Alto  y Clarowww.altoyclaro.es  www.aloyclaro.com                              


EL HUNDIMIENTO DEL ALMIRANTE FERRÁNDIZ POR EL CANARIAS

(Septiembre de 1936)

A las 22:30 del 21 de Septiembre, el capitán de corbeta Súnico, destacado en Ceuta, daba cuenta del avistamiento del crucero Libertad y el destructor Escaño navegando hacia el Oeste. Al día siguiente, 22 de septiembre, el crucero alemán Nurnberg señaló a los nacionales “la sospecha de que el grueso de la Flota roja y cinco destructores se dirigían al Norte”. El capitán de navío Kuznetsov había registrado en sus memorias la presencia del crucero alemán vigilando los movimientos de la Flota roja.


Cant Z 501

Las exploraciones aéreas orientadas a comprobar las informaciones anteriores no fueron, al principio, afortunadas. Un primer vuelo efectuado por un Cant Z 501 (1)en la mañana del 22 desde Puntales (Cádiz) regresó sin haber avistado al enemigo. Por la tarde repitió el vuelo en demanda de San Vicente pero al cabo de media hora desde el momento de despegue y cuando se hallaba a 50 millas del cabo, se le paró el motor y tuvo que hacer un amerizaje forzoso que el piloto, teniente de navío D. Miguel Ruiz de la Puente, llevó a cabo con destreza. Ya en el agua, una ola de considerable fuerza desprendió uno de los planos arrastrando algunas bombas que no llegaron a explosionar. El hidro quedó semihundido y, en aquella crítica situación, el teniente de navío Ruiz de la Puente cedió el bote neumático de dos plazas a los dos auxiliares, mientras él y el alférez Bay permanecieron en el agua agarrados a los restos del hidro por espacio de 27 horas hasta ser recogidos por el vapor francés P.L.M. 17 que los desembarcó en Gibraltar de donde pasaron a zona nacional, si bien en un primer momento los franceses quisieron entregarlos en zona roja, lo que se evitó por las gestiones realizadas en Cádiz ante el cónsul francés.

Los dos auxiliares trataron de mantenerse con el bote salvavidas en las proximidades del hidro pero, a medianoche, el viento y la mar los fue alejando poco a poco, mientras se despedían de los oficiales a los gritos de viva España.

Las autoridades navales inglesas de Gibraltar alertaron a las francesas de Marruecos y, a media tarde del 25, el contratorpedero francés Lion avistó a los dos náufragos a quienes recogió extenuados tras permanecer en el bote neumático unas 72 horas. El buque los condujo a Casablanca donde arribaron el 26 (2).

Los intentos de localización del Cant Z 501 llevados a cabo el 23 -en un vuelo de 4h 40m de duración- y el 24 por el D-4, pilotado por el alférez de navío Cuvillo, no dieron resultado.


Cap. Navío Francisco Moreno

El Jefe de la Flota nacional, capitán de navío D. Francisco Moreno, al recibir la primera información procedente del Cuartel General del Ejército del Norte del paso del Estrecho por el Jaime I y dos cruceros hacia poniente, pensó en enviar inmediatamente hacia el Sur a los cruceros Canarias y Almirante Cervera pero tuvo que desistir por la necesidad de continuar el alistamiento de ambos buques, sobre todo el Canarias.

Las exploraciones aéreas para tratar de localizar a la Flota roja también se llevaron a cabo desde el Norte con el único hidro disponible, el 5-19, al mando del comandante de Artillería de la Armada D. Leopoldo Brage González que desempeñaba el puesto de observador. El primer vuelo de exploración partió de Marín y llegó en latitud hasta la altura de Lisboa y, en longitud, a unas 180 millas de tierra, con resultado negativo. Para el segundo vuelo de exploración el 5-19 se trasladó desde Marín a Ferrol que tomó como base de partida. Esta vez tuvo más suerte y a las 13:00 del 24 avistó a 120 millas al Norte de cabo Ortegal al Jaime I, Libertad, Miguel de Cervantes y cinco destructores con rumbo Este.

El 24, el general Mola basándose en el plan enviado por el Jefe de la Flota nacional el 5 de agosto, y enterado del paso del Estrecho de la Flota roja, propuso ahora, en conversación telefónica, llevar a cabo una incursión en aquellas aguas por los cruceros Canarias y Almirante Cervera para pasar un convoy de Ceuta a Algeciras y, a continuación, adentrarse brevemente en el Mediterráneo con objeto de bombardear una fábrica de cloro ubicada en Valencia. Cumplidos estos cometidos ambos cruceros regresarían a Ferrol. 

Aceptado este plan, el Jefe de la Flota fijó la salida para el 27 de septiembre. Entre tanto, el general Franco, desconocedor del plan anterior, planteó desde Cáceres al Jefe de la Flota la posibilidad de éxito de un ataque a la Flota roja por los dos cruceros y el acorazado España. El capitán de navío Moreno no consideraba viable esta propuesta dada la desigualdad de fuerzas y así lo comunicó al general Franco al tiempo de informarle de la incursión prevista para el día 27 en el que se esperaba poder combatir con el grueso de la flota roja que volvía del Cantábrico.

El Almirante razona en sus Memorias los motivos por los que contestó negativamente a la propuesta del general Franco basándose en un escueto análisis de las fuerzas oponentes y sus posibilidades.

En cuanto a las del enemigo, se desconocía entonces su capacidad de combate. Se decía que llevaban a bordo oficiales extranjeros y se sabía estaban en completo armamento al comienzo de la guerra y disponían de todo el cargo de municiones y torpedos.


Acorazado España

Respecto a las fuerzas propias, el España solo tenía cinco de los ocho cañones de 30,5 mm en condiciones de hacer fuego y escaseaban las municiones de este calibre. La artillería de 101 mm, de 6.000 metros de alcance, era completamente inútil contra destructores. El Almirante Cervera tenía frecuentes averías en calderas y su artillería principal estaba muy desgastada después de haber disparado mil doscientos proyectiles en los bombardeos de Gijón y los fuertes de la frontera.

El valor militar del Canarias era entonces prácticamente nulo debido al desconocimiento de los servicios del buque por la mayoría de la dotación. Esta estaba compuesta, sobre todo, por voluntarios falangistas ajenos por completo a la vida de mar y a los que había que enseñar lo más indispensable. La situación se complicaba por los continuos cambios de personal debido a la falta de adaptación de gran número de aquéllos. Tampoco la mayor parte de los oficiales había dispuesto de tiempo suficiente para familiarizarse con los equipos y servicios.

“Presentar combate al enemigo en estas condiciones era exponerse a un fracaso rotundo cuya repercusión en la campaña tendría funestas consecuencias; tampoco cabía la retirada en el momento oportuno a menos de dejar abandonado al España. Más adelante, la situación cambió de un modo radical debido principalmente a que, gracias al entusiasmo y espíritu de las dotaciones, la eficiencia del Canarias aumentó considerablemente en poco tiempo”.


Cap. Navío Francisco Bastarreche

A las 22:00 del domingo 27 de septiembre, los cruceros Canarias (capitán de navío D. Francisco Bastarreche y Díez de Bulnes), insignia del Jefe de la Flota nacional capitán de navío D. Francisco Moreno Fernández, y Almirante Cervera (capitán de fragata D. Salvador Moreno Fernández) abandonaron sigilosamente en obscurecimiento total -salvo la luz de alcance atenuada en el coronamiento del Canarias-  el fondeadero de Ferrol. Una vez fuera de la bahía, arrumbaron en línea de fila al 270 para rebasar el meridiano de cabo Villano, momento en el que pusieron proa al 180 con intención de recalar a cabo San Vicente y Espartel.

La noche, cerrada, sin luna, contribuía a dar un aire de misterio a la salida cuya misión era objeto de cábalas en las cámaras y sollados de ambos buques. La Orden de Operaciones permanecía en secreto y nada había trascendido sobre su contenido. Aquel día no había habido francos. Hasta momentos antes de la salida los obreros de la Constructora Naval permanecieron trabajando a bordo del Canarias (3).

Al día siguiente, lunes 28, se intensificaron los ejercicios en ambos buques, sobre todo en el Canarias, menos adiestrado que el Almirante Cervera. También efectuaron evoluciones, poco complicadas, por tratarse solo de los dos buques que constituían toda la Flota nacional.

El Canarias hizo un ejercicio de artillería con fuego real, sin blanco. Sólo disparó dos salvas cada una de cuatro proyectiles con los grupos de proa y popa seguidas de una andanada con las ocho piezas. La dispersión observada fue muy pequeña (4) y no se registró ninguna anormalidad en las torres de 203 mm lo que a todos llenó de alegría por ser las únicas piezas con que contaban.

La información sobre el enemigo que disponía el Jefe de la Flota nacional señalaba la presencia de un destructor en vigilancia permanente al Norte de cabo Espartel y otro a Levante de punta Almina. Su base de operaciones era Málaga donde se encontraban, dos o tres submarinos que alternaban también en el servicio de vigilancia a Levante de punta Europa. Aunque el bloqueo de Cádiz, Sevilla y Huelva había cesado desde el traslado del grueso de la Flota roja al Cantábrico, la inmovilización de los vapores en estos puertos era completa.

La salida de los cruceros nacionales no fue conocida por el enemigo pues no emplearon la radio durante la navegación hacia el Sur.

El plan trazado por el Jefe de la Flota nacional preveía la recalada simultánea del Canarias al meridiano de punta Almina y del Cervera al de cabo Espartel al romper las primeras luces del 29; con arreglo a ello se reguló la velocidad. En la noche del 28 al 29 el Canarias forzó la velocidad a 24 y 25 nudos para adelantarse al Cervera. Con esta maniobra, los dos cruceros se separaban entre sí unas 30 millas que es la distancia entre punta Almina y cabo Espartel.


El crucero Canarias

A las 04:00, una hora antes de recalar a Espartel, se tocó diana en el Canarias y después de dar tiempo para el desayuno de la dotación, se estableció la situación de zafarrancho de combate de suerte que, desde las 04:30, el buque entraba ya en el Estrecho listo para la acción, 12 millas antes de alcanzar, el N/S con cabo Espartel.

Poco después, sobre las 05:30, al pasar frente a Malabata  --punta de la bahía de Tánger--, el Canarias avistó la silueta de un destructor en obscurecimiento total, que pasó por estribor, al parecer sin darse cuenta de la presencia del crucero. “Lo dejé para el Cervera según el plan proyectado” --escribe el Almirante en sus Memorias-- y añade: “Por primera vez se utilizó la radio para avisar a este último del avistamiento, continuando con el Canarias hacia el Estrecho”. 

A bordo del Almirante Cervera, el Comandante, capitán de fragata D. Salvador Moreno, había reunido la noche anterior a los oficiales a quienes expuso el plan para el amanecer del día siguiente.

A 04:30, se tocó diana y, poco después, zafarrancho de combate. Cuando los oficiales ocuparon sus puestos, los que estaban en el puente y dirección de tiro principal, se dieron cuenta que el Canarias había desaparecido, destacado por la proa, como estaba previsto. 

Pasadas las 05:30 y, al llegar a la altura de Tánger, se avistó la sombra del mismo destructor, rebasado ya por el Canarias, que acababa de notificar su presencia por radio. Era el blanco asignado al Cervera. 

En la amanecida del 29 de septiembre, el cielo aparecía cubierto de espesos nubarrones grises que solo dejaban libre en el horizonte una estrechísima franja coloreada de amarillo por la luz difusa del sol naciente.

El Canarias avanzaba, por tanto, desde el sector más oscuro del horizonte, prácticamente invisible para los que se hallasen por su proa en la demora opuesta.

Fue, precisamente en esa demora, a las 06:20, ya francamente de día y acabado de rebasar el meridiano de Punta Europa, cuando desde el puesto A situado a 25 metros sobre el nivel del mar, los servillas (5) señalaron en marcación 100 por estribor, la silueta de un destructor sospechoso. El telémetro principal midió 30.000 metros.

Todos los prismáticos del buque se orientaron en la dirección del avistamiento. Efectivamente, se trataba de un destructor que presentaba la proa y que pronto fue identificado como perteneciente al tipo Sánchez Barcáiztegui.

El Canarias largó una gran bandera de España en la driza del palo de popa. Con toda la dotación en zafarrancho de combate desde antes de amanecer, solo cabía esperar la orden de cargar la artillería que se oyó enseguida, transmitida por el capitán de corbeta D. Faustino Ruiz a las torres de 203 mm y a otros puestos a través de la red especial de altavoces de la dirección de tiro. Las torres proeles estaban orientadas en la demora del blanco.

En el puente se observaban con atención los movimientos del destructor al que se apreció ir arrumbando hacia Tarifa, de vuelta encontrada con el Canarias. 


El Almirante Ferrándiz era de la clase "Churruca", como el José Luis Díez que aparace en la fotografía

El destructor, que resultó ser el Almirante Ferrándiz, (alférez de navío D. José Luis Barbastro), llevaba patrullando la boca oriental del Estrecho desde el 22 de septiembre. Según manifestaciones del marinero enfermero Mariano Ramón Box, superviviente de la dotación del destructor y embarcado posteriormente en el Canarias (6), en la tarde del 28 les ordenaron extremar la vigilancia al hacerse de noche porque Madrid había advertido de la intención de los nacionales de pasar un convoy importante hacia la Península. La noticia fue recibida con protestas por la dotación pues el Churruca debía haber venido a relevados y no llegó.

Antes de la diana del 29 cubrieron los puertos de zafarrancho de combate y, como todos los radiogramas recibidos a bordo --según disposiciones del Comité-- tenían que ser comunicados a la dotación, se enteraron que el Gravina pedía auxilio por ser atacado por un buque «faccioso». El Almirante Ferrándiz puso proa al Estrecho en medio del mayor entusiasmo “para hundir al pirata Cervera”.

Sin embargo, sobre las 06:30, sorprendido por la aparición del Canarias --con el que ninguno de los dos destructores contaban y cuya identificación no fue posible lograr con seguridad en los primeros momentos. de confusión y total sorpresa-- optó por invertir el rumbo, renunciando a apoyar al Gravina en su encuentro con el Cervera. 

A bordo del Canarias, tan pronto se advirtió la inversión de rumbo del destructor --cuya identidad era aún ignorada-- el Jefe de la Flota ordenó aumentar la velocidad a 28 nudos y mantener el rumbo que le aproximaba al blanco, cuidando de que éste no le cortase la proa.

Hubo un breve cambio de impresiones en el puente. El Almirante relata en sus memorias haber ordenado abrir el fuego a las 06:40, “a pesar de las dudas expuestas por algunos jefes y oficiales que se encontraban en el puente, por estar convencido de que era rojo”. Uno de los oficiales insistió, una vez más, al Almirante en la posibilidad de que el destructor avistado fuese inglés, a lo que contestó: “He dado orden de hacer fuego y no me vuelvo atrás”. 

Era preciso actuar deprisa antes de que la superior velocidad del destructor lo llevase, en pocos minutos, fuera del alcance de la artillería del crucero. 

La primera salva de intimidación con las dos torres de proa no fue tenida en cuenta para la corrección del tiro. Debió caer muy corta. Esta salva, poco o nada comentada por los protagonistas de la acción produce la impresión de haber tenido por objeto provocar un gesto de rendición por parte del adversario. No fue así, sino que su respuesta, como hemos visto, consistió en invertir el rumbo para alejarse a toda velocidad.

Al salir la segunda salva, tras la violenta sacudida provocada por la onda expansiva y la reacción de los cuatro disparos simultáneos de las dos torres pro el es (7), se hizo un silencio tenso en el puente y los puestos de observación, mientras transcurrían los interminables segundos del «tiempo de vuelo» de la trayectoria de los proyectiles.

Por fin, sonaron los «claxons» avisadores de la inminente caída de la salva y, acto seguido, se pudieron observar sus piques agrupados en el agua, sin apenas dispersión. Toda ella, larga en alcance, y centrada en deriva.

El telemetrista del puesto «A», cabo Ricardo Vázquez, midió el desvío en alcance: “1.200 metros larga” comunicándolo en voz alta.

Al director de tiro, capitán de corbeta D. Faustino Ruiz, se le planteó, entonces, un dilema. Si aplicaba el método de tiro reglamentario para el centrado en alcance, debía disparar dos salvas escalonadas en 400 metros con respecto a la última observada, esperar a la caída y corregir el tiro antes de pasar a fuego rápido.

El Jefe de la Flota apremiaba. Había que aprovechar estos minutos iniciales antes de que el destructor activase la cuarta caldera y quedara fuera del alcance de la artillería.

«Don Faustino» no lo pensó dos veces y, apreciando correcta la medición del telemetrista, prescindió de los dos escalones de 400 metros y ordenó uno solo de «1.200 metros» y pasar inmediatamente a fuego rápido.

Era una decisión arriesgada, contraria al método de tiro en vigor, considerado «sagrado» por los especialistas, a la par que confirmaba una seguridad absoluta en la medición del cabo Vázquez y en su propia apreciación personal. 

Fácil es imaginar la emoción con que se esperó entonces la caída de esta salva y las sucesivas, tras la interpretación «sui generis» de los métodos de tiro que acababa de hacer el capitán de corbeta D. Faustino Ruiz. Pero de todo ello solo contadas personas, especialistas en Artillería y Tiro Naval, entre ellas el propio Almirante, se dieron cuenta.

La distancia al blanco era ahora de 19.000 metros y la ley de variación en distancia, esto es, la velocidad de aproximación entre ambas derrotas, la del Canarias y la del destructor, de 200 metros por minuto.

Cuando los «claxons» anunciaron ahora la inminente caída de los piques, la tensión se elevó al máximo. De repente, se observaron con claridad un impacto entre los dos cañones de popa del destructor y otros piques en el agua muy próximos. Una llamarada vivísima denotaba claramente un incendio de pólvoras en cubierta (8).

El tiro del Canarias estaba centrado y ahora era necesario lograr un resultado contundente cuanto antes. Se había llegado, en tiempo inverosímilmente corto, a lo que en términos del tiro naval, se denomina «fase de eficacia». Así lo razonaba el Almirante en sus memorias: “Como el destructor aumentaba por momentos su velocidad y empezaba a cubrirse con humos navegando en zig-zág, mandé meter a babor lo indispensable para que pudieran entrar en fuego las torres de popa (grupo negro) que empezaron a disparar a unos 16.000 metros continuando las salvas alternadas; de nuevo lo alcanzamos a 15.000 metros con dos proyectiles y con otro, entre la chime­nea y el puente, a las 07:10”.

Por los anteojos de observación se vieron las letras «AF» en la amura que identificaba al destructor como el Almirante Ferrándiz. En la radio del Canarias se captaron desesperados S.O.S.: «Destructor republicano Almirante Ferrándiz atacado frente a Estepona por un crucero faccioso S.O.S., S.O.S..». Los mensajes se interrumpieron cuando una salva del crucero nacional le inutilizó la radio. 

A bordo del Canarias, la dotación era presa de un entusiasmo desbordante, que el capitán de corbeta Novás describe así: “Hasta este momento, el adiestramiento de la dotación se mostró perfecto; pero a nuestra gente le faltaba la «disciplina del entusiasmo» por lo que, al obtener el primer impacto, se armó tal algarabía de «vivas» y «arribas» --procedente, de modo inexplicable, de los más recónditos compartimientos del barco-- que a duras penas podíamos refrenar todos los directores el tiro, asomados a nuestros respectivos púlpitos”. 

En cambio, a bordo del Almirante Ferrándiz, el cuadro que ofrecía era bien distinto. El entusiasmo inicial con que la dotación acogió la decisión de acudir en socorro del Gravina y hundir al Cervera, pronto se vio truncado al oír la enorme explosión producida por la segunda salva del Canarias. De momento, tomados por sorpresa, no sabían a qué causa atribuida. Descartado el Cervera por la distancia a que se hallaba, hubo quien supuso que era Gibraltar de donde procedían los disparos. Las opiniones variopintas expresaban el ardor de unos, que decían “vamos por ellos”, o el temor de otros que estimaban una locura seguir.


Cañones  de 120 mm del crucero Canarias

El marinero Mariano Ramón Box describe las primeras reacciones de aquellos momentos: “En medio de tanta confusión, un madrileño exaltado, situado en la plataforma del cañón 4 dirigía improperios al puente de mando, levantando su puño amenazador, que le fue arrancado de cuajo por efecto de la segunda salva (9); de ella dieron a bordo dos proyectiles, respectivamente en los cañones nº 4 y 5, que produjeron el incendio de todas las pólvoras almacenadas en las jarras de urgencia (10) pertenecientes a ambas piezas y ocasionaron la muerte de todos los sirvientes, a excepción de Mariano; éste fue lanzado por la explosión desde la plataforma del cañón 4 y vino a dar con sus huesos en la cubierta a estribor mientras que, simultáneamente, caía sobre él una masa de cadáveres que le dejaron cubierto de sangre. Durante estos momentos, el incendio de las pólvoras semejaba un castillo de fuegos artificiales”.

El relato de este superviviente continúa describiendo con enorme dramatismo los efectos causados por los demás impactos producidos en rápida sucesión de forma que no dejaban tiempo para rehacerse entre unos y otros. Una salva hizo estallar los bidones de gasóleo situados imprudentemente en cubierta, a banda y banda del cañón antiaéreo dando origen a un espectacular incendio de enormes proporciones al espaciarse el líquido por cubierta.

La dotación corrió a refugiarse al castillo desde donde, al observar los fogonazos del Canarias, los allí congregados gritaban “¡salva!” y se tiraban a cubierta protegiéndose la cabeza con las manos. En esta situación el buque recibió un impacto en la chimenea de proa que provocó otro incendio, esta vez en un tanque de petróleo, y puso en funcionamiento la sirena, la cual, al producir un ruido continuo e infernal, reforzaba el aspecto terrorífico de la escena. Otra granada hizo explosión en el antesollado, bajo el puente, donde se hallaba el puesto de socorro en combate, produciendo otro incendio y numerosas bajas. Todos los que se encontraban en el sollado y quisieron salir de él, sofocados por el humo, tuvieron que hacerlo a través del fuego.

“En este momento” --relata Mariano Ramón-- “empezaron a tomar caracteres graves las manifestaciones a favor de izar bandera blanca; pero los del Comité, pistola en ristre, y apoyados por los más exaltados, se impusieron a los promotores alegando que si caían en poder de los «facciosos» serían fusilados”.

Un intento de dirigirse a los montajes de torpedos, encabezado por un contramaestre, al que siguieron algunos hombres para llevar a cabo un problemático y desesperado lanzamiento, fracasó enseguida. Ninguno regresó de aquella humareda en que se había convertido la cubierta, excepto el contramaestre que volvió, a duras penas, herido.

El último impacto, apreciado por Mariano Ramón, fue en el cañón nº 2, que quedó destrozado así como parte del puente, cobrándose gran número de bajas.

Al fin, en medio de un gran desconcierto, los supervivientes lograron largar al agua dos balsas que pronto se llenaron de gente mientras muchos procuraban alejarse a nado del buque, cuyo naufragio era inminente, unos, hacia el Canarias y otros, en dirección a un trasatlántico que se hallaba en las proximidades.

Minutos antes de este final, a medida que el Almirante Ferrándiz iba perdiendo velocidad, la distancia al Canarias disminuía rápidamente. A las 07:20 era de 8.000 metros. “En este momento” -escribe el Almirante- “y pocos minutos antes, se obtuvieron dos impactos, el último de los cuales produjo una gran explosión a proa”. 

Este impacto fue el que debió tener lugar en el cañón nº 2, según el relato del marinero Mariano Ramón que acabamos de transcribir.

El Almirante Ferrándiz, completamente envuelto en llamas, pronto quedó inmovilizado, ligeramente escorado a estribor, con los tubos de torpedos apuntados por su aleta de babor como muestras de haber tenido intención de utilizados.

Antes de que el destructor hubiese parado sus máquinas, el Jefe de la Flota ordenó alto el fuego. El Canarias iba moderando continuamente su velocidad hasta quedar detenido a unos 200 metros del Ferrándiz.

Aunque éste no presentaba ningún impacto en el costado, las superestructuras estaban deshechas y continuamente se oían pequeñas explosiones de la cartuchería de las ametralladoras y otras de municiones de mayor calibre. 

Por la amura corría un chorro de sangre desde la cubierta hasta el agua, que cubría la letra «A» de sus iniciales.

Ahora se podía apreciar por qué el Almirante Ferrándiz no pudo hacer uso de su artillería durante el encuentro; los cañones de popa, que hubieran podido hacer fuego en su rápida huída, por no estar en sector muerto como los de proa, estaban destrozados, alcanzados en la segunda salva del Canarias; al final tampoco fue posible utilizar los de proa, a pesar de que hubo un momento en que parecía tener intención de cubrirlos, pero un nuevo impacto acabó con tal posibilidad.

En el castillo se veían varios auxiliares en actitud expectante; al parecer eran miembros del comité. Sobre la defensa de la hélice de babor y apoyado en el costado, un individuo dudaba de arrojarse al agua.

Alrededor del buque, la estampa dramática de las balsas abarrotadas de supervivientes y los hombres nadando hacia el Canarias, al que pedían auxilio llamando a gritos al Cervera y España porque no suponían la presencia de aquel en el Estrecho. El hidroavión D-4, de la Aeronáutica Naval, pilotado por el alférez de navío D. José María Moreno sobrevolaba la escena.

Como la exploración aérea propia acusó campo libre, el Canarias arrió sus escalas y un bote al mando del teniente de navío D. Alfredo Lostáu para recoger a los náufragos. Alguno de los jefes en el puente hizo presente al Jefe de la Flota la posibilidad de un peligro; éste contestó secamente: “La caballerosidad siempre fue norma de la Marina española”.

Mientras, el Canarias consiguió atracar a una de las balsas salvando a veintinueve hombres, algunos en estado lamentable por las heridas y quemaduras que presentaban. Al llegar a cubierta, los cubrían con mantas y pasaban a la enfermería.

Entre los náufragos recogidos por el trasatlántico francés Koutubia, que se presentó humanitariamente al salvamento deteniéndose en las proximidades del Almirante Ferrándiz, figuraban el Comandante, alférez de navío D. José Luis Barbastro Jiménez (11) --al que se pudo distinguir desde el Canarias en el castillo del destructor-- el jefe de Máquinas, capitán D. José Pérez Asensio (12), y hasta un total de veinticinco hombres que fueron desembarcados en Marsella (13) desde donde se reintegraron a zona roja, renunciando a hacerlo a zona nacional.

A 09:20, recogidos los veintinueve náufragos, el Canarias izó el bote y comenzó a abandonar la zona debido al avistamiento del periscopio de un submarino desde uno de los puestos de observación. El Cervera, por otra parte, a 08:00, también había señalado la presencia de un otro submarino en superficie que hizo inmersión inmediatamente.

El hundimiento del Almirante Ferrándiz era cuestión de minutos. Apenas el Canarias comenzó a alejarse, el Almirante Ferrándiz se envolvió en una espesa nube blanca (14) y al despegar ésta del agua, el destructor había desaparecido.

La posición exacta del hundimiento era 18 millas al Sur de la punta de Calaburras (cerca de Estepona, Málaga) en pleno Mar de Alborán. 

Como consecuencia del breve y espectacular combate en el que, en menos de una hora, resultó hundido el Almirante Ferrándiz tras haber sido alcanzado por primera vez a 20.000 metros, la fama del tiro del Canarias se extendió por todas partes especialmente entre la Flota roja como enseguida comentaremos. Algunos llegaron a decir que llevaba técnicos extranjeros a bordo. Por razones de índole moral y para sembrar el confusionismo en el bando enemigo no se les sacó de su error.

Varios oficiales de Marina ingleses, que habían presenciado desde el Peñón de Gibraltar el encuentro, se mostraron entusiasmados con el tiro del Canarias y sobre todo por haber alcanzado el blanco a la segunda salva a una distancia de 20.000 yardas (15).

Estos oficiales de la Marina británica testigos de la acción descrita así como, en general, los críticos navales que enjuician combates de este género lo hacen partiendo de buques normalmente armados y equipados. En este caso, el éxito del tiro del Canarias quedó, ante la historia naval, justamente sobredimensionado si se tiene en cuenta el hecho de haber empleado solamente treinta días en el armamento del crucero y en alistar a los mil doscientos hombres de su dotación.

La repercusión internacional del hundimiento del Almirante Ferrándiz por el Canarias también se reflejó en Cartagena donde los oficiales soviéticos recién llegados a España pidieron con todo interés los Métodos de Tiro de nuestra Marina que enviaron a toda velocidad a Rusia por considerados un verdadero hallazgo (16).

Un breve análisis del bautismo de fuego del buque insignia de la Flota nacional llevó al capitán de corbeta D. Daniel Novás a formular las conclusiones que figuran a continuación. 

Si bien la desigualdad de las fuerzas en presencia (dos destructores contra dos cruceros) no debía conducir a otros resultados que los obtenidos, la ejecución táctica fue perfecta (recalada simultánea de los dos cruceros a cada una de las zonas de vigilancia de los destructores). Efecto de sorpresa total.

Desde el punto de vista cinemática, el Canarias actuó únicamente a dos rumbos facilitando, de esta forma, el funcionamiento de la artillería y elementos de cálculo que no se vieron perturbados por grandes variaciones de la demora y de las leyes de aproximación.

El Canarias en armamento y en dique. Tiene instalada la primera bateria de proa de construccion inglesa (web)
El Canarias en dique cuando le estaban montando las torres de 203 mm
(se observa la primera de ellas)

El hecho de haber alcanzado el blanco a la segunda salva demuestra la eficacia de los telemetristas y las magníficas cualidades del Director de Tiro. Este no podía practicar la observación estereoscópica por carecer de un anteojo de la plástica adecuada para tales distancias, viéndose obligado a apreciar el sentido de los piques proyectados sobre una faja del casco del destructor enemigo del espesor de un cabello. En tan difíciles condiciones siempre fue perfecta la observación de todas las salvas (17).

La conservación del centrado fue una prueba del funcionamiento de la improvisada estación del crucero y de su manejo, sin errores por parte del numeroso personal, también improvisado, que la servía. Mas si consideramos que el enemigo navegaba a la máxima velocidad y efectuaba continuos cambios de rumbo -que por la histérisis de la estación debía producir inevitables descentrados del tiro- forzoso es llegar a la conclusión de que éste fue dirigido con el mayor arte y la mejor técnica.

Si tenemos en cuenta que el Ferrándiz fue alcanzado repetidas veces y de una salva de cuatro piezas recibió dos impactos, hallaremos la prueba de que el tiro presentaba en alcance una dispersión muy pequeña. Lo expuesto obliga a rendir justo tributo a los oficiales que ajustaron la estación y a los apuntadores que, durante todo el fuego mantuvieron en coincidencia exacta las agujas de sus receptores (18). El Canarias disparó 20 salvas (80 disparos); 6 alcanzaron el blanco. 

Al margen de los comentarios expuestos debidos al capitán de corbeta Novás, parece oportuno destacar los artífices del éxito del primer combate artillero del Canarias precursores de otros importantes a lo largo de la campaña. Sobresale, en primer lugar, el Director de Tiro, capitán de corbeta D. Faustino Ruiz, cuya enorme tranquilidad y festivo sentido del humor corrían pareja con la especial intuición de que estaba dotado para dirigir el tiro (19).

Lógicamente, el capitán de corbeta Novás no menciona la ingente labor por él desarrollada al frente de un equipo de oficiales y auxiliares entusiastas para adaptar una dirección de tiro de costa con objeto de ser utilizada como dirección de tiro principal a bordo. Después, durante toda la guerra, los oficiales especialistas en tiro naval del crucero Canarias, entre los que siempre destacaba el teniente de navío Novás como Director de Tiro del buque, estuvieron en todo momento pendientes de mantener ajustada y alineada la dirección de tiro a costa de un esfuerzo permanente y de privarse de horas de descanso en puerto o en el fondeadero (20).

Si había que embarcar proyectiles, pólvoras, desembarcar casquillos, etc., todos los oficiales de artillería con sus dotaciones correspondientes tomaban parte en la operación. Era muy importante clasificar los saquetes de pólvora de acuerdo con su lote para evitar confusiones en los momentos críticos.

Estas faenas exigían su tiempo y, en ocasiones, se perdía la oportunidad de saltar a tierra y olvidarse por unas horas de la guerra. Si a esto unimos la necesidad de tener cubierta, en puerto, parte de la artillería para rechazar los ataques aéreos, fácilmente se comprende que las dotaciones de los cruceros disfrutaban de poco tiempo de descanso.

Refiere el alférez de navío Manera (21) -de sus conversaciones con los cabos especialistas de la Flota al regreso de ésta a Cartagena después de su incursión en el Cantábrico- cómo el hundimiento del Almirante Ferrándiz, acaecido cuando aquella se hallaba todavía en Bilbao, cayó en las dotaciones como un rayo. Los cabos tenían hasta entonces moral de victoria. Creían que, por haber asesinado a sus oficiales, habían, poco menos, ganado la guerra y se sentían capaces de todo. La mayoría de los cabos especialistas en Artillería habían pasado por la Escuela de Tiro de Marín donde era profesor el teniente de navío Novás  -“Don Daniel” como le llamaban- a quien admiraban y esti­maban mucho pues no solo fue el maestro que les enseñó sino que los protegía como si fuesen sus hijos. Al ocurrir el hundimiento del Almirante Ferrándiz «desde tan lejos», los cabos pensaron que había sido obra suya y era imposible luchar contra él y contra los oficiales, sus discípulos. Por primera vez se dieron cuenta de lo falso de su situación. En consecuencia, su moral de victoria se vino abajo de golpe estrepitosamente. También advirtieron que la Flota nacional estaba bien mandada y dirigida pues había aprovechado la subida de la Flota roja al Cantábrico para caer fulminantemente sobre el Estrecho haciéndose con el dominio de sus aguas. Por el contrario, ellos, en el Norte, no habían hecho más que desprestigiarse y adquirir el complejo de estar mal mandados.

Por Herodoto del libro "La guerra silenciosa y silenciada"  de Fernando y Salvador Moreno de Alborán  y de Reyna