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Franco y la Iglesia. Del nacional catolicismo a la persecución
(Intervención del Gral. de Artillería Dn. Armando Marchante en 2003)

El reloj ha corrido raudo aunque a mi se me ha hecho muy breve escuchando a mis ilustres antecesores en el uso de la palabra y no se hasta que punto voy a añadir algo de lo que se ha dicho aquí. Sin embargo, la dirección del acto me pidió que hiciese una alusión a una efemérides que ha tenido lugar este año, que ha sido el cincuenta aniversario de la firma del Concordato entre España y la Santa Sede. No voy a añadir absolutamente nada a lo ya dicho anteriormente en cuanto a Franco como cristiano ejemplar; si diré que el cumplimiento de sus deberes de Estado en cualquier persona forma parte de esa ejemplaridad cristiana, cosa que a veces se olvida y para no escandalizar a nadie en las cosas que tengo que tratar que son las relaciones entre el Estado Español y el Vaticano en los años en que fue Jefe de Estado el General Franco, tengo que declararme naturalmente católico, apostólico y romano dentro de mis grandes imperfecciones que procuro cumplir con los mandatos de la Iglesia, pero también entiendo que en el Evangelio está escrito, que hay que dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. También está escrito que la verdad nos hará libres y la verdad histórica hoy tan olvidada nos hará libres y por lo tanto hay que respetarla. 

Quería yo haber empezado y lo voy a hacer bien recitando, leyendo una parte del testamento del Generalísimo Franco: "Quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia en cuyo seno voy a morir". Es el momento en que no se trata de enga­ñar a nadie y más si va precedido de una vida ejemplar como acabamos de escuchar. El Generalísimo Franco se sitúa en la línea de nuestros grandes monarcas de la casa de Austria empezando por Isabel fa Católica y los que le siguieron Carlos V, Felipe II, Felipe III, Felipe IV e incluso Carlos II. Es decir, de un catolicismo profundo, sentido, pero que no les llevaba a olvidar sus deberes como hombres de Estado, como reyes de la corona española. Franco tiene un paralelismo estricto con estos grandes monarcas. Franco, cristiano ejemplar, ejemplar también en el cumplimiento de sus deberes de Jefe del Estado y en sus relaciones con la Santa Sede. Voy a ser lo más breve posible y entiendo que este trabajo va a ser publicado en el Boletín de la Fundación y por lo tanto sería inútil el extenderme mucho para exponerlo todo. 

La Iglesia y el Alzamiento Nacional 

La Iglesia española nada tuvo que ver ni en la preparación ni en el esta­llido de la Guerra Civil, absolutamen­te nada, a pesar de que había sido perseguida de una forma sectaria y total por las leyes y por la República española. La Iglesia está libre de todo pecado en cuanto al principio de la Guerra Civil. Curiosamente los primeros obispos que dicen una palabra acerca de los que llamaron entonces Alzamiento Cívico Militar son el Obispo Múgica de Vitoria y el Obispo de Pamplona Marcelino Orlaechea. El Obispo Múgica dirigiéndose a los nacionalistas del PNV les reprochaba que hiciesen causa común con los enemigos declarados encarnizados de la Iglesia, lo que decía él no es lícito en forma alguna, estamos hablando del 6 de agosto de 1936, declaración del Obispo Múgica que nadie le advierte de ello. Ante la tergiversación que el PNV hacía de sus palabras, el Obispo Múgica insistió y dijo el 9 de septiembre de 1936: "No podéis de ninguna manera cooperar ni mucho ni poco, ni directa ni indirectamente al quebranto del Ejército español y tropas auxiliares: requetés, falangistas y milicias ciudadanas que enarbolando la auténtica bandera española bicolor, luchan heroicamente por la religión y por la Patria". Esto no lo dijo ningún militar sublevado, esto lo dijo el Obispo de Vitoria, conocido por otra parte por su proclividad y su condescendencia con los movimientos separatistas vascos capitaneados por el PNV. Franco no había pedido ninguna de estas declaraciones. Se produjeron espontáneamente, en el libro están y no voy a insistir en ello. 

Fue una Cruzada 

La palabra Cruzada por cierto la empleó por primera vez el Obispo de Salamanca Plá y Daniel el 30 de septiembre de 1936 cuando decía: "El carácter de la actual lucha que convierte a España en espectáculo para el mundo entero reviste si la forma externa de una Guerra Civil, pero en realidad es una Cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar sino para restablecer el orden". Lo digo porque luego ha sido tratada esta palabra de forma burlesca, sobretodo en estos años en que predomina el sectarismo y el odio. Estamos recuperando el sectarismo y el odio de antiguos tiempos de nuestra Patria que yo creía felizmente olvidados, esto es el origen de la palabra Cruzada que nunca la empleó ni la pidió el Gene­ralísimo Franco. Se publicó la Carta Colectiva y había dos cuestiones en que había una cierta falta de sintonía entre la Iglesia española que estaba sufriendo la más brutal represión, per­secución de todos los siglos incluida la de Diocleciano que fue la más sangrienta. La Iglesia española sufrió la más feroz persecución, represión y violencia de los 20 siglos de historia de la Iglesia en España. Es también es otro dato que muchas veces se quiere olvidar, incluso se llega a la desfachatez de pedir a la Iglesia que pida perdón, que pida perdón, eso ya es el colmo. La tergiversación de que los malos son las víctimas y los buenos son los verdugos. Esto estamos asistiendo a diario de esta no se como calificarla. a esta locura mental, porque no tiene otra explicación. Había algunos roces, algunas dificultades en la relación entre la Iglesia española y el nuevo Régimen que nacía. ¿En que consistían estas dificultades? En dos cosas, primero, por parte de la Iglesia creían que el Generalísimo Franco de cuya catolicidad y buena fe absolutamente estaban convencidos los obispos españoles iba muy lento en el rechazo, en el cambio de toda legislación anticristiana acumulada en los cinco años de República. Esto era verdad, pero también era verdad que en aquellos momentos el Generalísimo Franco tenía otras ocupaciones mucho más graves que atender entre otras cosas la marcha de la guerra. 

El Concordato de 1851 

Eso era un reproche que se le hacía. Y por el lado contrario se reprochaba la tardanza del Vaticano en reconocer el Régimen nacional y el tercer punto de fricción era la diversidad de criterios en cuanto a sí el Concordato de 1851 estaba o no estaba vigente. Del Concordato de 1851 la República había hecho caso omiso por supuesto y cuando estalla el movimiento nacional, la Iglesia se vuelve al Concordato de 1851. En ese concordato se daba el derecho de patronato real, que quiere decir que el Rey de España presentaba a los obispos, cosa que también se olvida frecuentemente. Entonces, la Santa Sede antes del Concilio tenía ya el criterio de inmiscuirse en el nombramiento de Obis­pos. Esto era absolutamente algo de tiempos pasados y que no se debía mantener. En cambio los diplomáticos que asesoraban al Generalísimo Franco, por ejemplo Magaz, estaban convencidos que había que volver al Concordato de 1851. Sin embargo y a pesar de estos roces, los roces terminaban siempre en lo mismo, en que los obispos acudían al Generalísimo Franco y el Generalísimo Franco sistemáticamente daba la razón a los obispos y accedía a lo que ellos le solicitaban. La Santa Sede tardó mucho tiempo en nombrar al Nuncio en España, hay que tenerlo en cuenta que el final de la Guerra Civil era incierto y la Santa Sede prudentemente y no se le puede reprochar, trataba de no comprometerse demasiado porque a todo esto el Obispo Múgica y el Cardenal Vidal y Barraquer que era de Tarragona, que había salvado la vida por los pelos, estaban en Roma y consideraban que cualquier pronunciamiento de la Iglesia que surgiera a favor del nuevo Régimen, pudiera dar lugar a un recrudecimiento de la persecución que tenía lugar en la zona roja, criterio que evidentemente era equivocado porque la persecución ya poco más podía dar de sí, habían sido ya asesinados 12 Obispos y el número de laicos católicos asesinados por el hecho de serlos y el número de religiosos y clero secular y regular incluidas monjas ya poco podía aumentar porque como dijo un cabecilla anarquista, en España había el problema de la Iglesia, nosotros lo hemos resuelto y hemos terminado con la Iglesia, con las iglesias y con los sacerdotes, por lo tanto ya no había problema. 

Hay otro motivo de roce cuando la Santa Sede nombra Obispo de León al Padre Carmelo Ballester, que tenía nacionalidad francesa de origen y le nombraron en plena guerra Obispo de León sin consultar y sin atender en absoluto los deseos o las indicaciones de las autoridades nacionales, cosa que naturalmente agravó las dificultades entre una parte y otra. Siempre terminaban igual; al final se acudía al Generalísimo Franco, y el Generalísimo Franco trataba o daba siempre la razón a la Iglesia. Entonces se planteaba el tema de que el Concordato de 1851 era inaplicable y que había que elaborar un nuevo Concordato. 

La prevención en los nombramientos de Obispos 

Se mantienen una serie de negociaciones, estalla la II Guerra Mundial y seguía el problema. Es decir, el Generalísimo Franco a mi modo de ver, con toda la razón dado lo que había pasado con el Cardenal Vidal y Barraquer, con el propio Obispo Múgica y con el Cardenal Segura que era una pieza suelta de este mecanismo, tenía la teoría a mi modo de ver fundamentalísima de que el Estado tenía que poder precaverse del nombramiento de determinadas personas como Obispos cuando sus tendencias separatistas y contrarias a los intereses del Estado español eran evidentes. La Santa Sede no quería acceder a este deseo del Estado español. Entonces ocurría que la Santa Sede no cubría y máxime cuando al finalizar la guerra había habido no 12 sino 13 obispos asesinados porque a los obispos asesinados anteriormente se unió Mons. Polanco en fase de beatificación, obispo de Teruel, que no quiso abandonar su diócesis y que los republicanos como se dice ahora, asesinaron vilmente a pocos metros de la frontera francesa en su retirada de Cataluña. Asunto también que no se si debería­mos pedir perdón los demás. 

Las negociaciones fueron largas, había con la muerte de los 13 obispos, 13 sedes sin cubrir y esto producía una serie de inconvenientes mientras el resto de los obispos españoles forzaban y presionaban a favor de que se llegase a un acuerdo porque ellos eran los primeros convencidos de la exquisita catolicidad de quien ya era Jefe del Estado. Curiosamente había otro factor de perturbación que eran las evidentes tendencias filoalemanas o filonazis, como quiera decirse de una parte de las fuerzas integrantes en el movimiento nacional. Una parte, que era la parte falangista para entendernos y en cuyas manos estaba la prensa y la propaganda del nuevo régimen y voy a decir los nombres: D. Pedro Laín, D. Dionisio Ridruejo y D. Antonio Tovar, ilustres nazis, declarados en aquellos años y que llegaron a impedir la difusión en España de la carta pastoral de Pío XI .Yo no se alemán, pero con profunda preocupación se expresa una condena del nazismo alemán. Estos directores de propaganda como se llamaban entonces, impidieron la difusión de ese escrito del Papa donde condenaba el nazismo. No impidieron naturalmente una encíclica contemporánea que era la «Divinis Redentoris» donde el Papa Pío XI condenaba el comunismo diciendo que era intrínsicamente perverso. Bien esto también hacía que en el Vaticano con cierto fundamento pensasen que en España había un riesgo de un deslizamiento hacia sistemas nazis, racistas y por supuesto anticatólicos. La única esperanza, la gran esperanza de la jerarquía española era precisamente la persona del Generalísimo Franco. Después de muchos tira y aflojas en el año 1941 uno de los ministros acusados, curiosamente las cosas que tiene la historia, acusado de concomitancia con el nazismo era D. Ramón Serrano Súñer, hizo una primera visita a Roma donde tuvo la descortesía de no ir a visitar al Papa. 

Pero en una segunda visita curiosamente fue D. Ramón Serrano Súñer el que consiguió un acuerdo con la Santa Sede para el nombramiento de obispos que se firmó el 7 de junio de 1941. Se mantenían los privilegios que tenía la Iglesia en el Concordato de 1851 y en cuanto a nombramiento de obispos se acababa con el sistema del patronato real y se montaba un sistema muy complicado que era que la Nunciatura en Madrid de acuerdo con el Ministro de Justicia proponía seis nombres a Roma para el nombramiento del obispo en la determinada sede. De esos seis nombres en Roma se elegían tres, yesos tres venían a España y entonces el Jefe del Estado español de los tres elegía uno. Tengo que decir que siempre, siempre, el Generalísimo Franco eligió al que venía en cabeza, siempre. De manera que su comportamiento en este aspecto fue siempre modélico. Se llegó a ese compromiso, se firmó el acuerdo, se nombraron los titulares de las trece sedes vacantes y alguna más que había habido y se firmó también en el acuerdo el compromiso de llegar a un concordato lo antes posible. Estamos en el año 41. 

La católica legislación del Nuevo Estado 

A todo esto, toda la legislación del Nuevo Estado estaba calcada de acuerdo con los deseos y las enseñanzas de la Iglesia. Se le reconstruyeron los templos, se crearon nuevos seminarios, se le entregó a la Iglesia la enseñanza de la juventud en todos los niveles, se crearon asesorías religiosas en todas las organizaciones del Estado, etc. Es decir, que la influencia de la Iglesia era perfecta, era total, absoluta hasta en la censura de prensa y en la censura de costumbres y yo lo he vivido pues la Iglesia tenía una palabra definitiva. 

Los Papas, que nos llevaron al Nacional Catolicismo 

A esta situación que era la deseada por la Iglesia, la propugnada en las encíclicas de los pontífices del S. XIX y S. XX, la «Inmortale Dey», de León XIII por poner un ejemplo, a eso se ceñía exclusivamente el Estado español. Bueno, pues a esa situación unos ilustres, mejor dicho nada ilustres, como fueron el canónigo González Ruiz y el jesuita Álvarez Bolado, hayan más tarde denominado peyorativamente y con aspecto casi insultante, nacional catolicismo. Bueno pues se olvidan de una cosa, si aquello era nacional catolicismo era lo que quería la Iglesia, no era lo que quería Franco ni lo que querían los españoles. Era lo que quería y deseaba la Iglesia y lo que la Iglesia imponía como ejemplo a seguir por todos los gobiernos católicos del mundo. De manera que si aquello fuese nacional catolicismo pues era como digo el deseo de la Iglesia y por tanto los papanatas que repiten con carácter de acusación que aquello era un nacional catolicismo pues miren Vds. acusen a León XIII y a Pío XI y Pío XII porque son los que con sus enseñanzas nos llevaron a esa situación. 

En estas condiciones se llegan a las negociaciones para el Concordato de 1943 que se prolongaron como las fechas dicen hasta el final de la II Guerra Mundial. Guerra Mundial en la que Franco apoyó absolutamente todos los esfuerzos para llegar a una paz con la Santa Sede e incluso llegó a ofrecer al Papa Pío XII que se refugiase en el Escorial en el caso de que Roma fuese bombardeada por los americanos o por los alemanes. Naturalmente el Papa rechazó el ofrecimiento pero lo agradeció y se llegó a una situación verdaderamente de exquisitas y cordiales relaciones entre el Vaticano y el Estado español. Y voy a leer una cosa muy curiosa. Antonio Fontán, católico liberal como todos sabemos, que desempeñó algún papel en la desaparición del "nacional catolicismo" escribió en "Las claves de la Transición", editado por la Unión Editorial en Madrid en 1985 lo siguiente: "Sin el beneplácito de la Iglesia católica Franco se hubiese visto así mismo reducido de su mítica estatura de capitán de una Cruzada como la de los héroes medievales a la más vulgar y decimonónica de un general pronunciado". Es evidente que Franco tuvo no ya el beneplácito, sino los mayores elogios del Vaticano y de la Iglesia como podemos leer en el libro que hoy se presenta y otros muchos más que se pudieran aducir. De forma que Antonio Fontán, nada partidario de Franco como todos sabemos hace seguramente sin querer un gran elogio del Generalísimo al reconocerle su categoría de Capitán de una Cruzada. Sin olvidar que aunque no hubiera tenido el beneplácito de la Iglesia Franco ganó una durísima guerra y una no menos difícil paz que llevó a España a unos niveles de desarrollo jamás conocidos. ¿Qué General pro­nunciado del S. XIX puede aducir una labor como la de Francisco Franco? Que nos conteste D. Antonio Fontán. 

El nuevo Concordato se firmó en 1953 

Bien la cuestión de la llegada de una acuerdo con un nuevo concordato era una cuestión que estaba sobre la mesa. Había aparecido una nueva dificultad y es que los Estados Unidos esencialmente exigían al Estado Español una libertad de conciencia. Le exigían que autorizase el culto protestante y de cualquier otra religión. Naturalmente los obispos españoles de ninguna manera estaban dispuestos. Estaban encabezados por el Cardenal Segura dicho sea de paso y de ningu­na manera estaban de acuerdo a que el Estado español cediese en esta cues­tión creando así graves problemas en su política exterior con los EEUU. Por fin, se nombró Ministro de Asuntos Exteriores a Martín Artajo que antes de aceptar el nombramiento de ministro, pidió el beneplácito al Presidente de la llamada Conferencia Metropolitana, es decir, que pidió que los obispos españoles le autorizasen a aceptar el puesto de Ministro de Asuntos Exteriores. Esto da una idea, todos lo hemos vivido, afortunadamente los jóvenes no, de hasta que punto llegaba la subordinación del Estado español a los deseos de la Iglesia. A pesar de las dificultades de no tener un Concordato, se crearon las diócesis de Bilbao y San Sebastián, y en 1951 Ruiz Jiménez nombrado Embajador en la Santa Sede le hizo al Papa una propuesta de Concordato. Según nos cuenta Ricardo de la Cierva que tiene una grandísima autoridad en estas cuestiones, cuando Franco entregó el texto a Ruiz Jiménez, le dijo: "Llévelo y diga al Santo Padre que cinco cristianos se han sentado alrededor de una mesa para redactarlo". Bien el embajador encontró en Roma ciertas dificultades debidas al partido francés que tenía tanta influencia en la Santa Sede en aquello años. 

Una de las mayores victorias de la Iglesia 

Para no cansarles demasiado, el Concordato se firmó en la Embajada de España en Roma en el Vaticano, el 27 de septiembre de 1953. Ha hecho 50 años del aniversario, absolutamente ha pasado inadvertido por los medios de comunicación españoles que tantas cosas sabe de la Iglesia. Según Luis Suárez el Concordato fue una de las mayores victorias obtenidas por la Iglesia en sus relaciones con un Estado moderno, y es verdad, las concesiones del Estado eran tremendas en todos los terrenos y lo único que le quedaba era el sistema del nombramiento de obispos que antes he relatado y que se mantuvo tal cual. Pero tenía un boquete, que los obispos auxiliares cosa entonces desconocida, no entraban en el sistema de nombramientos de obispos. Era un boquete gravísimo cuyas consecuencias se vieron después. Los elogios de la Iglesia fueron tremendos, decían que era un Concordato modelo, que había que exportarlo a todos los países católicos. El Presidente de la Acción Católica Sánchez Juliá, decía: "Que ningunos labios católicos pue­den abrirse ahora para hablar sin mencionar lo primero, la reciente gloria de España en el Concordato". En cambio el Concordato, que Franco tuvo un gran cuidado de firmado antes de firmar el acuerdo con los norteamericanos, detalle importantísimo, se presentó como un gran éxito diplomático y no lo era como se demostró rápidamente. El Concordato estaba pensado para un Jefe de Estado cristianísimo como era Francisco Franco y para una Iglesia o una Santa Sede que estaba en los años anteriores al Concilio de Pío XII y Juan XXIII. Cuando las circunstancias por una parte eclesiásticas cambiaron, el Concordato demostró que no servía para gran cosa sino para ser una nueva fuente de conflictos. Por lo tanto el Concordato en este sentido no fue precisamente un éxito. 

La crisis de la Iglesia y sus consecuencias en España 

Llegó la crisis de la Iglesia. La jerarquía española adormecida por los privilegios y por la tranquilidad que le daba su posición en el Estado español hay que decir, con mucha pena lo digo, que fracasó en mi opinión en la educación de las nuevas generaciones que le tenían encomendado. A esta situación se unió el cambio de punto de vista de la Santa Sede a partir del Concilio Vaticano II y del Pontificado de Pablo VI. Hablo con el conocimiento que me da, no mucho, de haber tenido el honor de haber mantenido una entrevista privada personal, durante tres cuartos de hora con Pablo VI y no voy a entrar en los detalles pero si diré que salí de ella con una impresión agridulce, más agria que dulce. Cambió la política del Vaticano, el Papa estaba convencido de que Europa se vería sumergida por la marea marxista y que toda Europa occidental caería en manos del marxismo y pensaba que había poner los sitos para que hubiera una mejor relación anterior con los partidos comunistas, con el marxismo, en espera de lo que podía ocurrir. Ahí se sacrificó al Cardenal Myscenty, se sacrificó a Mons. Stepinac y se sacrificó, vamos a ser claros, al Régimen español. Los agentes de esta transformación fueron el cardenal Villot, Mons. Benelli que había estado como auxiliar en la Nunciatura en Madrid de cuya estancia debió sacar muy mal recuerdo por algún motivo que alguno me ha dicho algo pero no lo quiero repetir y por Mons. Dadaglio, el nuevo Nuncio de infausta memoria. También tuve largas conversaciones con Mons. Dadaglio y los elementos del cambio, como dicen los italianos el voltafache de la Iglesia, es decir, el instrumento elegido fue D. Vicente Enrique y Tarancón. Obispo un tanto superficial, un tanto bullicioso, pero que paradójicamente era el obispo que más veces había sido propuesto por Franco para ocupar diversas sedes episcopales, empezando por Solsona, siguiendo por Oviedo y continuando por Toledo. El obispo era el más presentado por Franco y se convirtió en el instrumento, no digo de la lucha contra Franco, sino del desenganche que entonces se decía de la Iglesia con él. Los instrumentos de esta carrera fueron muy sencillos. El nombramiento de obispos auxiliares al margen del Concordato, se les exigía que hubiesen hecho de alguna manera alguna manifestación más o menos distanciada del régimen, cuando no claramente opuesta a él. Entonces aparecieron una serie de Obispos, muchos, de los que puedo citar alguno: Iniesta, Osés, Valenzuela, Echarren, Llanes, Setién y tantos otros. Yo recuerdo que fui el que le llevó al entonces Ministro D. Antonio Ma de Oriol y Urquijo, Ministro de Justicia, el nombramiento de Mons. Setién como Obispo auxiliar de San Sebastián. D. Antonio, que era un cristiano ejemplar no se me cayó desmayado de su sillón de milagro. No me dio crédito. Me dijo: "Me está Vd. engañando, esto no puede ser". Pues fue. El disgusto de aquél hombre es uno de los más grandes que yo he presenciado en mi vida. No quería dar crédito a la noticia. 

La Iglesia pagó caro su desenganche 

Mientras tanto todo esto iba acompañado de la desaparición de todas las organizaciones de Acción Católica, de la conversión de la HOAC y de la JOC en verdaderos sindicatos donde nacieron Comisiones Obreras; de los encierros en iglesias, de los capuchinos de Sarriá, de las denuncias proféticas desde los púlpitos. No voy a repetir lo que está en el ánimo de todos nosotros. La pieza definitiva para este desenganche fue la llamada Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes, reunión que no tiene ninguna apoyatura ni en el Derecho Canónico ni en la tradición de la Iglesia. ¿Dónde se ha visto, cuándo y en que país y en qué circunstancia que haya una reunión conjunta entre obispos y sacerdotes? Pues la hubo en España y dirigida por el Cardenal Tarancón y ahí fue donde se propuso y afortunadamente no se llegó a aprobar que se pidiese perdón por la actuación de la Iglesia durante la Guerra Civil. La cosa tuvo mucha importancia. Afortunadamente por un puñado de votos no se aprobó, pero todo lo demás que se aprobó llegó hasta tal punto, que la Sagrada Congregación correspondiente desautorizó todas las conclusiones de la Asamblea Conjunta porque dijo que eran repetición de las que había habido en el Concilio de Pisa en mil trescientos ochenta y tantos. 

Es igual, la BAC publicó un libro voluminoso con las conclusiones de la Asamblea diciendo que eso era la Carta Magna de la nueva Iglesia española. La Iglesia se desenganchó del régimen pero en el pecado llevó la penitencia porque el grado de descristianización a que ha llegado la sociedad española que estamos viviendo, no voy a explicárselo a Vds. puesto que no hay más que ver la TV, leer la prensa, como la noticia de hoy donde el Partido Socialista quiere disminuir drásticamente la asignación presupuestaria para la Iglesia. Esa noticia del periódico de hoy y los ataques continuados, las burlas, los sacrilegios, las blasfemias en los medios de comunicación como en El Mundo, en la crítica de cine se pueden leer las blasfemias casi a diario, digo blasfemias, las burlas del Papa, de todo lo sagrado, el abandono de los fieles a la Iglesia es evidente y a la iglesia vamos los de cierta edad. 

La descristianización de España avanza y estamos a punto de hacer verdad aquella frase desgraciada pero entonces falsa que Azaña pronunció: "España ha dejado de ser católica". Este es la triste historia que yo vivo con pena y sin ánimo de escandalizar a nadie. No quiero acabar con una nota de pesimismo. Quiero acabar con lo que en una ocasión me dijo el perseguido obispo Mons. Guerra Campos: "Mire Vd. cada uno tenemos que cumplir con nuestro deber y hacer todo lo que esté en nuestra mano para que esto no ocurra. Si ocurre, tenga Vd. en cuenta que la victoria o el fracaso no lo dictan los hombres, lo dicta Dios". 

Y con esa esperanza seguimos luchando y yo incito a todos Vds. a que sigan luchando para frenar esta tremenda descristianización de España. Muchas gracias.