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FRANCO,
EL ÚNICO JEFE DE ESTADO QUE SALVÓ A MILES DE JUDIOS

Tenemos el gusto de presentar a continuación tres interesantísimos y valiosísimos testimonios de cómo el Caudillo, y la España que él, junto con todos los españoles de buena voluntad, forjaron, fueron los únicos que durante la II Guerra Mundial dedicaron ímprobos esfuerzos a salvar judíos de las garras nazis, una prueba más de que la España de Franco ni era fascista ni nazi, sino española y católica como nunca jamás. ¿Pueden decir lo mismo, por ejemplo, los franceses?

I
FRANCO SALVO DEL HOLOCAUSTO A MILES DE JUDIOS

 FUE EL UNICO PAIS DE EUROPA NO BELIGERANTE QUE NO ENTREGO JUDIOS A LOS NAZIS 
Concedió nacionalidad española, visados, salvoconductos y cartas de protección a miles de judíos

DURANTE la persecución a los judíos desatada en toda la Europa dominada por el Reich alemán durante la II Guerra Mundial, la España de Franco, durante varios años y por medio de numerosas acciones políticas y diplomáticas impulsadas personalmente por él mismo, se destacó entre todas las naciones europeas en la salvación y ayuda de los judíos caídos en desgracia y perseguidos hasta su sistemática exterminación en masa, en lo que constituyó la tristemente célebre «solución final», como sus autores la llamaron eufemísticamente y que ha pa­sado a la historia con el nombre propio de «El Holocausto».

Las ayudas que Franco y su Régimen prestaron a cuantos judíos pudieron para librarles de estos horrores, destacan aún más si tenemos en cuenta que históricamente en España los judíos no gozaban de ninguna simpatía, sino más bien todo lo contrario: en los primeros años cuarenta en nuestro país predominaban las tendencias religiosas más conservadoras, entonces mayoritariamente implantadas en todo el orbe católico, y más en nuestro país, que experimentaba la lógica reacción a la sangrienta y feroz persecución que la ahora ensalzada oficialmente como modélica y democrática República y sus Gobiernos del Frente popular emprendieron contra toda la Iglesia Católica, sus eclesiásticos, sus fieles, su patrimonio y sus símbolos, nada más producirse el primer disparo en julio de 1936. 

El Holocausto 

Como todos sabemos ahora al contrario que durante el transcurso del conflicto, en que no trascendieron a la opinión pública mundial los horrores que estaban ocurriendo tras las alambradas de los campos de concentración alemanes, el sistema de exterminio masivo puesto en marcha por el régimen nazi a partir de 1942 consistía en ir enviando a toda la población judía de la Europa bajo su dominio, que previamente había sido recluida en guetos, a campos de concentración situados principalmente en Alemania y la Polonia ocupada. En aquellos campos la mayoría de aquellos desgraciados -los considerados «no útiles», es decir, los ancianos, niños y casi todas las mujeres- eran sacrificados al poco de llegar en las cámaras de gas, e inmediatamente después incinerados. El resto era empleado en trabajos forzados, en pésimas condiciones de vida y alimentación. Los cálculos posteriores sitúan la cifra de judíos muertos en toda Europa por este planificado exterminio en masa en más de cinco millones de personas. Y es en ese ambiente de intolerancia y de odio generalizado al pueblo hebreo que hemos descrito, en el que Francisco Franco interviene abiertamente a favor de los judíos haciendo todo lo que estaba a su alcance para salvarles de la persecución desatada por el régimen nazi, enfrentándose a éste precisamente en uno de los puntos más sensibles de su doctrina política: el odio a los judíos como raza inferior y dañina y su erradicación de la sociedad nacional-socialista que pretendía crear en toda Europa. Pero podemos decir que aún es más valiente y destacada esta actitud de Franco porque la posición de España no era precisamente de fuerza ante el inmenso poderío de la entonces invencible Wehrrnatch, que tenía desplegadas desde 1940 varias potentes divisiones cerca de los Pirineos y planes elaborados para invadir la península Ibérica. 

La acción conjunta y continuada de España impulsada por Franco 

El «pensamiento único» progresista, actualmente dominante en los medios españoles, ha intentado presentar la ayuda a los judíos durante el Holocausto como algunos hechos aislados realizados a título propio por algunos diplomáticos conmovidos por la tragedia. Pero la realidad es que fue el mismo Francisco Franco quien personalmente impulsó y dio las órdenes para ayudar a los judíos perseguidos y abandonados por prácticamente todos los gobiernos europeos. Esta evidencia se demuestra, además de por el testimonio del propio Caudillo que figura al final de este trabajo, en el hecho de que fueron varios los Ministerios que ejecutaron las acciones para ayudar y salvar a miles de judíos en toda la Europa ocupada, principalmente el Ministerio de Asuntos Exteriores, mediante las Embajadas y consulados españoles en numerosas ciudades europeas, incluidos los situados en la propia Alemania, y el Ministerio de la Gobernación, respon­sable del control y custodia de las fronteras.

El tratar de afirmar que en aquella época, recién terminada la guerra civil, dos Ministerios y sus funcionarios actuaran en un tema tan delicado e importante por su cuenta y riesgo sin las órdenes del Generalísimo es algo absolutamente insostenible y en contra de la lógica y sentido común. Por si este razonamiento no bastara, el mismo Franco demostró su actitud protectora del pueblo judío al rechazar en la histórica entrevista de Hendaya, en un momento crucial y difícil para nuestros intereses, las exigencias que el propio Hitler en persona le transmitía de forma enérgica sobre entrega de refugiados judíos y cambios en nuestra legislación, en la que pretendía se introdujeran normas antisemitas.

Otro aspecto que hace destacar aún más lo valioso de estos actos de ayuda es la constatación de que España no ob­tuvo nada a cambio por todas estas generosas y humanitarias acciones, sostenidas reiteradamente durante años contra los intereses de la potencia que dominaba Europa, sino más bien al contrario, ya que al enfrentarse a uno de los pilares básicos de la ideología nazi -el que consideraba a la raza hebrea como inferior y perjudicial para la humanidad- las acciones protectoras de los judíos perseguidos irritaban siempre a las autoridades alemanas, indisponiéndolas con nuestros diplomáticos y gobernantes, perdiéndose así otras oportunidades de obtener de ellas otro tipo de favores o beneficios directamente relacionados con los intereses españoles. Podemos decir una vez más que el tan español espíritu de D. Quijote cabalgó aquellos años sobre la Europa en guerra. 

Las acciones más relevantes 

El18 de junio de 1940 las divisiones alemanas alcanzaron la frontera española, después de derrotar al Ejército francés y sus aliados en una fulminante campaña que sorprendió al mundo. La sorpresa también fue para miles de judíos residentes en Francia que se vieron atrapados en pocas semanas ante el rápido avance de las tropas de la Werhmatch. Muchos de ellos emprenden la huida hacia el sur, cargando con sus pertenencias, y pronto se formaron grandes colas en los pasos fronterizos de Hendaya y Port Bou. Desde aquel momento, las autoridades españolas dejaron pasar a todos los judíos que se presentaron, incluso los que carecían de documentación e iban en grupos con otros judíos, sin devolver uno solo de ellos a territorio francés. En el transcurso de la Guerra, por allí se salvaron al menos 30.000 de ellos, según el cálculo del historiador británico Martín Gilbert. La mayoría de estos refugiados no se quedó en nuestro país, utilizando el territorio español como de tránsito hacia Portugal y Norteamérica, principalmente (el Gobierno británico no autorizaba el acceso de hebreos a Palestina). Las autoridades españolas siempre apoyaron y facilitaron el viaje en tránsito de todos estos fugitivos.

Pero es cuando la persecución a los judíos se hizo más intensa, al iniciarse en 1942 la fase cuyos autores llamaron «solución final», cuando Franco y su Gobierno se vuelcan en ayudar a los que habían quedado atrapados en la Europa bajo dominio nazi y comenzaban a ser enviados a los tristemente famosos campos alemanes, en principio de «internamiento y trabajo» y después abiertamente «de exterminio».

Fue a partir de entonces cuando el Gobierno español ordenó a sus representaciones en la Europa bajo dominio nazi que protegieran y salvaran el ma­yor numero posible de judíos. Las principales acciones de ayuda fueron llevadas a cabo en las representaciones diplomáticas españolas de los diferentes países ocupados y aliados de Alemania, así como en las regiones alemanas en que pudieron actuar. Las más destacadas en la protección y salvación de judíos fueron las de Berlín, Budapest, Copenhague, París, Marsella, Sofía, Viena, Bucarest, Atenas, Salónica y Belgrado, sin que esta relación sea exhaustiva, como luego veremos. La cifra de judíos salvados de una muerte segura por la España de Franco varía según los autores, pero todos ellos la sitúan en varias decenas de miles de personas, próxima a los 50.000. 

Pasaportes españoles a los judíos sefardíes y otras medidas 

La principal media de protección fue la concesión de la nacionalidad española a los judíos sefardíes (es decir, de origen mediterráneo, en su mayoría descendientes de los expulsados de España en 1492). Para ello se utilizó un decreto de Primo de Rivera promulgado en 1924 y que el Gobierno de Franco reactivó para proteger como españoles a los perseguidos, dando así una sólida justificación a las numerosas protestas y exigencias que a partir de entonces se realizaron ante las autoridades alemanas y de los países ocupados. Al arreciar la persecución, la protección española se hizo extensiva también a miles de judíos askenazies (de origen centroeuropeo), a los que en muchos casos también se les concedió pasaporte y, en otros, visados o documentos como la llamadas «cartas de protección», según las circunstancias y requerimientos del país en que se encontraban. Apoyándose en estas medidas, se efectuaron incontables requerimientos a las autoridades alemanas y de los demás países para liberar a los sefardíes ya internados en los campos o, al menos, garantizar sus vidas y mejorar sus condiciones de alimentación y descanso. En muchas ocasiones se consiguió su liberación y en otras incluso su traslado a España, donde se les daba a elegir entre permanecer en nuestro país o continuar viaje al destino que desearan, para lo que se les facilitaron los correspondientes salvoconductos. 

También se hicieron reclamaciones oficiales ante los gobiernos que fomentaban o consentían la persecución: un ejemplo de ello fue la reunión del 14 de noviembre de 1944 en la que los representantes de España, Suiza y El Vaticano en Budapest acordaron solicitar de forma colectiva al Gobierno húngaro un trato más humano y el cese de la persecución a los judíos húngaros. No obstante todas estas acciones diplomáticas, la medida que más judíos salvódel Holocausto fue la apertura de los pasos fronterizos con Francia, en los que desde 1940, tal como hemos relatado anteriormente, se permitía la entrada en España a todos los judíos que se identificaban como tales sin necesidad de visado, incluyendo a los que carecían de documentación y eran señalados como judíos por los componentes de su grupo. 

La acción de los representantes diplomáticos españoles 

Como muestra de cuanto decimos, destacamos aquí algunos ejemplos concretos y documentados de las acciones de ayuda a los judíos efectuados en aquellos años por las distintas representaciones diplomáticas españolas:

El conde de Casas Rojas, Embajador en Rumania, testificó la ayuda española a «miles» de judíos en aquel país, aplicando las medidas anteriormente descritas, lo mismo que en la vecina Bulgaria, donde el Embajador en Sofía, señor Palencia, además de aplicar en aquel país medidas de ayuda a los judíos, adoptó legalmente a los dos hijos del judío León Aire, que había sido ejecutado por las autoridades alemanas. También está documentado que el Secretario de embajada Joaquín Juste, destinado en la Embajada en Copenhague, facilitó documentación española a centenares de judíos siguiendo instrucciones del Ministerio. El coronel Antonio Barroso Sánchez Guerra, Agregado Militar en París, sede en la que permaneció cuando la Embajada se trasladó a Vichy en 1940, informó que recibió orden del Gobierno español de atender a todos los judíos sefardíes, darles pasaporte español y ayudarles a trasladarse a España, y que aplicó este procedimiento a varios cientos de ellos. Lo mismo hizo el Cónsul en Viena, señor Schwartz, concedió pasaportes y visados a cientos de judíos, según ha testificado recientemente su hijo Pedro. El Encargado de Negocios en Atenas, Eduardo Gasset, consiguió que un numeroso grupo de sefardíes de Salónica (más de 600), ya deportados al campo de Bergen-Belsen, fueran enviados a un «campo residencial» privilegiado, con mucho mejores condiciones de vida y trabajo. Todos salvaron la vida y 365 de ellos decidieron venir a España al terminar la guerra. 

Sanz Briz salva en Hungría a miles de judíos 

El caso más conocido y por supuesto el que más judíos salvó de una muerte segura fue el del diplomático Angel Sanz Briz, entonces Secretario en la embajada de Budapest, que quedó al frente de la misma en mayo de 1944, al verse obligado a abandonar el país el Encargado de Negocios, Miguel Angel Muguiro. En aquel momento, la deportación en masa de los judíos húngaros al cercano y tristemente famoso campo de Auswitch estaba en su apogeo, y Sanz Briz se destacó en la ayuda a todos los judíos posibles, calculándose en unos 5.000 los salvados por sus gestiones. Cuando alcanzó los límites de concesión de pasaportes y visados fijados por las autoridades húngaras, ideó un procedimiento dudosamente legal, pero eficaz: alquiló varios pisos y los puso bajo protección de la Embajada de España, mediante declaración oficial, como «edificios anexos» a la misma, refugiando en ellos a numerosas familias judías, que se salvaron así de los campos de exterminio. Cuando Sanz Briz tuvo que salir de Budapest por haber sido declarado «non grato» por las autoridades pronazis húngaras, su labor fue continuada en lo posible por el italiano nacionalizado español Giorgio Perlasca, que quedó a cargo del Consulado. Sanz Briz fue homenajeado oficialmente por el Gobierno húngaro en 1998, siendo impuesta a su viuda una importante condecoración a titulo póstumo. 

Un telegrama del Ministro Lequerica 

Para finalizar esta relación de hechos, a continuación transcribimos parcialmente un telegrama del Ministro de Asuntos Exteriores Sr. Lequerica al Embajador de España en Washington en el que le ordena transmita esta información al Congreso Judío Mundial:

«... las múltiples y apremiantes reclamaciones en este sentido (ayuda a los judíos) han dado lugar en algún momento a situación difícil para nuestra representación en Berlín, que ha tenido que soportar, a causa de estas intervenciones, momentos de malhumor por parte de las autoridades alemanas que reiteradamente han dicho que no aceptaban interviniéramos en asuntos en que no tenemos título jurídico para actuar, a pesar de lo cual y de gastarse grandemente nuestra influencia en perjuicio de intereses propios, hemos seguido siempre por consideraciones de caridad y humanidad esforzándonos por obtener mejor trato parajudíos...»

(Telegrama n. 801, al Embajador de España en EE.UU. del 14-10-1944.) 

La ayuda no cesó al terminar la Guerra Mundial 

Al terminar la contienda, la España de Franco continuó con sus acciones de ayuda a los judíos, algunos de los cuales pasaron a ser víctimas y refugiados en los continuos conflictos árabe-israelíes, y todo ello, a pesar de la tradicional amistad que el régimen de Franco mantuvo con los países árabes y de que Israel, una vez constituido como Estado, no estableció relaciones diplomáticas con España y votó en contra de nuestra entrada en la ONU. Así, en 1956 los judíos residentes en Marruecos, que tenían prohibida la salida del país desde la declaración de independencia, fueron ayudados por España a emigrar clandestinamente a Israel a través de la entonces provincia del Sahara. Otro ejemplo de ello fue la concesión en 1968 de visados españoles a 110 judíos egipcios que habían quedado bloqueados por el gobierno de Nasser tras la Guerra de los 6 días. 

Testimonios judíos de agradecimiento 

. Solomo Ben Ami, Ministro de Asuntos Exteriores de Israel y Embaja­dor de Israel en España:

«El poder judío no fue capaz de cambiar la política de Rooselvetl hacia los judíos durante la II Guerra Mundial. El único país de Europa que de verdad echo una mano a los judíos fue un país en el que no había ninguna influencia judía: España, que salvó más judíos que todas las democracias juntas. Es todo muy complejo.»

(Declaraciones a la revista Época en 1991.) 

. Golda Meir, Primera Ministra de Israel, declaró siendo Ministra de Asuntos Exteriores: 

«El pueblo judío y el Estado de Israel recuerdan la actitud humanitaria adoptada por España durante la era hitleriana, cuando dieron ayuda y protección a muchas víctimas del nazismo.»

(Durante un debate en el Parlamento israelí, Knesset, ello de febrero de 1959.) 

. Max Mazin, Presidente de la Asociación Hebrea de España (1973):

«¿Qué importa el número de judíos salvados por España, cuando el precio de una sola vida es infinito? Sé que España salvó las vidas de docenas de millares de hermanos nuestros por diversos procedimientos, y hubiera salvado muchas más de haber tenido oportunidad de hacerla.» 

«El nombre de España es una de las poquísimas luces que brillan en la larga y oscura noche que vivió el pueblo judío durante los trágicos años del nazismo.» 

    . Elie Wiezel, escritor judío, premio Nobel de la Paz 1986:

«España fue, probablemente, el único país de Europa que no devolvió a los refugiados judíos.» 

(Declaraciones a la prensa a su lle­gada a Madrid en julio de 1990.) 

. Haim Avni y Yad Vaskem, profesores de la Universidad hebrea de Je­rusalén:

«Un total de por lo menos 40.000 vidas judías fueron salvadas de las cámaras de gas por las actuaciones directas de las embajadas y consulados españoles. »

«<Estudios sobre la catástrofe judeo-europea y la resistencia», 1970.) 

. Chaim Lipschitz, escritor judío, autor del libro Franco, Spain, the Jews and the holocaust:

«Tengo pruebas de que el Jefe del Estado español, Francisco Franco, salvó a más de sesenta mil judíos durante la II Guerra Mundial. Ya va a ser hora de que alguien dé las gracias a Franco por ello.» 

(Declaraciones a la revista Newsweek en febrero de 1970.) 

. El Congreso Judío Mundial, en su reunión en Nueva York del 1 de octubre de 1944, y en varias ocasiones más después de la guerra, agradeció a España la protección a los judíos perseguidos. 

(Prensa norteamericana de la época y telegrama del Embajador en Washington del 2 de octubre de 1944.) 

. Israel Singer, actual Presidente del Congreso Mundial Judío:

«La España de Franco fue un refugio importante de judíos que se arriesgaron a venir, escapando de la Francia de la libertad, la fraternidad y la igualdad. No quiero defender a Franco, pero en la II Guerra Mundial muchos judíos se salvaron en España e ignorarlo es ignorar la historia.»

(Entrevista en El Mundo, 17 de diciembre de 2005.) 

. Enrique Múgica Hergoz, Defensor del Pueblo y destacado miembro del PSOE: 

«Aquel régimen, tan criticable en otros aspectos, acogió a los judíos que llegaron, bien para asentarse en España, bien para continuar viaje con la ayuda del servicio diplomático.»

(Declaración como presidente de la delegación española en el Congreso Judío Mundial celebrado en Londres en 1998.) 

Conclusión 

Muchos años después de la guerra, en 1970, el antes citado rabino Chaim Lipschitz, estudioso de lo acontecido en la aquellos terribles años, y autor del libro Franco, Spain, the Jews and the holocaust (New York, 1984), tras muchas gestiones consigue una audiencia con el primer responsable e impulsor de aquella generosa ayuda a su pueblo: Francisco Franco. Cuando le pregunta los motivos que le llevaron a adoptar esta valiente y generosa actitud, la respuesta del ya anciano estadista es sencilla y clarificadora de su humanidad, sentido de la justicia y profunda fe cristiana: 

«... Mi actuación se debió a la injusticia que esas acciones (de los nazis) significaban para el pueblo judío. Nosotros actuamos así por motivos de justicia y caridad.

Nuestro gobierno dio instrucciones a nuestros embajadores para que salvaran a todos los judíos posibles, sin limite; y nuestras autoridades de las fronteras recibieron las mismas instrucciones. » 

(Op. cit., pág. 164.) 

Fernando ESQUIVIAS MOSCARDO

 

II
FRANCO. Y LOS JUDIOS
 

Nunca fue devuelto a las autoridades alemanas ninguno de los judíos que conseguían .entrar en España, incluso clandestinamente 

CORRIA el año de 1943. Mi padre era el cónsul de España en la Viena ocupada por los nazis Y vivíamos encima de la cancillería, en el palacio que ahora alberga nuestra embajada. Acudía yo a un colegio de lengua alemana del que era el único alumno español. No puedo borrar de la memoria algunos de los horrores que ese niño de pocos años veía al ir y venir de sus clases: ancianas mujeres judías, con la estrella de David al pecho, barriendo las calles nevadas; en el parque, los bancos del parque para judíos señalados con la estrella infamante en el respaldo; los famélicos israelitas pidiéndome comida a hurtadillas. Todo ello me parecía obra de los mismos hitierianos sin Dios que, presos de fervor neopagano, interrumpian la misa con blasfemias. Menos que nada olvidaré nunca las colas de judíos, fuera y dentro del edificio, a la espera del pasaporte y el visado que les permitiría huir a España. Algunas mujeres angustiadas me entregaban sus joyas para que se las diera a mi padre, con la esperanza de incitarle a que les concediera el documento salvador: él se las devolvía con el mensaje tranquilizador de que España les acogía.

Siempre me ha sorprendido la ayuda que Franco prestó a los judíos perseguidos por el nazismo. No se le caían de la boca las condenas de la conspiracion judeo-masónica que, estaba convencido, hacía peligrar el ser de España. Sin embargo, ya durante la Guerra civil, Franco y sus ministros dieron instrucciones a los representantes consulares de España para que protegieran de la discriminación y la expropiación a los sefardíes de los territorios que iban cayendo bajo el control de los alemanes. Tras la caída de Francia en 1940, el falangista Serrano Suñer concedió visados a numerosos iudíos askenases, que así salvaron la vida; y a los que conseguían atravesar la frontera, les daba salvoconducto para que pudieran pasar a Portugal y América. Cuando Hitier, a partir de 1943, puso en marcha la solución final, la entrega de pasaportes españoles a los judíos de habla castellana en los consu­lados de la Europa ocupada se tomósistemática. De resultas de esta política humanitaria salvaron la vida de 46.000 a 63.000 judíos o quizá más. ¿Quién decidió que los sefardies eran españoles? ¿cómo cuadraba la poca simpatía por los judíos en la España oficial de aquallos tiempos con una politica tan discorde de la del amigo alemán?

Don Luis Suárez Femández, en su obra sobre Franco y la segunda Guerra Mundial, aclara el origen de la providencial disposición que hizo de todos los sefardíes súbditos españoles en potencia. Suprimido en 1923 el régimen especial que protegia a os cristianos y judíos en térritorio turco, el general Primo de Rivera sometió a la firma del rey Alfonso XIII en 1924 un decreto ley que permitía a los sefardíes que lo quisieran inscribirse como españoles en cualquier consulado o embajada, sin más condiciones o limitaciones. Publicadas las leyes antiisraelíes de Nuremberg por los nazis, los representantes españoles en Alemania, y luego en Austria, los Balcanes y Grecia ocupadas, hicieron gestiones para que los sefardíes que tuvieran pasaporte español se libraran de llevar visible la estrella y de pagar los impuestos confiscatorios asignados a los judíos por las autoridades alemanas.

La creciente dureza de la persecución hizo evidente que ya no bastaba con insistir en la posición legalista de que España no admitía que se conculcaran los derechos de sus súbditos. A partir de 1942, sobre todo tras el relevo de Serrano Suñer, comenzó una política sistemática de concesión de pasaportes y visados para permitir la huida de los perseguidos. Además, todos los comentaristas e historiadores subrayan que nunca fue devuelto a las autoridades alemanas ningún judío de los que conseguían entrar en España incluso clandestinamente.

Para que una actitud de mera defensa de la soberanía exterior de España se convirtiera en la política humanitaria aplicada por cónsuies como mi padre en Viena o los residentes en Budapest o en París, era condición necesaria que el Gobierno de Madrid no quisiera poner en obra una decidida política antisemita. Ayuda a entender la posición española el discurso que la jefa de la sección Femenina de la Falange, Pilar Primo de Rivera, pronunció en Viena en diciembre de 1942, con mi padre entre el público: Queremos dejar bien sentado -dijo la hermana de josé Antonio- que nuestra oposición al judaísmo envolvería, en todo caso, un sentido estrictamente político, económico y social, y no una oposición por razones de raza o religión. Esta idea de que el problema judío podría significar dificultades po'í­ticas pero nunca raciales la expresóFranco en su mensaje de Fin de Año de 1939 cuando, refiriéndose a las medidas de expuisión de los Reyes Católicos, dijo que hace siglos que nos libe­ramos de tan pesada carga.

Un día mi padre, monárquico afecto al régimen de Franco, me relató con horror que el gauieiter de Austria le había anunciado la solución del problema judío en Viena: todos los israelíes iban a ser deportados de inmediato Así fui aprendiendo la detestación de todo lo que signifique persecución en nombre del idioma, la religion, la raza, la nación o la historia.

Relata Luis Suárez que, dos días después de la muerte de Franco y ante el arca de la sinagoga de Nueva York, el rabino hizo ofrenda por el alma del general, porque ayudó a los judíos durante la Gran Guerra.

 Pedro SCHWARTZ «La vanguardia Digital»  4 de mayo de 1.999

 

III
Sanz Briz: el ángel español de Budapest

Por Fernando Díaz Villanueva

Los héroes existen en todo tiempo y lugar, pero es en las guerras y allá donde su verdadera talla. A veces hasta pasan desapercibidos y nadie sabe de su gesta del diplomático español destinado en la embajada de Budapest durante la guerra m de hombres de acero. Su nombre es desconocido y sólo unos pocos se han preociado de salvar la  vida de más de 5.000 judíos jugándose el puesto, la carrera y, por descontado, multiplicó por cinco la lista de Schindler pero en Hollywood nunca le harán una película, porque en Hollywood jamás se acuerdan de los que se llaman Sanz. Hagámoslo nosotros. Se lo merece. 

En marzo de 1944 la guerra estaba perdida para el Tercer Reich. Los rusos avanzaban decididos por el Este y, al otro lado del canal de La Mancha, se ultimaban los preparativos del gran desembarco de Normandía. Ante tan sombrío panorama Hitler decidió invadir Hungría, el único país de Centroeuropa que se había librado de la zarpa nazi. Entró para saquear y dar buena cuenta de una próspera y centenaria comunidad judía que aun permanecía intacta. Las deportaciones dieron comienzo con el despuntar de la primavera. Todos los judíos húngaros fueron obligados a registrarse, a bordarse en la solapa la estrella de David y, casi de seguido, a embarcar en trenes de ganado que los llevarían hasta el sur de Polonia, hasta Auschwitz. En Hungría no hubo guetos. No fueron necesarios. 

Mientras el Gobierno pro alemán de Miklos Horthy colaboraba de no muy buena gana con los nuevos amos del país, el cuerpo diplomático se estremecía con los pogromos, las persecuciones por las calles y los campos de tránsito que los nazis húngaros de la Cruz Flechada instalaron para concentrar a los judíos antes de su envío al matadero. En la legación española, que no era ni mucho menos sospechosa de flirtear con los aliados, el encargado de negocios, Miguel Ángel de Muguiro, escribió a Madrid escandalizado por los registros, las palizas y otras especialidades de la casa que los miembros de las SS practicaban con deleite. 

En Madrid conocían a la perfección lo que tramaba el "amigo alemán" en Hungría. Un año antes, Federico Oliván, secretario del embajador español en Berlín, había escrito al ministerio de Exteriores pidiendo permiso para ayudar a los pocos judíos que iban quedando con vida en el Gran Reich: "Si España se niega a recibir a: esta parte de su colonia en el extranjero, la condena automáticamente a muerte, pues esta es la triste realidad". La colonia a la que se refería eran los judíos sefarditas, herederos lejanos de aquellos que fueron expulsados de España por los Reyes Católicos en 1492. 

Tanto Oliván en Berlín como Muguiro en Budapest habían rescatado un viejo decreto promulgado por Primo de Rivera en 1924, en virtud del cual todos los que demostrasen pertenecer a aquella Sefarad errante, obtendrían de inmediato la nacionalidad española. Ocultaban que el efecto del decreto había expirado en 1931, pero en Madrid no se acordaban y los nazis, naturalmente, no lo sabían. Muguiro se agarró a él para solicitar a las autoridades húngaras la protección de los sefarditas. El problema es que en Hungría, sefarditas, lo que se dice sefarditas, había muy pocos. No daban ni para llenar un tren. 

Eso no le arredró, se mantuvo en sus trece e informó a Madrid del negro porvenir de la desventurada comunidad hebrea. Haciendo valer su condición de diplomático intercedió a favor de todos los judíos que pudo y culminó su obra apropiándose de un cargamento de niños, 500 exactamente, cuyo destino era una cámara de gas en Polonia. Consiguió visado para todos y los despachó a Tánger, que por entonces era algo parecido a una colonia española. Esta y otras bravatas le granjearon muy mala fama entre húngaros y alemanes, que presentaron una queja ante su superior. Muguiro fue cesado fulminantemente. El puesto se lo quedaba su secretario que, no tan casualmente, estaba metido en el ajo del salvamento a granel de judíos. Se llamaba Ángel Sanz Briz, era zaragozano, tenía 32 años, una mujer hermosa y una niña recién nacida. 

El cargo que ocupaba era el de encargado de negocios, clásica covachuela que tienen las embajadas y que no suele servir de gran cosa, pero Sanz Briz le dio un nuevo significado inaugurando un negociado único en su especie, el de salvar vidas. Junto a Giorgio Perlasca, un italiano que había combatido en la Guerra Civil, depuró y perfeccionó los procedimientos de Muguiro. Se trataba de hacer lo mismo pero sin armar escándalo y planificándolo mejor. A Perlasca le nacionalizó español y, para conjurar las habladurías, le contrató en la embajada. Pasó entonces Giorgio, en una mutación onomástica muy habitual en la época de Franco, a llamarse Jorge, o don Jorge, porque tanto él como Sanz Briz fueron siempre y por encima de todo un par de caballeros, en todos los sentidos de la palabra. 

Había en Budapest otros diplomáticos embarcados en similar tarea. La embajada de Suecia, por donde paraba Raoul Wallenberg, se convirtió en un tablón al que se agarraron miles de condenados a muerte. En la de Suiza Carl Lutz se inventó los llamados "schutzbriefe", es decir, salvoconductos de protección, que pronto entre los judíos adoptaron el nombre de "certificados de la vida". Ese fue el modelo que inspiró a Sanz Briz. No podía informar al ministro de sus intenciones porque le hubiera supuesto el cese, pero si hacerle partícipe de las "monstruosas crueldades que nazis y cruz f1echados están perpetrando en Hungría contra individuos de raza judía". Madrid respondía con el silencio. Ni sí ni no. Algo así como "haga usted lo que crea conveniente pero no enrede más de la cuenta y nos complique" . 

Lo que no parecía del todo mal en Madrid es que los sefarditas regresasen a su patria, aquella que, injustamente expulsados, habían abandonado cinco siglos antes. Los nazis no terminaban de entender que la España de Franco, a la que habían auxiliado en su cruzada, se preocupase de unos judíos desterrados tanto tiempo atrás. No lo entendían pero tragaban. En 1943 la embajada de Berlín había conseguido sacar de Bergen-Belsen a 365 judíos que, a decir del embajador, eran sefarditas, esto es, españoles, es decir, súbditos de un tipo de quien se decía que el mismo Führer prefería ir al dentista antes que entrevistarse con él. Un caso inaudito y probablemente único en la historia de los campos nazis. Por una vez los presos que entraron en tren salieron en tren y no por la chimenea. 

Los nazis de Hungría no conocían el número exacto de sefardíes pero sabían que eran pocos, por lo que estaban dispuestos a transigir. Previo pago, claro. Sanz Briz envió una carta muy educada a Adolf  Eichmann, gauleiter (gobernador) de Hungría, acompañada de una importante suma de dinero para asegurarse que los batallones descontrolados de las SS no importunasen a sus judíos. Eichmann era un asesino, un ladrón y un sinvergüenza, un desecho humano de pies a cabeza, pero procuraba guardar las formas, especialmente si las formas se las había cobrado con antelación. 

Las autoridades, debidamente reblandecidas con dinero y cortesías, otorgaron al representante español un cupo de 200 personas, que era, más o menos, el número de hebreos de ascendencia sefardí en todo el país. Sólo podía emitir 200 pasaportes, ni uno más. Sanz Briz lo aceptó sin rechistar y dio órdenes en la embajada para preparar los salvoconductos, pero no 200 sino muchos más, tantos como fuese posible. El truco residía en que ninguno de los pasaportes tenía un número mayor al 200, pero tampoco estaban repetidos. Fue creando series que iban del 1 al 200, así, por ejemplo del pasaporte número 50 había varios: de la serie A-1, de la A-2, de la A-3... 

El engaño era perfecto pero insuficiente. Para salvar a 1.000 necesitaba cinco series, para 2.000 diez, y así sucesivamente. Podía irse todo al traste si un agente de las SS paraba por la calle, en el mismo día, a dos portadores del mismo número pero de diferente serie. Para reducir las comprometedoras series reinterpretó el cupo concedido por los nazis aplicándoselo no a individuos sino a familias. Así, el pasaporte 50 de la serie A-1 podía pertenecer a cinco o seis personas. Esto, sin embargo, creaba otro problema, el de la cantidad. Los nazis se escamarían si veían demasiados judíos "españoles" por la calle. 

Alquiló entonces varias casas en Budapest para cobijarles. Sólo podían salir un rato por las mañanas, la embajada se encargaría del resto: de la comida, de la atención médica y de mantener a los nazis y cruzflechados lejos de la puerta. Para evitar disgustos mandó colocar en cada uno de los edificios una llamativa placa en húngaro y alemán que decía "Anejo a la Legación de España. Edificio extraterritorial". Por si las moscas. Funcionó de maravilla, nunca fueron forzadas. Los judíos permanecían en las casas hasta que Sanz Briz conseguía un transporte para Suiza, para España o para cualquier parte donde no les matasen. Ya es curioso que un puñado de casas españolas en la lejana Budapest se transformaron en el templo de la libertad, en un. refugio de vida. 

Los certificados de la vida que expedía Sanz Briz sólo podían entregarse a sefardí es. Para el ángel español todos lo eran: "Certifico que Mor Mannheim, nacido en 1907, residente en Budapest, calle de Katona Josef, 41, ha solicitado, a través de sus parientes en España, la adquisición de la nacionalidad española", rezaba uno de los salvoconductos. Evidentemente, ni Mannheim ni el resto tenían más parientes en España que un joven aragonés que les estaba salvando la vida. 

A finales de 1944 el Ejército Rojo estaba a las puertas de Budapest. La Unión Soviética no reconocía al régimen de Franco por lo que Asuntos Exteriores ordenó evacuar la embajada. Pero si él se iba, ¿quién se encargaría de sus judíos? Perlasca se ofreció voluntario, a fin de cuentas era también italiano, y para entonces Italia amigaba con los aliados. Como Perlasca carecía de título se lo inventó. Conchabado con Sanz Briz falsificó el nombramiento de embajador de España en Hungría y se presentó ante el Gobierno húngaro como el nuevo hombre de Franco en Budapest. Era todo mentira, pero a esas alturas carecía de importancia. Los judíos de Sanz Briz quedaron bajo su tutela hasta que el 16 de enero de 1945 los rusos irrumpieron en la capital poniendo fin al dominio nazi. Entonces Perlasca desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra. Misión cumplida. 

En las casas de Sanz Briz esquivaron a la muerte unas 5.200 personas. Hombres, mujeres y niños que no dudaron en bautizarle, jugando con su nombre de pila, como el "Ángel de Budapest". A muchos los sacó de los trenes de deportación, a otros de las comisarías en noches en las que salía de casa cargado de pasaportes falsos, siempre del 1 al 200 y con la coartada aprendida de memoria. Para los nazis eran apestosos sefarditas, para Sanz Briz simples seres humanos cuyo derecho a la vida era sagrado. 

De vuelta a España el diplomático no recibió ni felicitaciones ni censuras. Él no esperaba ninguna de las dos cosas. Cumplió con su deber de cristiano y prosiguió con su carrera diplomática. Fue destinado a los Estados Unidos y, durante 35 años estuvo representando a nuestro país por medio mundo. Murió en 1980 como embajador de España en el Vaticano. 

Ha pasado a la historia como el Schindler español, aunque, en justicia, a Oskar Schindler debiera llamársele el Sanz Briz alemán. En 1991 el Gobierno de Israel reconoció su labor otorgándole la dignidad de "Justo entre las naciones" e inscribiendo su nombre en el muro del Jardín de los Justos de Jerusalén. Años después, el Gobierno húngaro honró su memoria descubriendo una placa frente al parque de San Esteban, en Budapest, en la fachada de una de las casas que alquiló como cobijo para sus judíos. 

No fue el único. Hubo más diplomáticos españoles que se la jugaron por una causa tan justa como quimérica en aquellos tiempos de barbarie. En Berlín, en la boca del lobo, José Ruiz Santaella arriesgó su vida para ayudar a los judíos alemanes perseguidos. En Sofia, Juan Palencia desafio a las autoridades nazis, salvó a 600 judíos búlgaros hasta que fue declarado persona non grata y expulsado del país. En París, Bernardo Rolland de Miota consiguió arrancar 2.000 judíos al Gobierno de Vichy y trasladarlos al Marruecos español. En Atenas, Sebastián Romero Radigales sacó 500 judíos del país enfrentándose con el todopoderoso embajador alemán. En Bucarest, José de Rojas se tomó tan en serio la protección de los sefardíes que mandó poner en las puertas de sus casas un cartel con una leyenda que no dejaba lugar a equívocos: "Aquí vive un español". 

Se cuentan por miles los judíos que salvaron unos pocos diplomáticos españoles. Hombres de una pieza, héroes anónimos cuya determinación y perseverancia marcó la línea entre la vida y la muerte de tantos inocentes. Quizá parezcan pocos frente al concienzudo exterminio de seis millones de personas, pero cada vida cuenta y, como dice el Talmud: "Quien salva la vida de un hombre, salva al mundo entero". Va por ellos.

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