunos. Entonces, cada vez más aterrado, pregunté nuevamente qué
significaba tan extraordinario espectáculo. Se me respondió: —Gemitibus
inenarrabilibus famem patientur ut canes. Entretanto, con el aumento del ruido
se hacía ante él más viva y más precisa la vista de las cosas; conocía
mejor a aquellos infelices, le llegaban más claramente sus gritos, y su terror
era cada vez más opresor. Entonces preguntó en voz alta: —Pero ¿no será
posible poner remedio o aliviar tanta desventura? ¿Todos estos horrores y estos
castigos están preparados para nosotros? ¿Qué debo hacer yo? —Sí —replicó
una voz—, hay un remedio; sólo un remedio. Apresurarse a pagar las propias
deudas con oro o con plata. —Pero estas son cosas materiales. —No; aurum et
thus. Con la oración incesante y con la frecuente comunión se podrá remediar
tanto mal. Durante este diálogo los gritos se hicieron más estridentes y el
aspecto de los que los emitían era más monstruoso, de forma que, presa de
mortal terror, se despertó. Eran ¡as tres de la mañana y no le fue posible
cerrar más un ojo. En el curso de su relato, un temblor le agitaba todos los
miembros, su respiración era afanosa y sus ojos derramaban abundantes lágrimas.
Por al Padre Pío (De los sueños proféticos de San Juan Bosco)