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LOS
LOGROS DEL FRANQUISMO
(Nuestro
agradecimiento a la Fundación Nacial Francisco Franco)

ESPAÑA
APOSTÓ POR LA INDUSTRIALIZACIÓN
En
1939 se legisló la protección, fomento, ordenación y defensa de la
industria española.
El INI fue el fabuloso impulsor del progreso industrial.
En 1973 sus 210 empresas empleaban a 214.000 personas.
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La decisión de industrializar España fue, sin duda, una de las
más trascendentales del régimen de Franco. En el año 1939 dos leyes
importantísimas, la Ley de Protección y Fomento de la Industria Nacional y
la de Ordenación y Defensa de la Industria Nacional, fueron instrumento
legislativo para el fomento y desarrollo industrial, con el objetivo de
conseguir un elevado grado de autarquía económica, tanto más necesario
cuanto que a nuestra falta de divisas se unían el descenso del nivel de
nuestras exportaciones, el desarrollo de la II Guerra Mundial y el cerco y el
aislamiento de España.
El legendario INI
Para asegurar la consecución de los objetivos propuestos se recurrió a
la intervención directa del Estado a través del Instituto Nacional de
Industria (INI), creado en 1941 para sustituir la escasa iniciativa privada,
por la importancia de las inversiones necesarias o por el escaso margen de
beneficios obtenibles.
La atención del INI se fijó preferentemente en la gran industria y en
múltiples órdenes: minería, siderurgia, metalurgia, energía eléctrica,
fertilizantes, carburantes, fibras textiles, industria química, construcción
naval, vehículos industriales y de turismo, maquinaria y material
ferroviario, material electrónico y de precisión, etc., lo que supone un
colosal impulso multiplicador a través de las industrias básicas, originando
una auténtica revolución de la vida económica del país.
Tres períodos pueden identificarse en el desarrollo industrial del INI.
El primero, de 1941 a 1963, fue la etapa de reconstrucción e industrialización
básica del país. En el segundo período, de 1963 a 1970, el INI consolidó
las numerosas empresas de la etapa anterior y abordó el campo de las
industrias de tecnología avanzada y planteó una serie de concentraciones
industriales. En el período tercero, a partir de 1970, el INI ha conseguido
penetrar en los mercados internacionales con exportaciones de mercancías
tales como barcos, automóviles, acero y maquinaria.
En el año 1973 participaba el INI directamente en 59 sociedades y tenía
participaciones accionarias en otras 151 empresas, resultando en conjunto un
grupo de 210 empresas. En el grupo de empresas del INI se encontraban
empleadas 214.000 personas, lo que representaba un 4% del empleo industrial de
España.
En el año 1972, las empresas del IN! aportaban a la economía nacional
el 60% de la producción de hulla; el 65% de la producción de arrabio; el 46%
de acero bruto; el 57% de la producción de aluminio. En construcción naval,
el 82% del tonelaje total de buques botados por los astilleros españoles; en
vehículos industriales, el 33% y el 56% en la producción de automóviles de
turismo; en petróleo y petroquímicas, el 32% en la producción de petróleo
refinado; el 16% en la flota pesquera (TPM);
en electricidad, el 24% de la energía eléctrica y el 26% de potencia
instalada.
Las exportaciones de las empresas del INI ascendieron, en el año 1962,
a 45.105 millones de pesetas, con un crecimiento del 31 % respecto al año
anterior, exportando un 12% del total de mercancías nacionales. Las ventas
por persona empleada llegaron a ser de 1.212.000 pesetas. (FUENTE: Memoria
del INI año 1973 y del folleto El INI en cifras, del mismo año.)
Crecimiento industrial
De los tres sectores de la economía, la industria es la que ha recibido
el mayor impulso desde el año 1959 y es el indicador básico del cambio
estructural logrado en nuestro sistema productivo, que en diez años
experimentó el alza más espectacular, pues se multiplicó por tres, y muy
superior al de otros países europeos, cuyo incremento quedó muy por detrás.
El ritmo de crecimiento del PNB (Producto Nacional Bruto) en términos
reales fue, en el período 19591960/1970-1971, en USA del 4,1, en Alemania
del 4,9, en Italia del 5,5 y en España del 7,3, que llegó al 7,9 en 1973 y
descendió al 0,5 en 1974, incrementos atribuibles sobre todo a los progresos
en la industrialización. La expansión fue especialmente notable en lo que a
la producción de bienes de consumo se refiere. El} 1960, España produjo unos
40.000 automóviles; en 1973,750.000, es decir, un aumento de casi veinte
veceso En los últimos seis años la producción de televisores se multiplicó
por cinco y la de teléfonos por cuatro. La producción de materiales básicos
creció también con rapidez: la del acero es ligeramente inferior a la de
Canadá y el doble que la de Holanda y Suecia, la de cemento es mayor que la
de Gran Bretaña e inferior, sólo en una tercera parte, a la de Francia e
Italia.
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Incrementos en la producción industrial
En comparación con otros países europeos la productividad de España,
en el sector industrial, se sitúa entre los que más rápidamente están
mejorando. Desde 1963, la productividad española, hasta el año 1971, se ha
duplicado prácticamente y ha pasado de 100, base de 1963, a 194 en tanto
esta base de productividad por persona empleada, con la misma base de 1963 =
100, ha llegado a 150 en el año 1971 en Alemania Occidental, a 153 en
Italia, a 165 en Suecia y a 134 en el Reino Unido. (FUENTE: Informe del Hudson
Institute Europe, El resurgir económico de España, Publicaciones del
Instituto de Estudios de Planificación, Madrid, 1975.)
Al comenzar la década 1960-1970, se supera el consumo de 2 millones de
toneladas de acero y al finalizar esta década el consumo es superior a los 8
millones, considerándose muy probable que ,en 1980 se produzcan más de 12
millones y se consuman más de 18 millones según las previsiones del III Plan
de Desarrollo.
El ritmo de crecimiento en la producción de cemento es extraordinario,
pues en 1960 se producían 5 millones de toneladas que se duplican en 1965, se
triplican tres años más tarde y se cuadriplican en 1972.
El dato estadístico más expresivo de los progresos de la industrialización en nuestro país, eran los aumentos del consumo de energía eléctrica por habitante, que se mantiene con muy escasas alteraciones en los primeros cuarenta años de este siglo y en tanto en el año 1940 el consumo de energía en unidades TEC por habitante, fue de 0,46; en 1970 fue de 1,930. Solamente del año 1960 a 1970 el consumo de energía eléctrica (kw/hab/año) pasó de 612 a 1.515, lo que equivale a un incremento de 903 = 147,6%.
En la última década es muy manifiesta la tendencia excepcionalmente expansiva
de la construcción naval y de la de automóviles. En construcción de barcos,
según datos del Lloyd's Registrer of Shipping, nuestro índice de crecimiento
es el mayor del mundo, pues mientras la tasa mundial se situó en 1,95, la
española llegaba al 4,34, encontrándose en segunda posición Japón, próximo
al 4.
En 1970, el tonelaje de nuestra flota pesquera está próximo a 700.000 TRB (Toneladas Registro Bruto) y era la tercera del mundo en buques pesqueros mayores de 100 TRB, con la particularidad de que España ocupaba el segundo puesto en el continente europeo respecto al valor de las capturas en razón de las especies selectas capturadas.
Las entregas de buques con destino a la exportación son superiores a
las destinadas a los armadores nacionales. En 1972, el número de buques exportados
fue de 51, con 465.514 TRB Y un valor de 195 millones y medio de dólares; en
1973,56 buques con 750.753 TRB y 250 millones de dólares, y en 1974,46 buques
con un tonelaje de cerca de 900.000 toneladas y un valor de 325 millones de dólares.
En cuanto a la producción de buques corresponde el primer lugar a Japón y el
cuarto lugar a España, seguida del Reino Unido, Dinamarca, Francia, Noruega,
Italia, etc. La flota nacional petrolera ocupa el puesto 12 entre las
principales del mundo y las entregas previstas por los astilleros españoles,
para 1975, ascienden a 258 buques con 1.714.510 TRB, lo que representa un
aumento del 12% respecto al año 1974, de los que corresponden, para los
armadores extranjeros, 41 buques con cerca de un millón de TRB. En conjunto,
la exportación española y la técnica de la construcción naval navega
bajo el pabellón de 50 países. (Información de J. M. Martín, suplemento
especial de Arriba, dedicado al Comercio Exterior de España.)
Otros productos industriales que se exportan en cantidad creciente son
los automóviles, a medio centenar de países a los que se han exportado en
los últimos seis años, no menos de 700.000 vehículos, que fueron
primeramente los Seat 600 y después vehículos de mayor valor. La cifra que
se esperaba alcanzar en el año 1975 era de 150.000 automóviles, equivalente
a la producción conjunta de todas las fábricas nacionales hace diez años.
(Información de Luis Martínez Florián, publicado en el especial Arriba, dedicado
al Comercio Exterior de España.)
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Sector químico
El ritmo de crecimiento del sector químico, en conjunto, es superior al
de todos los demás sectores industriales y mayor aún el de la industria de
los plásticos. Desde la fundación de los dos complejos petroquímicos más
importantes, Puertollano y Tarragona, el crecimiento de la producción
petroquímica ha sido constante y el índice de crecimiento de este sector,
respecto a 1963 hasta 1973, es del 220.
La creación de los Polos de Desarrollo en Burgos, Huelva, La Coruña,
Sevilla, Valladolid, Vigo, Zaragoza, Granada, Oviedo, Córdoba, Logroño y
Villagarcía de Arosa, permitieron la creación de numerosos nuevos puestos de
trabajo y facilitaron la descentralización de una excesiva concentración
industrial en Madrid, Barcelona y Bilbao.
En los proyectos de Polos de Desarrollo realizados se crearon un total
de 72.700 puestos de trabajo y de 7.678 en los proyectos que estaban en fase
de realización. El mayor número de puestos de trabajo creados correspondió
a Valladolid, 19.729; Burgos, 11.193, y Vigo, 11.374.
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REGULARIZAR el cauce de nuestros ríos, evitar la devastación de sus crecidas, embalsar sus aguas para incrementar los regadíos y utilizar los aprovechamientos hidroeléctricos, fueron objetivos, larga y discontinuamente perseguido desde finales del pasado siglo. Pero como en tantos otros aspectos de la vida nacional, este ambicioso proyecto no ha tenido grandes realizaciones hasta la etapa de Franco.
El Ministro de Obras Públicas, don Gonzalo Fernández de la Mora, en la Memoria del Ministerio del año 1971, sintetizó en las palabras que reproducimos a continuación gran parte de las realizaciones de la política hidráulica:
«España ocupa el tercer
lugar del mundo por el número de sus grandes presas, que hoy se elevan a 520,
con una capacidad de embalse de 37.000 millones de metros cúbicos y que
duplican la capacidad disponible en 1950, es decir, España en veinticinco años
ha regulado más agua que en los tres mil años de su historia anterior. Las
riberas interiores creadas por estos lagos artificiales son el doble de sus
dilatadas costas marítimas. Entre estas presas figuran la de Alcántara, que
crea el embalse mayor de Europa occidental, y la del Atazar, en Madrid, que es
la mayor de Europa para abastecimientos urbanos. En 1945 se regaban
1.400.000 hectáreas. Hoy se riegan 2.400.000, es decir, casi se ha duplicado
la cifra.
También destacaré que el
viaducto del Esla, en el ferrocarril Zamora-La Coruña, batió el récord
europeo hasta el año 1950, que el puente levadizo de la bahía de Cádiz es
el mayor de Europa en su género; que el mayor trasvase de ríos efectuado en
el Continente es el del Tajo-Segura, con 280 km de longitud; Sierra de Hellín,
de 34 km de largo, y que en el Puerto de Tenerife se ha construido el
dique de mayor calado emplazado en sondas de 65 metros.»
La vieja preocupación de la Dirección General de Obras Hidráulicas de conseguir establecer el equilibrio de nuestros recursos hidráulicos en toda la geografía española, pretende, en una primera fase, una regulación indispensable de nuestros ríos, y en una segunda fase, dotar a las regiones escasas de agua de la sobrante en otras regiones más favorecidas.
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Por ello, se ha iniciado una política de trasvase de las cuencas con más recursos, a las de peor climatología. Esto ha dado lugar a los trasvases de la Cuenca del Tajo, a la del Segura y de las Cuencas del Ebro y Júcar a la del río Turia, estudiándose los de Ebro Pirineo y el reversible Ebro Besaya.
La capacidad de nuestros embalses ha pasado de 3.924 millones de metros cúbicos en 1940, a 39.333 en el año 1973, es decir, un aumento global del 902,3%, produciéndose el mayor incremento en el quinquenio 1955-1960. El incremento en algunas cuencas, en este período 1940-1973, ha sido colosal: 8.438% en la cuenca del Pirineo, 7.682% en la del Guadiana, 5.641 % en la del Júcar, 3.332% en la del Norte y 3.289% en la del Tajo.
El incremento de la potencia hidroeléctrica instalada en España en las distintas cuencas (en Kw) ha ascendido desde 1.205.480 a 11.136.000.
El índice de producción de
energía hidroeléctrica en España ascendió de 100 en 1948 a 652,9 en 1970,
y el consumo por habitante y año, de 612 Kw en 1960 a 1.515 en 1970.
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Los regeneracionistas, especialmente Joaquín Costa y Macías Picavea, abogaron por la eficacia de una política hidráulica y el entusiasmo de ambos y de sus seguidores tuvo un primer reflejo oficial en el «Plan de Obras Hidráulicas de 1902» del ingeniero don Rafael Gasset y colaboradores. Durante la Dictadura del General Primo de Rivera se intentó realizar una verdadera política hidráulica y se crearon las Confederaciones Hidrográficas que tuvieron notable eficacia y no pocas alternativas.
Durante la segunda república se aprobó la Ley de Obras de Puesta en Riego, en abril de 1932, y en 1933, se planteó el problema de la puesta en riego, a escala nacional, con el proyecto del Plan de Obras Hidráulicas de 1933, del ingeniero don Manuel Lorenzo Pardo.
En abril de 1949 se aprobó la Ley sobre colonización y distribución de la propiedad de las zonas regables, que daba clara preferencia a los pequeños lotes familiares de 3 a 7 hectáreas. En el Censo Agrario de España de 1962, de un total de 1.553.890 explotaciones regadas, 542.078 = 42,6% tenían una superficie regada conjunta de 220.833 hectáreas, con una media de 0,4 hectáreas por explotación y 619.781 explotaciones, equivalentes al 48,9% del total con una superficie media de 1,2 hectáreas por explotación.
Hasta el año 1939 había en España un total de 1.413.501 hectáreas regadas y en el año 1971 se cifraban las hectáreas regadas en 2.4000.000, lo que supone un aumento del 41,1 %. El Ministerio de Agricultura se fijó para 1980 incrementar en 500.000 las nuevas hectáreas de regadío, calculando que del 35 al 50% de las nuevas sierras regadas serán expropiadas para ser distribuidas entre los colonos.
La transformación en regadío tiene enorme importancia, ya que en las sierras regadas aumenta en cuatro o cinco veces la necesidad de la mano de obra y la rotación de los cultivos evita el secular paro estacional de los obreros agrícolas, multiplicándose extraordinariamente el rendimiento de las tierras irrigadas.
En las zonas muy regadas, que son aproximadamente el 12% de la superficie regada de España, se producen más del 50% de la producción final agrícola, siendo estas zonas de riego, asimismo, la base fundamental de la exportación agrícola española, sobre todo las situadas en el litoral Mediterráneo que obtienen, por sus características térmicas, producciones de frutas y hortalizas tempranas. (R. TAMAMES, Introducción a la economía española, Alianza Editorial, 1972.)
Enjulio de 1971 se promulgó
la Ley de Comarcas y Fincas Mejorables y se concentra el Instituto Nacional de
Colonización y el Servicio de Concentración Parcelaria en el Instituto de
Reforma y Desarrollo Agrarios (IRYDA).
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EL nivel de empleo y la continuidad o ascenso en la categoría profesional, el progresivo disfrute de los bienes de consumo, el estar a cubierto de los riesgos del infortunio, el incremento de las posibilidades de promoción social pare el trabajador y para sus hijos, la de conseguir ingresos adicionales para anticipar el disfrute de una mejor calidad de vida, la satisfacción en el trabajo, el aumento de la capacidad de ahorro mediante el necesario equilibrio entre precios y salarios, son, sin duda, los condicionantes principales, juntamente con un mayor tiempo de ocio, de la mejora de los niveles vida y de la «calidad» de la misma.
Mantener altos niveles de empleo fue un objetivo tenazmente perseguido por el Régimen de Franco durante más de treinta y cinco años. Durante este largo período el nivel de parados en España ha sido muy inferior al de la mayoría de los países europeos y americanos, manteniéndose en tomo all % y alcanzando pocas veces el 2% hasta el año 1975, a pesar del enorme volumen de obreros agrícolas que abandonaron el campo, con la consiguiente demanda de trabajo en otros sectores de la producción.
En los años 1940 y 1941 la
cifra de parados era superior a los 450.000; descendió a 145.000 en el año
1945. Es oportuno recordar que en el año 1935 la cifra de parados superó los
670.000, con una población activa inferior en medio millón de trabajadores
respecto a la que había en el año 1945. En el período 1955-1964, la media
anual de parados fue de 112.695, según los Anuarios Estadísticos de España.
El paro estimado en el período 1966-1974, según la estadística del Ministerio
de Trabajo, tuvo una media de 199.500, lo que corresponde a 1,6% de la población
activa media de este período, siendo los sectores más afectados,
generalmente, el agrícola y el de la construcción. En el período 1963-1972
la proporción de parados en las industrias fabriles superó a la del período
1955-1964.
La emigración
La emigración exterior redujo, sin duda, el número de parados en la
cuantía de la diferencia entre las salidas y los retornos, es decir, el saldo
emigratorio, que en el período 1960-1970 fue de 62.462 y de no producirse
esta emigración, sobre todo continental, hubiera aumentado el número de
parados en mayor cuantía en la agricultura y en la pesca, en los artesanos,
trabajadores industriales y peones, que fueron las fracciones más cuantiosas
de la emigración.
La estabilidad en el empleo fue muy favorecida por las trabas que las
relaciones laborales establecían para impedir el despido libre, no muy
justificado. La evolución de los asuntos resueltos por las Magistraturas de
Trabajo es bien expresiva respecto a la cuantía y proporción de los asuntos
resueltos sobre despidos, cuya proporción fue del 54,1 % en 1940 y del 23,7%
en 1972, con un total en este año de 32.678, lo que viene a representar un
0,3% en el conjunto de los asalariados, que son aproximadamente el 70% del
total de la población activa.
Aumento de los ingresos familiares
Los ingresos por familia se han incrementado notablemente por el aumento
de la población activa femenina, que en el período 1940 a 1970 se ha duplicado
prácticamente (107,7%).
Las sucesivas mejoras del salario mínimo desde el año 1960, han
aumentado los ingresos de una mano de obra escasamente cualificada. En el período
1960 a 1976 el incremento de este salario mínimo ha sido de un 466% y los aumentos
más importantes se produjeron, respecto al salario mínimo anterior, en el año
1963,6 %; en el año 1974,20,9; en el año 1975,24,4%, Y en el año 1976,
21,4%.
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Los Convenios Colectivos
La Ley de abril de 1958 consagró la existencia de los Convenios
Colectivos de Trabajo. El número de Convenios Colectivos en 1960 fue de 168,
beneficiándose de ellos 322.871 trabajadores, y, diez años más tarde, en
1970, el total de convenios fue de 2.693, que beneficiaron a 5.751.151
trabajadores.
El volumen del Instituto Nacional de Estadística Panorámica social
de España 1974, poco divulgado, tiene un extraordinario valor informativo
y de él recogemos muchos datos y obtenemos la elaboración estadística de
otros. Según esta publicación, entre 1963 y 1973, el incremento de salarios
medios en el sector primario, globalmente, fue del 84,5%, correspondiendo al
sector agrícola el 73,1 % Y al sector pesquero el 189,6%. En el conjunto del
sector secundario la elevación en este período de los salarios medios fue
del 69,4%, afectando los mayores incrementos a los trabajadores de las
industrias extractivas a la industria de la construcción y obras públicas y
a las industrias metálicas.
En el sector terciario, la elevación conjunta en este período fue del
69,9%.
En cuanto a los salarios medios por categorías profesionales y hora
efectiva de trabajo, en pesetas constantes de 1968, excluida la ayuda
familiar, el incremento conjunto en el período 1963-1973, fue del 93,8%,
correspondiendo las mayores elevaciones a los peones y aprendices, 91,2% y las
menores a los técnicos titulados, 43,6%.
Conocidas son las bajas remuneraciones en general de los funcionarios
hasta la Ley de 1966 que fijó los coeficientes correspondientes.
En base a las encuestas de presupuestos familiares en 1964 y 1973-1974,
realizadas por el INE, el crecimiento experimentado por la economía española
en esta década se refleja en el número de hogares que, en 1973, eliminando
la influencia de la elevación de los precios, obtuvieron ingresos iguales o
superiores alas de 1964. En este año, más de la mitad de las familias españolas
declararon ingresos inferiores a 60.000 pesetas al año, en tanto que en 1973,
los que percibían estos ingresos sólo eran una cuarta parte. Los hogares con
ingresos intermedios tenían una proporción del 44% al comienzo de este período,
proporción que se elevó al 68% en 1973.
EL
GRAN CAMBIO SOCIAL DE ESPAÑA
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La figura de Francisco Franco y el régimen de 18 de julio no se podrán analizar adecuadamente hasta que no transcurra más tiempo, mucho más tiempo; hasta que no se decanten los prejuicios de nuestra época; hasta que no se reinstale un anhelo de verdad, hoy completamente ausente y sacrificado al discurso político de los ingenieros sociales; hasta que los beneficiarios de una supuesta -las más de las veces- oposición a tal régimen no dejen de justificarse, a sí mismos y a sus sinecuras, precisamente en virtud de tales méritos. Sólo entonces, cuando el tiempo nos aleje de los intereses más inmediatos, podremos echar un vistazo colectivo hacia aquella época con los ojos claros.
Y cuando tales cosas acontezcan, ¿qué encontraremos?, ¿cuál será la valoración histórica de la figura de quien fuera Caudillo de España?, ¿cómo se percibirá el conjunto de su obra? En definitiva, ¿qué legado nos dejó a los españoles?
Prescindiendo del hecho de que no podemos presumir el rumbo que tomará la Historia -y haciendo, por tanto, una valoración de los hechos como si la justicia tuviera, en efecto, la última palabra-, la época de Franco habrá de verse como un tiempo en el que sucedieron dos cosas, fundamentalmente: se rectificó, de una parte, el camino de un cierto pesimismo histórico español imputable, al menos, a los anteriores ciento cincuenta años de nuestra historia; y de otro lado, se emprendió el camino de una transformación del propio país como jamás ha visto, y difícilmente verá, nuestra historia colectiva.
A partir de fundamentales cambios sociales, económicos y políticos, la sociedad española mutó, «cambió de piel». No se trata sólo de que se produjeran fenómenos de nuevo cuño, cuya simple acumulación produjo resultados no previstos, o indeseados, o bien, simplemente, acordes a los tiempos. Es mucho más que eso.
Cuando alborea la victoria de
1939, la España que hereda el régimen recién constituido es pobre en grado
extremo. Muchos son los factores que explican esta situación, tantos que su
simple enunciación nos llevaría demasiado espacio. Con todo, hay un elemento
de primer orden que los intelectuales afectos al régimen (al actual, desde
luego, los «intelectuales» siempre apoyan al régimen en curso) ignoran sistemáticamente,
volteando la realidad falazmente, como es el que se desprende de la
incuestionable realidad que hubo de afrontarse al heredar una situación caótica,
desquiciada y lamentable en extremo en las regiones conquistadas por el Ejército
Nacional. De la asunción de esas zonas sometidas al más extremo desorden y a
una ineficacia rayana en lo criminal, cuando no simplemente a la barbarie, se
derivaron buena parte de las más penosas adversidades que hubieron de
afrontarse colectivamente en la posguerra. De hecho, en la zona nacional no se
supo lo que era el hambre durante la mayor parte de la guerra, mientras la zona
roja comía lentejas o no comía nada (y no pocas veces, las dos cosas a un
tiempo, por cuanto las «lentejas de Negrín» parecían tener la particularidad
de semejar tales legumbres y de no serlo). La situación en la posguerra le debe
no poco a la herencia recibida de los derrotados.
EL FRANQUISMO HIZO A ESPAÑA
UN PAÍS INSERTO EN LA MODERNIDAD
Lo que en realidad llevó a cabo el franquismo fue la transformación de una España cuasi neolítica en un país plenamente inserto en la modernidad, asimilado a su entorno geográfico-cultural (con todos los matices que se quieran); desapareció la España rural como segmento predominante en la sociedad española, se erradicó de facto el analfabetismo, se propició un éxodo hacia las ciudades que impulsó la industrialización, se disparó la renta per cápita, el consumo de carne, el nivel general de vida y se generó una ilusión por la existencia en gran parte ausente con anterioridad; las grandes injusticias sociales fueron eficazmente combatidas, el crecimiento económico alcanzó el tercer puesto en el mundo (con cifras que se acercaban al 9% anual para los años centrales de los sesenta), se convirtió al país en la novena potencia industrial del mundo, se desarrollaron planes para suplir las graves carencias impuestas por la meteorología, las condiciones sanitarias dieron un vuelco espectacular (la mortalidad general se redujo a la mitad) mediante una impresionante red de ambulatorios que se extendió por todo el territorio nacional, se procuró trabajo -de forma activa, desde las instituciones gubernamentales- a la inmensa mayoría de la población española.
Todo ello, en el marco de una
paz social, no sólo concebida como «orden público», y de una creciente
sensación de bienestar, cimentada en los seguros sociales y en el crecimiento
económico, completamente ausentes, por su amplitud, hasta la fecha. La
consecuencia más elocuente de todo ello -una suerte de mixtura entre las
ventajas objetivas obtenidas por la población, la sensación de bienestar y
confianza y esa ilusión por la existencia que se generó en aquellos años- fue
el casi increíble aumento de la esperanza de vida, que pasó de los 50 años en
1940 a los 73 en 1975. Más elevado que el de los Estados Unidos. La mortalidad
infantil alcanzó, en 1975, unas cifras más bajas que las de Alemania
Occidental, quedando en menos de una décima parte de las que el régimen
encontró en 1940.
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DATOS TAN SIGNIFICATIVOS COMO
DEMOLEDORES
Los datos pueden resultar tediosos, pero son significativos y demoledores. Veamos algunos: sólo en cuanto a embalses, durante el franquismo se realizaron 515 nuevas instalaciones, cuando en toda la historia de España se habían efectuado menos de 200 construcciones. España se convirtió en el tercer país del mundo en este terreno, sumando un perímetro de 8.000 kilómetros de costas interiores (el total en kilómetros de las costas marítimas españolas es de menos de 4.000). La población rural pasó de constituir la mitad de la población española en 1940 a suponer apenas la quinta parte en 1975, mientras el sector servicios casi se duplicaba, hasta alcanzar el 40% del total de la actividad económica nacional. La magnitud de las cifras en cuanto al aumento de la renta per cápita deja sin aliento: de los 131 dólares de 1940 a los 2.088 en 1975. La participación de las rentas del trabajo en el total nacional asciende al 60,5%. El analfabetismo decae del casi 30% de 1940 al 7% en 1975, mientras roza el 18% el número de estudiantes sobre el total de la población (los universitarios pasan del 1,5 al 7%).
Un dato especialmente
significativo es el de la población reclusa: mientras que en vísperas de la
Guerra Civil, la cifra de presos era de 32.000, en 1975 se situaba en apenas
15.000 (pese al significativo aumento de población acontecido durante el
franquismo). Para el año 2008, el número de reclusos supera los 100.000 (que,
si bien hay que relativizar igualmente por el aumento de población, no podemos
dejar de reseñar que la laxitud de las leyes incide en sentido contrario, lo
que proporciona una panorámica bastante gráfica del diferente nivel moral de
la población española en uno y otro tiempo).
UNA LABOR SOCIAL INGENTE
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En el terreno de las
realizaciones sociales la labor fue, sencillamente, ingente. La mayor parte de
las instituciones hoy presentes en la vida pública española proceden de
aquella época: desde Radio Nacional hasta la ONCE, pasando por la Orquesta
Nacional, el Instituto de España, la Agencia Efe, la Escuela Superior del Ejército,
la RENFE, el INI, la Magistratura del Trabajo o el CSIC. Pero, entre todas
ellas, por su especial significación hay que destacar la tarea realizada desde
el Ministerio de la Vivienda y la creación de la Seguridad Social. Detengámonos
un momento en la Seguridad Social.
La situación que hereda en este terreno el régimen nacido del 18 de julio es bien triste. La población trabajadora en España había sido burlada en numerosas ocasiones por sus apóstoles de la izquierda. Hay razones de peso para considerar que una situación tal convenía a sus propósitos subversivos; a mayor injusticia, mayores probabilidades de contar con su apoyo para desencadenar la revolución social. Algo de esto venían practicando los anarquistas españoles -que aglutinaban a la mayoría de dicha población trabajadora- desde hacía décadas. En cuanto a los socialistas, siempre más cercanos a los resortes del poder, quizá sean imputables en mayor medida.
Las ventajas obtenidas antes de 1939 por las clases trabajadoras se debían, casi en exclusiva, a gobiernos de corte conservador. Pero eran medidas cicateras, en buena medida otorgadas para evitar males mayores. Con todo, algo se había hecho: el retiro obrero y la protección contra los accidentes de trabajo, desarrollados durante la presidencia de Eduardo Dato, el seguro de maternidad de tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera, y el subsidio contra el paro, de 1921, implementado durante el gobierno conservador de Sánchez Guerra. Durante la II República poco o nada se hizo al respecto. No existía protección alguna contra la invalidez ni contra la enfermedad común, la baja laboral.
En cuanto a la protección
familiar, en 1938 el Gobierno comenzó a desarrollar lo que sería su inmensa
obra en este campo: instituyendo, en primer lugar, el Régimen de Subsidios
Familiares (que sólo existía en Francia y Bélgica), aplicado sin límite de
ingresos, un verdadero seguro social. Un año después, la protección se
extendió a la viudedad, a la orfandad y a la escolaridad; para 1941, se habían
establecido los premios a la natalidad y a la nupcialidad y, al año siguiente,
los pluses familiares.
EN 1942, EL SEGURO DE
ENFERMEDAD
Para 1939 se crea el subsidio de
vejez y en 1941 se desarrolla el germen de lo que será el Seguro de
Enfermedades Profesionales de 1961. Ya en 1942 se implanta el Seguro de
Enfermedad, lo que costó grandes esfuerzos sufragados por la totalidad de los
españoles en una obra colectiva de solidaridad y justicia como pocas veces se
ha visto, y que contó con el entusiasta apoyo de sectores médicos poco
inclinados, en principio y por razón de hábitos, a secundar tales objetivos.
Los pacientes atendidos por la beneficencia pasaron a ser tratados por la red de
asistencia pública, y el sistema se generalizó hasta el punto de hacerse prácticamente
universal para 1963.
Asimismo, se aprobaron medidas
varias a fin de complementar los seguros sociales, entre ellos las de Mutualismo
Laboral, que acercaba, además, la participación de los interesados. En 1953 se
crea el Seguro Escolar y en 1961 se culminan las prestaciones del seguro de
desempleo. La importancia de la fechas es capital, por cuanto pone de manifiesto
que las reformas se abordaron tan pronto como lo permitió el estado general del
país, así como manifiesta la voluntad del Gobierno. Anecdótica, pero
significativamente, podemos añadir que fue empeño personal de Franco la instalación
de comedores en los centros de trabajo, ya que estimaba como contrario a la
dignidad de los trabajadores el que tuvieran que comer de pie junto a su puesto
de trabajo.
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LA CREACIÓN DE LA CLASE
MEDIA, EL MAYOR LOGRO DE LA ÉPOCA
La consecuencia fue que una amplia red de seguros cubrió a las capas trabajadoras españolas, protegiéndolas de la intemperie a la que estaban expuestas tradicionalmente tanto bajo gobiernos de derecha como de izquierda, pero especialmente bajo estos últimos. Las razón, es objetivas para la lucha de clases fueron disminuyendo con velocidad, y más aún tras el despegue económico de los años sesenta. Los trabajadores participaron de la generalización del bienestar en la sociedad española y, bastante rápidamente, muchos de ellos pasaron a engrosar las filas de la llamada clase media, en unos casos mediante la adquisición de status -dada la movilidad social característica de aquellos días y en otros debido al aumento en el nivel de renta.
Este es, sin duda, el mayor
logro de la época de Franco. Pues la gigantesca transformación operada en el
cuerpo de la nación, tuvo por primordial consecuencia la creación de una clase
media de características a la vez peculiares y difusas. La clase media pasó a
ser el sustrato constitutivo de la sociedad española, con lo que, además de lo
que tiene de positivo el hecho en sí mismo, desaparecían las causas objetivas
que impulsaban el enfrentamiento entre españoles. La clase media fue algo más
que un colchón entre las clases trabajadoras y las propietarias, constituyéndose
en la médula espinal de la propia sociedad española. En el proceso se
democratizó verdaderamente la sociedad española, mediante el acceso de estos
sectores, ya mayoritarios, al grueso de la riqueza nacional.
Esa democratización económica trajo otros bienes de la mano, no siendo
el menor de los cuales la superación de una herencia psicológica que dividía
el país entre explotados y explotadores, impidiendo a los primeros sentirse
partícipes de la obra común en la historia que llamamos España, por lo que la
gigantesca transformación operada vino a representar una especie de proceso
nacionalizador de la población. Algo desconocido hasta la fecha por cuanto la
verdadera revolución liberal, trenzada sobre el compromiso de la burguesía con
las fórmulas políticas y económicas del liberalismo, había estado ausente de
nuestra peripecia decimonónica, mientras en Europa cuajaban los más diversos
proyectos de este tipo bajo el denominador común, precisamente, de la
nacionalización.
EL GRAN ESFUERZO POR
EUROPEIZAR ESPAÑA
Durante el régimen de Franco hubo de crearse esa clase media sobre un suelo ciertamente precario, lo que trajo aparejado una auténtica revolución en los hábitos y mentalidad de la sociedad. Resulta llamativo que los verdaderos beneficiados de las políticas del gobierno fueran las parcialidades de la nación que habían mostrado más resistencia. Acaso parezca muy aventurado afirmar esto; sin embargo, bastaría con echar un vistazo a los niveles de renta de las provincias vascas, al desarrollo de Cataluña, al espectacular aumento del nivel de vida de la población trabajadora, a las deliberadas políticas puestas en marcha desde la dirección política que beneficiaron en grado sumo a la España industrial, a la España periférica, en detrimento relativo de la España tradicional, de la España central, de la España rural. Paradójicamente, un régimen que pretendidamente es denostado como casticista, ha resultado el que más ha hecho cualitativamente en tres siglos de historia por europeizar el país. Los posteriores proyectos en este sentido, de no haber mediado la gigantesca revolución de aquellos años, hubieran encontrado a nuestra sociedad en un grado de desarrollo seguramente comparable al de Rumania o Bulgaria.
Por contra, la España que se sublevó el18 de julio fue literalmente triturada. Y lo fue hasta tal punto que, a la muerte del Generalísimo, bastó a unos timoratos y medradores políticos con vigilar al Ejército, pilar restante de la Victoria, para perder el miedo político a las reformas; ni la sociedad, ni muchos menos la Iglesia, se identificaban ya más que, muy someramente, con los principios que habían impulsado a media sociedad -cuanto menos- a rebelarse en 1936 contra un estado de cosas insoportable. Si ello fue posible, se debió a que el propio régimen hacía tiempo que había puesto sordina a determinados aspectos de su naturaleza, en provecho de un agiornamiento modernizador y asimilador, también en lo político.
Así, el aparato mismo del franquismo decretó su autodisolución, acometiendo la generosa imprudencia de un suicidio que se ha revelado temerario con el paso del tiempo, mientras las fuerzas que se identificaban con el franquismo del 18 de julio suscitaban simpatías entre la población en proporción inversa a los resultados que cosechaban en las urnas. Franco siguió ganando batallas después de muerto, pero en las plazas y campos de España y en los corazones de los españoles; de modo que, quienes laboraban por el desmantelamiento de su obra, se guardaban de la denigración y el epíteto -hoy, de obligada cita-. Aunque, al fin y a la postre, el poder no se alcanza, ni tampoco se conserva, bajo el signo del cariño y del respeto, sino con cálculo y astucia. Los que utilizaron quienes obraban en la sombra, para plasmar una ruptura efectuada en origen mediante pequeños saltos cuantitativos que terminaron por volver irreconocible la situación de partida.
Todas estas consideraciones
deberían bastar para demostrar cuál es el legado de Franco a la Historia de
España. El de un régimen que hizo saltar al país de la carreta de bueyes al
utilitario, del caserón de adobe al chalé en la sierra, que propició que los
españoles aprendieran a leer, que les facilitó un inmenso aumento de bienestar
material; un sistema que procuró orden, trabajo, vivienda, paz social,
bienestar, seguridad y una vida más larga, próspera y digna de ser vivida.
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LA REVOLUCIÓN SOCIAL LA HIZO
EL FRANQUISMO
A modo de
resumen, si en España ha habido alguna revolución desde que Escipión holló
con la suela de su sandalia la tierra ibérica, ésa es la que tuvo lugar
durante el franquismo. Una revolución de dimensiones históricas, pues. Una revolución
que transformó España para siempre, sin posibilidad de vuelta atrás. Una
revolución que, en el aspecto material, sumergió a España en la convergencia
europea, mientras se resistía -y es materia para otro debate si tal cosa
resultaba posible o no, a la postre- a abandonar los elementos definidores de su
idiosincrasia tradicional. El salto, nada menos, desde una situación que, de no
ser anacronismo, denominaríamos tercermundista hasta la inmersión en el vértigo
de la modernidad.
Son absurdas las prestidigitaciones de quienes pretenden eliminar de nuestra historia tan gigantesca labor, alegando injusticias concretas, situaciones particulares y casuísticas no pocas veces pintorescas. Últimamente, incluso rastrean en períodos previos al franquismo para relativizar -hasta procurar su efectiva desaparición de los libros de Historia- todas aquellas ventajas materiales, inmensas, que el régimen trajo a España, retrotrayendo sus antecedentes hasta donde sea posible, o bien minimizando su materialización durante el franquismo para sugerir una patentización posterior, por supuesto bajo las condiciones democráticas postconstitucionales.
Hay quien asegura que, sin el franquismo, se hubieran producido los mismo cambios y quizá de modo más provechoso. Al margen del hecho de que tal convicción no es más que un desideratum (lo mismo podría decirse de cualquier otra circunstancia histórica), lo cierto es que se produjeron como se produjeron y no de otra forma. Propagar que el franquismo retrasó la historia es, no sólo una estupidez ucrónica, sino casi con total seguridad una falacia sin sentido.
Los hay que, retorciéndose el alma, se hallan dispuestos a reconocerle algún merito, pese a todo, al franquismo, señalando que el régimen se limitó a aprovechar una ventajosa situación internacional. Ignoran a conveniencia que las ocasiones de este tipo se han paseado, inaprehensibles, por nuestra vida colectiva con profusión. Ya lo vislumbró don Gaspar de Guzmán, y se repitió de nuevo a propósito de la revolución industrial, y antes bajo Fernando VII y otra vez bajo la II República. Y, en todas las ocasiones, en todas, la nación se adormeció en su siesta de siglos, se desperezó si acaso para bostezar de nuevo y retornó a su andrajoso onirismo de gobernantes perezosos, de endogamias enfermizas, de visionarios sectarios y de motines sangrientos, sin aliento nacional alguno.
Podría señalarse que, aún si
toda la gracia del régimen nacido un venturoso 18 de julio fuese la de atrapar
la ocasión al vuelo, no sería poco el mérito contraído, ¡pues sí que la
Historia de España no es pródiga en desaprovechar oportunidades históricas!
Por Fernando PAZ