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BREVE Y EMOCIONADA
SEMBLANZA DEL P. FERNANDO HUIDOBRO,
CAPELLÁN DE LA LEGIÓN
Durante los primer días de Abril de 1937 se encontraba
herido en Talavera, en el Hospital de Santo Domingo, Vierna, Comandante de la 4ª
Bandera de la Legión. Allí recibió la inesperada noticia de que en los durísimos
combates alrededor del Cerro del Águila, junto a Madrid, había caído muerto
el Capellán Fernando Huidobro.
El Comandante Vierna por medio del ayudante hizo llamar a
su aposento al P. Felipe Díez, Capellán Militar en Santo Domingo. No podía
disimular su emoción y sus lágrimas: “Padre, le doy el pésame. Pero con
derecho a que también Vd. me lo dé a mí, pues acaba de perder la Legión un
verdadero Padre, la Religión un santo y España un héroe”.
Fácil tarea sería la de llenar aquí páginas y aun capítulos con la simple transcripción de los elogios hechos sobre la persona del P. Huidobro. Unanimidad sorprendente dan todos cuantos le conocieron: superiores, compañeros, legionarios. Algo iremos oyendo en esta breve semblanza.
Muy ordinario es encontrar -cerrando una serie de las más
ponderativas alabanzas-, la frase excusatoria: “el concepto que yo tengo
formado del P. Huidobro es mucho mayor de lo que yo aquí acierto a
expresar..”.
Algunos parece no saben nombrarle si no es acumulando epítetos
laudatorios: “Llegué para sustituir al heroico P. Huidobro”, «al
santo P. Huidobro a quien he tenido el consuelo de consultar”, “le
incluyo un artículo del santo y dinámico P. Huidobro”; son frases
halladas en cartas de los otros Capellanes y
el Sargento de la Legión, Rafael
Gutiérrez, escribía: “Narraré cosas del P. Huidobro que lo acreditan
como un Santo. Así. Como un Santo”.
A nadie se oía hablar de él, si no era para enaltecer
su memoria. Y no es homenaje al caído en campaña. Mientras vivió, los
encomios se sucedieron.
Ya se puede suponer cuál era el juicio que de él
formaron sus legionarios, pues seguró asegura el mismo Comandante de la
Bandera: “la actuación del P. Huidobro fue ejemplar. Digno de ser
propuesto por modelo”. Mucho ponderar es. “Siempre estábamos juntos
-afirmaba en Talavera-; así que pude observarle en todas ocasiones. Siempre y
en todo momento era el perfecto religioso, el perfecto caballero y el perfecto
legionario”.
Lo que pensaban sus compañeros lo compendió desde el
Perú en una frase el P. Rector de Arequipa: “No me atrevo a decir que haya
yo visto en este mundo otro hombre que tenga cualidades más completas y
sobresalientes. El conjunto era de lo más brillante. Lo que escribo hoy, lo
tengo afirmado hace muchos años”. “Con dotes extraordinarias que
raras veces se ven reunidas en un solo sujeto”, escribió uno de sus
profesores de Teología.
Extraordinariamente laudatorios fueron siempre, -durante su vida entera
en la Compañía-, los informes que de todas partes se dieron de él a los
Superiores. Sirvan, por su especial autoridad, lo que afirmaron de él dos superiores
que reflejan la estima universal de que en vida gozó: El
P. Gutiérrez del Olmo, Asistente en Roma del Padre
General de la Compañía: “No
era poco lo que todos esperábamos de él. La idea que de él me formé,
coincide con el juicio que le merecían los demás, tanto compañeros como
Superiores, de quienes he oído siempre las mejores alabanzas. Me acuerdo en
especial de lo mucho que le ponderaba el P. Cárvajal. También el P. Brust
-su antiguo Rector en Valkenburg-, tenía gran estima de nuestro P.
Huidobro. Me asegura que era de gran capacidad, de gran actividad, de magníficas
esperanzas para el futuro, de bellísimo carácter, siempre jovial, siempre
modelo de estudiantes y excelente religioso”.
Lo mismo el P. Juan Cañete, que fue varios años su
Provincial: “Puedo
asegurar que siempre oí hablar bien de este Padre, como de hombre de muy buenas
dotes, muy buen religioso”.
Nadie crea pretendo hacer aquí panegírico. Ni es esa mi intención, ni el P. Huidobro lo necesita. El mejor pedestal se lo formarán sus propios hechos. Y la sinceridad y verdad, serán la primera norma de esta página.
Tampoco intento hacer una biografía. Mi objeto es
presentar al Capellán del Tercio. Sin renunciar como por sistema a toda
cronología, he agrupado la materia atendiendo a los diferentes aspectos de su
actuación. De esta forma se gana en relieve lo que se pueda perder en orden.
Nos fijaremos primero en él, antes de que llegue a la Legión: ideales al salir desterrado y mientras vive lejos de su patria; su vuelta a España para irse voluntario al Tercio; el alma del héroe; los básicos móviles de su heroísmo. Después, los diversos rasgos del Capellán en campaña: su acción, su valor, su trabajo sacerdotal entre los soldados, su espíritu legionario, antiguo en él, y por último, los acontecimientos cumbre de su vida heroica.
La cronología de su vida, antes de la campaña y durante
ella, no tiene complicación. Entre nueve hermanos, nació el 10 de Marzo de
1903 en Santander. A los cinco años se trasladó con toda su familia a Melilla,
de cuyo puerto era su padre ingeniero. Allí permaneció hasta 1911 en que se
vino a Madrid para estudiar el Bachillerato y primer año de Leyes en el Colegio
de la Compañía de Jesús del Paseo de Areneros. Los veranos los pasaba en el
Astillero o en Santander.
Ingresó en el noviciado
de la Compañía de Jesús en Granada en Octubre de 1919. Dos años pasó en
Aranjuez de profesor y uno en el Colegio de Chamartín, todo ello de 1927 a
1930. Luego se fue al Colegio de Oña, (Burgos), para comenzar sus estudios de
Teología. Desterrada la Compañía en 1931 al proclamarse la II República,
continuó sus estudios en Bélgica y Holanda; en esta última se ordenó
sacerdote en Agosto del 1933. Un año en Portugal y otro especializándose en
Filosofía en la Universidad de Friburgo, (Alemania), hasta que se vino de
Capellán a la Legión.
En los pocos meses de su vida en campaña: de Septiembre de 1936 hasta Abril de 1937 en que muere, se pueden señalar en su actuación cuatro fases bien marcadas: período de continuas luchas y avances en la rápida “marcha sobre Madrid” desde Talavera hasta la Casa de Campo donde fue herido en Noviembre; empezó entonces para él una relativa inacción, un mes de convalecencia en el Hospital; de mediados de Diciembre de 1936 a fin de Enero de 1937, siguió una tercera época de quietud, pero es quietud artificial pues lo era en la Ciudad Universitaria entre los continuos sobresaltos mortales de voladuras y minas; el cuarto período fue el de los grandes combates en el Jarama, de Febrero a Marzo de 1937; por último -epílogo en su drama de Capellán-, ocho días de descanso y de Ejercicios en Villafranca para volver enseguida a la cuesta de las Perdices y asistir al feroz ataque rojo en que murió.
Si desde ahora deseamos ver, como en compendio, la labor
en campaña del P. Huidobro, oigamos al Sargento Gutiérrez. Trazó en muy pocos
rasgos un cuadro bellísimo del Capellán, al describirnos una de tantas anécdotas
mezcla de valor y de celo; retrato -síntesis de lo que era el P. Huidobro-,
heroico legionario y apostólico Capellán.
Nos contó tal Suboficial: “Los contraataques rojos junto a Maqueda
se hicieron por Octubre incesantes, horribles. El P. Huidobro, -único Capellán
en aquel sector del frente-, les celebraba a sus legionarios tres Misas: a las 3
de la mañana la primera. Se encontraban un día en primera línea avanzada unos cuantos requetés
que no podían abandonar su trinchera. Deseaban fuese allí con ellos el Capellán
a decirles una Misa. El P. Huidobro aceptó gustosísimo y se dirigió sin la más
mínima vacilación a satisfacer el cristiano deseo de los valientes muchachos. «Le
llevaron un carro blindado, -escribe el Sargento Gutiérrez-; lo pusieron de
parapeto, y detrás del carro pusieron unas tablas haciendo de Altar. El
Crucifijo colgado en el tanque. Y así dijo Misa, mientras las balas de los
sin-Dios se estrellaban en la muralla de hierro”.
¡Cuadro sublime de heroísmo y de piedad!
Gran emoción le causó esta Misa al P. Huidobro. Muy
pocos días antes de su muerte; en la breve sinopsis para la Conferencia que en
Villafranca dio sobre la guerra, no se olvidó de escribir: “...Maqueda, la
Misa del tanque, la Misa del tanque,...”.
“¡Padre!, ¡guárdese...!, ¡que le van a matar...!”,
le gritaban al P. Huidobro sus legionarios cuando éstos le veían anhelante
cruzar de una a otra parte del campo buscando heridos, mientras silbaban a su
alrededor las balas.
“¿Que me van a matar? -respondía a veces lleno de tranquilidad y con
su poco de ironía-, pero, ¿quiénes?”.
“¿Quiénes?.. ¡los rojos!, ¿no los oye?”
-y el Padre Huidobro, ya más en serio, con sentido profundo y popular de las
hablas del pueblo cristiano respondía: “!No, hombre, no; los rojos no
matan...mata Dios!”.
No van al ocaso las balas. Cuando dan en un blanco es que así Dios, -misterios de su Providencia-, lo ha querido o permitido. Sabía Él que un obús iba a explotar en la casita, Puesto de Socorro, de la Cuesta de las Perdices, en el momento en que en ella entrase el P. Fernando Huidobro. Dejó que el Padre entrase. Y dejó que explotase el obús. No lo impidió. Quiso llevarse de este modo al P. Huidobro. Él, que sabe escogerse sus víctimas, aceptó la mejor para trasladarla al cielo.
Al recibir la dolorosa noticia, en Abril de 1937, muchos hicieron
suyo el sentimiento que manifestaba un antiguo Rector del P. Huidobro: “Ha
sido la muerte del Padre una pérdida de la cual es humanamente imposible
consolarse. Hay que recurrir a la fe ciega en Dios para conformarse y esperar”.
Completando la frase que pronunció el Comandante de
la 4ª Bandera: “Acaba de
perder la Legión un verdadero
padre, la religión un santo y España un héroe”,
añadiremos nosotros: “y la Compañía de Jesús a uno de sus hijos
mejores”.
Murió cuando más falta hacía. Cuando comenzaba a vivir
en la vida pública del trabajo apostólico. Algo parecido a lo que sentimos
ahora nosotros, sus hermanos en religión, debieron sentir los primeros jesuitas
del tiempo de San Ignacio; cuando en las más fundadas esperanzas del apostolado
en Oriente, en medio de los grandes planes de más conquistas, trajeron un día
las naves la inesperada noticia: “¡Ha muerto Francisco Javier...!”
¡Cuántas esperanzas desgajadas! Comparo las impresiones en las dos muertes, no
las personas. Aunque en la grandeza de alma, en el conjunto de potentes y
equilibradas facultades, hasta en la extraordinaria simpatía de sus virtudes,
Fernando Huidobro tenía mucho de Javier: “Sentí gran deseo de la muerte
del santo. La muerte de Javier, mi ideal..”, escribió el P. Huidobro en
su mes de Ejercicios, el año 1934”.
“Me parecía el P. Huidobro un jesuita muy ignaciano, -dijo el Misionero del Japón, P. Viera-. Al pensar en él no podía menos de acordarme de aquellos jóvenes, esperanza de la primitiva Compañía de Jesús, que tanto llenaban de gozo a San Ignacio”.
Miremos nosotros su muerte con la misma alteza de mirada
con que él mismo la miró: cual la de Cristo que a los 33 años quiso sufrir la
Pasión para realizar su obra redentora.
La Compañía de Jesús se miraba complacida en el joven P. Huidobro
sobre quien tantos planes formaba para la gloria de Dios: sueña así una madre
con el hijo privilegiado que el Señor le ha concedido. Dedicado al apostolado
sería excelente instrumento de acercamiento al pueblo, al elemento obrero al
que tan profundamente él entendía y amaba: su talento nada vulgar abriría en
el campo intelectual fecundo surco que prometía frutos en la apologética para
un mañana que ya amanecía; para Superior disponía de notables dones de
prudencia, amplitud de miras y
firmeza en la ejecución. Había la Compañía,
-con ilusión de madre-, empleado todos los medios a su alcance para su más íntegra
formación intelectual y moral. Cuando ya, recién terminada su lenta obra de
preparación, esperaba comenzar a recoger los frutos de sus afanes, se inicia el
Glorioso Alzamiento Nacional. El Ejército, privado de Capellanes por la República,
clama por Sacerdotes que le asistan en los supremos momentos de la campaña. Fue
entonces cuando el P. Huidobro, en Bélgica, sintió el llamamiento de Dios, y
se ofreció a sus Superiores para ir al frente. Nadie dudó. Ni el P. General
que desde Rema aprobó su demanda. Ni los superiores inmediatos que accedieron.
España estaba en peligro. No eran aquellas horas de regateos al sacrificio.
El P. Huidobro y el P. Martínez, su compañero de viaje, -los dos
primeros Capellanes jesuitas venidos del extranjero-, regaron y santificaron con
la entrega de su sangre y de su
vida, el campo de batalla. Pronto les seguirían otros: el P. Marticorena, muerto entre los requetés navarros
que avanzaban sobre Bilbao, el P. Ramón Molina que cayó mientras asistía a
los Flechas Azules que combatían en Aragón en la última ofensiva.
La Compañía los llora, pero no está arrepentida de
haber dado por Dios a España la flor de sus esperanzas. Todas las madres españolas
fueron generosas en entregar a la Patria sus hijos más queridos. Las mejores
flores han de ser para la corona imperial de la Nueva España.
Iluminados en fe cristiana, repetimos lo que el P.
Huidobro escribió en su última carta la ante víspera de su muerte: “..por
otro lado está la necesidad de morir para dar fruto, como Cristo, y la ninguna
falta que le hacemos a Dios”. Dios y España bien se merecían el
holocausto de este gran héroe.
El Comandante de su Bandera, -le profesaba inmenso cariño-,
decía: “A este Padre debían haberle relevado. Era muy arriesgado. Y un
hombre de tantas cualidades no debía estar expuesto a peligros tan inminentes.
Había que conservarlo para bien de muchas almas. Ha sido pérdida irreparable
para la 4ª Bandera y para España”.
Está acorde el anterior sentimiento del Comandante Vierna con otro de altísimo valor, y que con el debido respeto reproduciremos aquí: el Sr. Obispo Auxiliar de Toledo, Provicario Castrense, le exponía a nuestro Generalísimo la fructuosa labor de los Capellanes. Acababa de morir el P. Huidobro. De él más especialmente le habló. Del gran rendimiento que para la cultura y para la gloria de la Iglesia fundadamente se esperaba de sus excepcionales dotes. Escuchaba atento el Caudillo que iba hora por hora trazando con mano segura a nuestro Ejército los caminos del triunfo; y a la par tiene puesta siempre su providente mirada en la España que se va alzando, la de después de la guerra.
Su interrupción rápida: “Si yo hubiera sabido
antes cuánto valía ese Padre, inmediatamente mando retirarle del frente. Otros
habría que desempeñasen allí su ministerio. Y necesitamos también hombres
como ese en España...”.
¡Simpática faceta del providencial Jefe de Estado que el Señor concedió ahora a los españoles, para damos en él una señal divina de que nos ama!
Pero no hemos perdido al P. Huidobro. Nos dejó su
ejemplo, heroico como de auténtico legionario. No es su única grandeza la de
su obra externa de Capellán, con ser tan sublime. Lo más grande del P.
Huidobro, lo que le levanta tan por encima de lo vulgar, es lo elevado de su
vida interior: la alteza del ánimo. En nuestros tiempos, en que el factor
predominante ante muchísimos de nuestros jóvenes es: la “acción”, el
“movimiento", el "hacer”, es
necesario es insistir sobre esta gran verdad: lo grande no es el hacer, sino el
hacer por un grande ideal. ¡Ay, sino de los heroísmo, ocultos y de los héroes
que mueren jóvenes! La vida de este heroico Capellán, impulsada y realzada en
todo momento por los más eficaces ideales, es ejemplar y estímulo para la
juventud.
La santidad del P. Huidobro estaba forjada y labrada en
la vida abnegada, oculta, de estudiante en la Compañía. En el Tercio esta
santidad creció, manifestó los simpático, resplandores de su brillo; pero el
héroe, el santo, es anterior a su vida en campaña.
Múltiple la variedad de facetas a contemplar en vida tan sencilla y tan
corta. Modelo de apóstoles, aun sin haber llegado a operario evangélico.
Modelo de estudiantes, de catequistas. Los Capellanes y todo Sacerdote, mucho
pueden aprender de este espíritu de celo incansable e ingenioso, y de su
conducta toda sacerdotal. Modelo hasta para soldados y combatientes. Modelo de
religiosos. Muchos talentos había recibido de Dios: con todos ellos negoció;
él ha triunfado, y goza ya de la visión de Dios en la Jerusalén eterna. Se
realizaron las más íntimas y
definitivas aspiraciones de su vida.
«No es egoísmo hambre y sed del cielo -escribía en su cuaderno de conciencia el año 1934-. Si amo el
Bien Sumo, quiero verlo y poseerlo, por amor, no por egoísmo. Si amo a Cristo,
cuppio dissolvi (ansío morir). Si amo a Dios, le pido, como Moisés, que me
enseñe su rostro. No es deleite del sujeto que se complace en sí mismo y se
alegra de su goce; sino alegría del amigo en el Amigo muy amado; y purísimo
relucir de la inteligencia a presencia del Sol inteligible; con arder limpidísimo
de la voluntad, en el derramarse de la Bondad infinita sobre senos
espirituales...”.
Fructificará -plenamente lo confiamos- con su ejemplo y
su intercesión; porque es grano que por amor a Dios a las almas, cayó en el
surco... Y ahora él está, no bajo los luceros, sino por encima de ellos. Desde
el cielo nos ayudará en este resurgir de la España imperial y católica; en el
cumplimiento de lo que él mismo prenunciaba hace tres años: Al finalizar un
pequeño drama alegórico “Cristo que vuelve”, compuesto por el P. Huidobro
en Portugal, un año antes de nuestra Revolución Nacional, decía con
vehemencia profética por boca del Gran Convertido que apostrofa a los modernos
perseguidores oficiales del cristianismo:
“...¡No, no se hundió el Reino de Cristo! ¡Vosotros
sois los que os habéis hundido! ¡Vosotros los poderes viejos de un mundo
caduco! Sois carne senil, y la carne acaba en la muerte... Nosotros somos los
siempre nuevos, los eternamente jóvenes...”
“¿No habéis oído que vive? ¡Y ha derramado desde
arriba su Espíritu! Espíritu que lo hace todo nuevo y vivaz”
“¿No veis por todo el mundo esas juventudes de ojos
puros y corazón heroico que se agrupan bajo el signo de Cristo?”
“¡Sí! Tenemos que pasar por la muerte, para atar con
el Espíritu en nosotros todo lo viejo de la carne, como lo clavó en su carne
Cristo por el mundo entero. En dolor de pasión ganaremos a todos para la
vida”
“¡Ya viene el huracán que os barre a vosotros, poderes de la muerte, y os sepulta en el pozo de Satán, el fracasado para siempre!... ¡Luego lucirá nuestro día! La paz sobre la tierra... De los cañones se funden campanas, y de las espadas se forjan rejas de arado..”
“Vuestros secuaces de hoy: el león y el leopardo, pastan
junto al Cordero; y un Niño pequeño los pastorea...”
“...Y en el cielo de cristal, un luminar de reverbero eterno: Dios en
la altura, que se derrama sobre todos en cascadas de luz... ¡Porque...ese Niño
es Emmanuel, que es la Palabra que lo dice todo; que es CON NOSOTROS DIOS...”.
Por el P. Rafael Valdés (in memorian)