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18 DE JULIO DE 1936: EL DESPERTAR DE ESPAÑA
INTRODUCCIÓN
España comenzó el Siglo XX bajo el influjo de dramáticas presiones y
funestos presagios. Perdidas sus últimas colonias con el desastre de Cuba y
Filipinas en 1898, sufrió con ello un trauma brutal que golpeó a los españoles
de entonces haciéndoles reaccionar, según sus ideas y carácter, de forma
diametralmente opuesta; sin embargo, puede afirmarse, en general, que tanto unos
como otros cayeron en el mismo exceso de autocompasión, pérdida de confianza y
de autoestima, profundo derrotismo, ensimismamiento y falta de visión de futuro
superados por el impacto de la dura realidad de que ya no eran lo que sus
antepasados fueron.
|
Alfonso XIII |
Incapaces
de reaccionar como nación y colectivo, varios factores incidieron en ahondar el
problema de identidad que les invadió, debiendo citar, entre los principales,
aunque no únicos: el subdesarrollo endémico de extensas áreas geográficas y
sectores de producción de la España de entonces; la tendencia de muchos
colectivos de población a buscar soluciones radicales, violentas e insolidarias
a los problemas; la consolidación de ideologías y líderes que hacían de la
demagogia y la manipulación sus principales armas y métodos de actuación,
entre las que destacaban el socialismo, el comunismo --desde 1921-- y el
anarquismo, propugnando movimientos de masas y luchas de clases propiciadoras de
enfrentamientos sociales agudísimos y profundos, en vez de promover la
necesaria moderación y búsqueda de la concordia en la solución de los
conflictos por muy injustas que fueran sus causas; la existencia de un régimen,
el monárquico, que se resistía a evolucionar y que estaba representado, además,
por un rey, Alfonso XIII, de escasas cualidades políticas y de liderazgo; por
último, la consolidación de un proceso, desarrollado durante todo el Siglo
XIX, por el que los españoles acabaron por dividirse en dos bandos
irreconciliables --dando lugar a las “dos Españas”-- que veían todo de
manera radicalmente distinta y se mostraban incapaces de encontrar métodos de
convivencia respetuosos de los unos para con los otros. Como guinda a todo lo
anterior, el florecimiento de exacerbados sentimientos
nacionalistas-secesionistas en Cataluña y Vascongadas --sin base alguna pero hábilmente
manipulados, eso sí-- supusieron un elemento distorsionador especialmente
hiriente y sensible que colaboró de forma muy activa a que se desequilibrara,
todavía más, la ya de por sí inestable y difícil convivencia entre los españoles.
Por todo lo anterior, el primer cuarto del Siglo XX transcurrió en medio
de un caos político y social casi total, auspiciado por el enrevesado y
destructivo proceder de unos partidos “gubernamentales” que, declarándose
monárquicos, intentaban encauzar las ideas de “derechas” y de
“izquierdas” dentro de un orden, pero que en la práctica se habían quedado
obsoletos de acuerdo a las nuevas necesidades y formas de ver las cosas de la
sociedad del momento; se mostraban, además, incapaces de evolucionar debido a
la corrupción y mediocridad de sus líderes, empeñados en mezquinos
enfrentamientos personales provocados muchas veces por inconfesables intereses
privados que no dudaban en trasladar a la vida política nacional, imposibilitándola
para atender a las reformas institucionales y sociales necesarias, muchas de las
cuales eran urgentes; todo ello permitió que por los múltiples resquicios que
generaba tan deteriorada situación, se colasen los nuevos grupos políticos
--anarquistas, socialistas y comunistas-- que con gran pujanza,
manipulando hábil y torticeramente las carencias e insatisfacciones, muchas
veces justificadas, de amplios sectores de población, generalmente de los más
desfavorecidos, lograron presentarse engañosamente ante ellos como la única
alternativa posible y lógica de solución a sus problemas que los partidos
institucionales ya no representaban.
En este estado de cosas surgió al principio como mera corriente de opinión
intelectual, pero que fue calando poco a poco en amplios sectores de población,
la necesidad de reemplazar al “viejo régimen”, es decir, el monárquico
--sin duda decadente y claudicante en muchos aspectos-- por uno nuevo “joven
y eficaz”, el republicano, que además representara mayoritariamente la
opinión y los deseos reales de los españoles, independientemente de su condición
y, por ello, fuera capaz de enmendar todos los males. Se vendió de esta forma a
la República, con grandes dosis de demagogia, como la panacea única y
necesaria que terminaría con todos los problemas de todos sin excepción, en
especial de los más desfavorecidos y, ello, por sí misma. El hecho es que
muchos asumieron tal precepto con devoción y sinceridad, mientras que otros
--socialistas, comunistas, y en menor medida los anarquistas, dadas sus
especiales características-- lo hicieron por motivos meramente pragmáticos y
como simple instrumento, como paso intermedio, pero valiosísimo, para avanzar
hacia la instauración de sus verdaderos postulados políticos y sociales que no
eran, ni mucho menos, los republicanos, sino la dictadura del proletariado, y
ello a través de un proceso revolucionario idéntico al que por entonces parecía
triunfar en Rusia y se convertía en paradigma y referencia obligada para todos
los teóricamente oprimidos del mundo. Así, la monarquía se enfrentó a la
aparición de una alternativa aparentemente creíble, creciéndole un oponente
capaz de aunar la voluntad de amplios sectores de población y opinión como
nunca antes, por lo que su caída era, por primera vez, posible.
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Gral. Primo de Rivera |
El
intento por salvarla in extremis, dándole una última oportunidad, lo
protagonizaron tanto el General Miguel Primo de Rivera, liderando el “golpe de
estado” de Septiembre de 1923 que dio origen al periodo dictatorial que llevó
su nombre, como el propio pueblo español, al no oponerse al mismo --pues el
golpe fue absolutamente incruento y muy bien recibido por el pueblo llano-- apoyándolo
o, al menos, consintiéndolo, durante casi siete años, hasta Enero de 1930,
momento en el que finalizó al dimitir el General una vez que contra su dirección
se confabularon la practica totalidad de los distintos sectores de opinión,
fueran de izquierdas --especialmente
el PSOE que curiosamente fue muy beneficiado por la labor del dictador con el
cual colaboró ardientemente-- o de derechas, las cuales no encontraron en su
recto e imparcial proceder la protección de sus intereses de clase que
esperaban, por lo que llegado el momento no dudaron en socavarlo e incluso tomar
especial protagonismo en provocar su extinción. Caído Primo de Rivera, la
monarquía quedó al descubierto y se presentó totalmente indefensa pues, fuera
de forma justa en muchas cuestiones, pero también absolutamente injusta en
muchas otras, se la presentó de manera descarada como la responsable de todos
los males de la nación, ahora más que nunca si cabía.
|
José Antonio |
En tal situación bastó la confabulación entre los líderes
conservadores, los republicanos y los de izquierdas en el llamado “Pacto de
San Sebastián” --reunión secreta celebrada en tal ciudad por los principales
líderes de tales formaciones políticas y corrientes de opinión--, con la
participación por primera vez en política activa de los
nacionalistas-secesionistas catalanes, para que sus días estuvieran contados.
Como además, los conspiradores no dudaron en propugnar el uso de cualquier método --legal o ilegal, pacífico o violento-- para procurar su derribo, fueron suficientes unos meses de
acoso a través de una premeditada, alevosa y brutal campaña de agitación
social, así como de una serie de conatos de levantamientos militares
--como el de Jaca o Cuatro Vientos--, para que la Monarquía se viera en
la obligación de convocar elecciones en el peor clima posible para ello a fin
de renovar todos los cargos municipales, provinciales y diputados a Cortes de la
nación a través de una triple convocatoria electoral
--nada más y nada menos-- de
las cuales únicamente se celebrarían la primera ya que, hábilmente
manipulados sus datos todavía provisionales por la presión orquestada en las
calles por los republicanos y las izquierdas, tales elecciones locales fueron
convertidas en práctico referéndum institucional, provocando la caída de la
monarquía y el precipitado abandono del trono por parte de Alfonso XIII, que
salió de España para no regresar jamás --a
pesar de que los resultados oficiales y definitivos dados a conocer unos días
después le fueron del todo favorables--, sin que ni los más recalcitrantes monárquicos
del momento movieran un dedo por él o, como sentenció José Antonio Primo de
Rivera, sin que ni siquiera fuera defendido “...por un piquete de
alabarderos...”.
Así, España se acostó monárquica un 13 de Abril
de 1931, y se levantó republicana el día 14. La clara y demostrada ilegalidad
e ilegitimidad del advenimiento de la II República, debido a que se produjo, no
como resultado de un referéndum institucional real y convocado a los efectos,
sino sobre la base de los resultados provisionales de unas elecciones meramente
locales, no fue óbice para que fuera instaurada y sus mentores accedieran al
poder pues, todo hay que decirlo también, contaron con el apoyo popular
absoluto, cuyas masas asumieron el hecho con naturalidad e incluso con alegría
y esperanza ya que, no en balde, con ella llegaba, teóricamente y según habían
prometido sus partidarios más acérrimos, el final de todos los problemas, por
lo que en tal momento y ante tales perspectivas lo de menos era su absoluta
ilegalidad.
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Proclamación de la II República en
Madrid |
Cuando inició su andadura la nueva república, la situación en España
era la que sigue:
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Manuel Azaña |
Aun
con todo, puede afirmarse que el momento histórico, político y social era único
para poder encauzar por sendas de racionalidad y orden el desarrollo del nuevo régimen
que no era ni bueno ni malo per se, sino que su bondad o maldad dependería,
lógicamente, de su subsiguiente desarrollo. Puede también afirmarse con
rotundidad que ello dependería exclusivamente de los republicanos y de sus
socios, es decir, de las izquierdas, ya que las derechas no tenían, como se ha
dicho, ni fuerza, ni posibilidad alguna de intervenir pues, incluso, muchos de
los potenciales seguidores de las mismas optaron por “esperar y ver” dando,
de mejor o peor grado, pero concediéndolo al fin y al cabo, un margen de
confianza al nuevo régimen y a las nuevas autoridades republicanas que copaban,
para más inri, todo el poder al ostentar todos los cargos
institucionales, fueran los que fuesen, a excepción de aquellas alcaldías en
las que los candidatos de los ya extintos partidos monárquicos habían sido
elegidos, democráticamente, en las elecciones locales citadas. Así pues, todas
las posibilidades estaban abiertas para la República, uno de cuyos más
importantes valedores, Manuel Azaña, a la sazón Ministro de la Guerra en su
primer y provisional Gobierno, manifestó entonces que “...si la República
española se hunde, nuestra será la culpa. Si no sabemos gobernar, nuestra será
la culpa. No hay ya a quien echar un fardo de responsabilidad. Ved que la
libertad trae consigo esa tremenda consecuencia...”.
|
Alcalá Zamora |
Sin
embargo, desde el mismo momento en el que comenzaron a ejercer el poder
--primero provisionalmente y, tras la celebración de las primeras elecciones
generales el 28 de Junio de 1931, de forma efectiva--, los republicanos de Azaña
y los socialistas y comunistas que le apoyaban en el Parlamento se lanzaron a
una serie de reformas que llevaron a cabo de manera brutal en su ejecución y
absolutamente sectaria en su concepción, haciéndolas especialmente nocivas e
inaceptables para grandes sectores de población, pues, al verse poseedores de
la mayoría absoluta en la Cámara --las
“derechas” no lograron en esas elecciones nada más que 40 diputados de un
total de 432-- actuaron sin tener
en cuenta a los que no opinaban como ellos, imponiendo sus criterios en todas
circunstancias, despreciando incluso el hecho conocido de que, a pesar de todo,
los escasos diputados derechistas no representaban realmente en esos momentos el
verdadero potencial de voto y opinión de tal sector de población que era, sin
duda y como después se vio, muy superior. Lo anterior se hizo especialmente
hiriente en lo que se refiere a la redacción de la nueva Constitución
republicana que, en vez de ser confeccionada por consenso entre todas las
opiniones de la nación, como texto superior que debía ser, resultó hija
exclusiva de las ideas republicanas y socialistas más extremas, naciendo así
partidista y siendo, por ello, rechazada --por
el momento sólo anímicamente-- por los sectores de derechas que poco a poco
iban consiguiendo salir de su marasmo inicial. El propio Alcalá-Zamora, a la
sazón Presidente de la República, diría más tarde que “...la Constitución
invitaba a la guerra civil, desde lo dogmático, en que impera la pasión sobre
la serenidad justiciera, a lo orgánico, en que la improvisación y el
equilibrio inestable sustituyen a la experiencia y a la construcción sólida de
poderes...”.
|
Uno de los muchos conventos e
iglesias quemados por las turbas |
A
lo anterior hay que añadir que el nuevo Gobierno llevó a cabo desde los
primeros instantes una directa y evidente labor de persecución y
amedrentamiento de todo aquel que no opinaba como él o simplemente era
sospechoso de tal posibilidad, lo que iba a ser tónica general del proceder de
las fuerzas republicano-socialistas en adelante. La quema de iglesias y
conventos de Mayo de 1931, cuando la República apenas llevaba un mes de
existencia, fue el primero, puede que más brutal, pero no el único, de los
ejemplos de lo antes dicho. Animada desde sus orígenes de una furia anticatólica
sin igual, los nuevos gobernantes y sus partidos no se conformaron con la simple
y lógica separación entre la Iglesia y el Estado, sino que su ideario y
acciones fueron encaminadas a borrar a lo religioso de la escena política,
social e incluso privada de España. Cuando las turbas, perfectamente
organizadas por los profesionales de la agitación --socialistas, comunistas,
anarquistas y republicanos--, se dieron al saqueo e incendio de los edificios
religiosos, el Ejecutivo miró para otro lado e incluso impidió que las fuerzas
de seguridad y los bomberos intervinieran, permitiéndolo únicamente cuando las
llamas amenazaron con propagarse a los edificios de viviendas aledaños o se
extinguieron una vez que habían conseguido calcinar hasta los cimientos de los
edificios elegidos. Tal hecho, junto con la pasiva, voluntaria y cómplice
actuación gubernamental, alejó de la República a grandes masas de población
que habían comprobado como el nuevo poder, nada más instaurarse, hería sus
creencias y reducía a cenizas sus esperanzas.
El
bienio que Azaña se mantuvo en el poder, como se ha dicho con el apoyo de sus
republicanos y del PSOE, se caracterizó, además, por un paulatino
empobrecimiento de la economía de la nación, el crecimiento de la inseguridad
ciudadana especialmente por el descontrol de los anarquistas de la CNT y FAI que
creían llegado su momento de avanzar hacia el comunismo libertario, y el
encrespamiento de la problemática independentista en Cataluña y Vascongadas
cuyos dirigentes creían que se les iban a hacer realidad las promesas que tanto
Azaña como los socialistas, dirigidos por Largo Caballero e Indalecio Prieto,
les venían haciendo desde hacía tiempo. Todo ello sumió a España en un caos
idéntico al que se vivió durante los últimos años de la monarquía, causando
en los españoles una terrible impresión al comprobar, todos sin excepción,
por unas u otras causas, que lo que se les prometió, la panacea a sus
problemas, no podía ser esa República que tanto se había alabado y esperado,
por lo que ahora pasaba a ser despreciada o temida, según los casos, por unos u
otros.
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Indalecio Prieto y Largo Caballero |
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Gral. Sanjurjo |
En
estas circunstancias nada puede extrañar que surgiera un primer atisbo de
reacción en forma de intento de “golpe de estado” --capitaneado por el
General José Sanjurjo, en Agosto de 1932--
que fracasó, no sólo porque estuvo tan mal preparado como ejecutado,
sino sobre todo porque no contó con el respaldo ni de las Fuerzas Armadas en su
conjunto, ni de las masas civiles teóricamente factibles de dárselo, es decir,
de los sectores monárquicos latentes aun y de las incipientes derechas,
sirviendo sólo para que Azaña y los suyos --que conocían todos los detalles
de la intentona y dejaron que se produjera conscientes de su poca consistencia y
fácil represión-- obtuvieran la
excusa que no habían tenido hasta entonces para justificar sus acciones
--e intenciones de siempre-- encaminadas
a acabar con las derechas a toda costa y en todos los órdenes, lo que
intentaron hacer a raíz del fracaso del golpe desencadenando, además de una
brutal e indiscriminada represión contra los implicados o los meramente
sospechosos de haberlo estado, una nueva tanda de reformas en todos los
estamentos estatales, mucho más sectaria y brutal que las anteriores, y que por
ello pueden hoy ser calificadas de verdaderas purgas, especialmente entre los
funcionarios y principalmente entre los mandos del Ejército y de la Armada,
instituciones a las que se pretendían “republicanizar”, eso sí, según sus
criterios partidistas y como fuera.
|
Gil Robles |
Junto
a lo anterior, se dio el caso de que la propia Jefatura del Estado, ejercida por
Niceto Alcalá Zamora, salió del bienio azañista manchada por el estigma de la
parcialidad y el sectarismo, pues sus actuaciones personales, sus continuas
injerencias anticonstitucionales en la política diaria y su falta de conciencia
de cual era su verdadera función, mostraron a los ciudadanos que, si bien el
Rey tuvo sus defectos, el nuevo “rey republicano”, es decir, el Presidente
de la República, adolecía de los mismos e incluso de algunos más. Puede
afirmarse hoy en día que Azaña, desde su ejercicio de la Presidencia del
primer Gobierno republicano, y Alcalá Zamora, desde el suyo de Presidente de
tal régimen, llevaron ya en 1933 a la República al desastre provocando su
descrédito más alevoso, dejándola desprestigiada y prácticamente en ruinas a
los ojos de los españoles para siempre: de los de izquierdas, porque a pesar de
haber sido los sostenes de Azaña, y aun con haber conseguido mucho, no se
conformaban con lo logrado y deseaban que las reformas profundizaran aun más en
el camino hacia la republica de corte socialista y bolchevique que pretendían,
alejándola de su concepto originalmente democrático y abocándola a la
instauración de una dictadura del proletariado; de las derechas, aglutinadas
principalmente en torno a la figura emergente de José Mª Gil Robles, y de su
Confederación de Derechas Autónomas (CEDA), porque perseguidas política,
social y económicamente de manera injustificada con la excusa de su supuesta
animadversión al régimen republicano y el infundado respaldo a la
“sanjurjada”, se vieron obligadas a adoptar una postura defensiva a ultranza
ante las continuas injusticias y parcialidades de que eran objeto por parte del
nuevo poder, atemorizadas al ver y sentir lo que para ellas significaba la República
o, al menos, la única república que conocían hasta ese momento.
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Cola de votantes en Noviembre de 1933 |
Tal
situación obligó a la disolución de las Cortes y a la convocatoria de
elecciones anticipadas, las cuales, celebradas en Noviembre de 1933, serían
cruciales. Azaña, sus republicanos y sus socios socialistas --y en menor medida
los comunistas--, hasta entonces con mayoría absoluta, fueron amplia, clara y
democráticamente derrotados en las urnas --donde más les dolía-- por la nueva
coalición de partidos de derecha y centro-republicano que, ante la perspectiva
que se les ofrecía, tuvieron el acierto de aunar posturas políticas y
programas electorales presentándose en coalición. La abstención propugnada
por los anarquistas, mayoritarios entre grandes sectores de población
principalmente en Cataluña, Aragón y Asturias, tuvo también mucho que ver en
la derrota de Azaña y el PSOE, así como del ya muy consolidado PCE, al
restarles unos votos que les hubieran sido fundamentales para evitar, al menos,
la debacle que sufrieron. Así, el nuevo Parlamento y el nuevo Gobierno tuvieron
un claro color de centro-derecha-republicano, lo que nada más conocerse provocó
la reacción visceral de los perdedores --Azaña, el PSOE y el PCE-- que
anunciaron que tales resultados “...ponían en peligro a la República...”
--pues para ellos la República
la encarnaban solamente ellos mismos-- y
que no iban a consentir que en el Gobierno ocuparan carteras ministeriales las
derechas ya que, si tal hecho se producía, se considerarían obligados a
recuperar el poder como fuera.
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Alejandro Lerroux |
Por
ello, Gil Robles, que había obtenido el mayor número de votos y a quien en
buena lid democrática le correspondía formar Gobierno, no sólo no recibió
tal encargo del asustado y parcial Presidente de la República, Alcalá Zamora,
sino que de motu propio cedió voluntariamente tal prerrogativa democrática
y dejó que el nuevo Ejecutivo tuviera color de centro-republicano
exclusivamente, es decir, que lo encabezara Alejandro Lerroux
--líder del Partido Radical representante de tal tendencia-- y que todos los Ministros fueran de tal partido. Comenzó así
su andadura el nuevo Gabinete y, enseguida, se vio sometido a todo tipo de
presiones y provocaciones por parte de las izquierdas y de los republicanos de
Azaña que utilizaron con profusión sus armas preferidas, es decir, la agitación
social --con cientos de huelgas salvajes y violentas--, la subversión callejera
y las acciones terroristas, sin descartar tampoco la incitación a la sublevación
militar, dada la infiltración que habían logrado sus premisas en muchos mandos
militares. Lo anterior, unido a la poca consistencia política de Lerroux y sus
seguidores, provocó continuas crisis de gobierno, generando una inestabilidad
política e institucional que pronto dejó en entredicho la capacidad del
centro-republicano para gobernar. Por ello, los problemas de España no sólo no
mejoraron, sino que se agravaron.
Entre
tanto, y con motivo de las elecciones de 1933, había aparecido por primera vez
en la escena política y social de España la Falange Española, fundada ese
mismo año por José Antonio Primo de Rivera y fusionada desde sus comienzos con
las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS) de Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo
Redondo Ortega, dando lugar a FE de las JONS.
|
José Antonio, Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo |
Fue
la Falange, nombre con el que sería conocida popularmente, una agrupación política
y social difícil de encasillar en el escenario político español de entonces.
Movimiento de raíces genuinamente patrióticas, acumuló un ideario político
cercano a la derecha en lo referente a la unidad nacional, la tradición histórica
y el modelo espiritual heredero del que animó al imperio español de los Siglos
XV y XVI --los Reyes Católicos,
Carlos V y Felipe II--, cuyo concepto nacional quiso resucitar, mientras que en
lo social se decantó abiertamente por defender postulados prácticamente de
izquierda y revolucionarios, abogando por reformas laborales que sacaran a las
masas trabajadoras de la explotación capitalista, pero repudiando radicalmente
el principio de lucha de clases fundamental en las izquierdas y que, a su
juicio, envenenaba, enfrentaba y manipulaba las relaciones entre obreros y
patronos, convirtiendo a unos y a otros en enemigos irreconciliables sin
necesidad. Propugnó, en lo religioso, la separación entre la Iglesia y el
Estado, abogando por el reconocimiento del hombre como poseedor de valores
eternos y, por ello, por la necesidad de que las leyes estuvieran enraizadas en
los principios cristianos propios de nuestra cultura europea y occidental.
En
las citadas elecciones de 1933 no alcanzó sino un reducido puñado de escaños
que le serviría, no obstante, para abrirse un pequeño hueco en el elenco político
español del momento; aunque nunca pasó de ser un grupo minoritario, su fuerza
estuvo basada en la juventud de sus afiliados y en lo decidido de sus
actuaciones. Por todo ello, fue objeto predilecto de los odios tanto de las
izquierdas, quienes veían en su credo social un competidor peligrosísimo en su
lucha por el monopolio del control de las masas obreras, como de las derechas,
que miraban con envidia su defensa de una España unida y con sumo recelo la
esencia de la revolución social que propugnaba. Los primeros aprovecharon los símbolos
externos falangistas --similares
a los fascistas italianos, único punto de similitud entre uno y otro ideario--
para colocarles el susodicho sambenito y hacerles objeto preferente de
sus iras; las derechas, por su parte, les tildaron, paradójicamente, de
“bolcheviques”. Ni unos ni otros lograron, ni se preocuparon, por entender
realmente lo que la Falange significaba.
En Octubre de 1934 el Gobierno Lerroux del momento, pues había habido
varios por las continuas crisis ministeriales, hizo nuevamente aguas y se anunció
una remodelación profunda del Gabinete para la que Gil Robles exigió, ahora sí,
como le correspondía legítima y democráticamente, el nombramiento de algunos
de sus partidarios como Ministros. Tal posibilidad puso en marcha de inmediato
la anunciada reacción de la izquierda para impedirlo, siendo amparada por el
propio Presidente de la República. Como sea que el acceso al Gobierno de los
cedistas se llevó a cabo al incluir Lerroux, que siguió como Presidente del
Gobierno, a tres miembros de tal tendencia en el Ejecutivo que nombró en la
noche del 4 de Octubre, de inmediato se activó en toda España, al unísono, de
forma coordinada y perfectamente organizada, lo que se llamaría “revolución
de Octubre”, es decir, un movimiento revolucionario violento por el que las
masas republicano-azañistas e izquierdistas se aprestaron a tomar el poder
mediante la violencia conculcando de forma alevosa y brutal el ordenamiento jurídico
vigente.
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Calvo Sotelo |
|
Luis Companys |
Lo
mejor de todo lo anterior es que tal estallido revolucionario fue posible porque
los preparativos para él venían realizándose desde el mismo momento en que
tales grupos habían perdido el poder en las elecciones de finales de 1933
--dejando en evidencia su inexistente espíritu y convicción democrática--,
como así lo demuestran las compras de armas que se efectuaron desde entonces y
que fueron llegando clandestinamente a España, la fabricación de explosivos,
la constitución de depósitos de armamento y las instrucciones, circulares y
otros documentos que se intervinieron por las fuerzas de seguridad en las sedes
socialistas y comunistas, todo ello dirigido personalmente por los máximos
dirigentes de tales tendencias, entre otros Largo Caballero e Indalecio Prieto,
ambos diputados; lo anterior se realizó, además, en claro contubernio con los
independentistas catalanes, si bien los vascongados, aunque estaban al tanto,
prefirieron mantenerse prudentemente al margen. El gran fallo de tal dispositivo
para la toma del poder radicó, sin embargo, como en las pasadas elecciones, en
la inhibición de los anarquistas, que consideraron el intento revolucionario
como demasiado “burgués” para ellos, por lo que no le prestaron su apoyo,
restándole fuerza, decisión de la que se arrepentirían, tomando buena cuenta
de ello para cuando se produzca el Alzamiento Nacional en 1936.
Paradojas
de la España de entonces fue que la legalidad republicana y su Constitución
--aun sectaria desde su origen y elaborada por las mayorías republicano-azañistas
e izquierdistas-- tuvo que ser defendida por los centristas-republicanos y las
derechas, aquellas a las que tanto se había perseguido precisamente por
considerarlas supuestamente anti-republicanas; de un lado, en contra de la
legalidad republicana, se colocaron Azaña, el PSOE, el PCE y los
independentistas catalanes de la Esquerra Republicana liderados por Luis
Companys; de otro, el Gobierno legal y legítimo de Lerroux, Gil Robles y su
CEDA, el Bloque Nacional de Calvo Sotelo y la propia Falange de José Antonio.
|
Franco
Tte. Col Yagüe |
Durante
quince días España se sumió en un mar de violencia inusitada, de revueltas
armadas, de enfrentamientos y choques furiosos y sangrientos. Para lograr vencer
el intento revolucionario hizo falta hacer uso de las fuerzas del Ejército,
incluso trayendo a las que se ubicaban en Marruecos, es decir, de la Legión y
de los Regulares por entonces consideradas de elite. El General Francisco Franco
fue llamado urgentemente por el Gobierno para que se hiciera cargo
provisionalmente de la Jefatura del Estado Mayor Central y, desde Madrid,
coordinara las operaciones. Se venció a cañonazos el intento independentista
catalán llevado a cabo por Companys en la noche del 6 al 7 de Octubre. Mientras
que en la mayor parte de España se consiguió reducir los focos revolucionarios
en unos pocos días, en Asturias se vivió una verdadera situación de guerra
abierta. Principalmente los mineros, dirigidos por sus líderes socialistas y
comunistas, intentaron ocupar Oviedo después de hacerse con toda la provincia
en los dos primeros días a base de dinamita y fuego.
|
Gral. López Ochoa |
En
la capital asturiana resistieron hasta lo imposible su escasa guarnición
militar y las reducidas fuerzas de seguridad todas las cuales fueron liberadas in
extremis por fuerzas del Ejército llegadas de Galicia, África y
Vascongadas --éstas en menor
proporción--, al mando del General López Ochoa y el Tte. Col. Juan Yagüe. La
revolución arrojó un balance de entre mil cincuenta a mil cien muertos en toda
España entre militares, agentes del orden y civiles --de estos últimos treinta
y tres sacerdotes asesinados en Asturias por el mero hecho de ser precisamente
eso, sacerdotes--, además de cerca de tres mil heridos de diversa consideración,
muchos de ellos mutilados, e incontables pérdidas por la destrucción de
edificios, medios de transportes, cosechas y un largo etcétera.
Por
sus especiales características de toda índole, hoy en día queda claro y es
aceptado por los estudiosos más refutados que el intento revolucionario de 1934
señaló el comienzo de la guerra fratricida que enfrentaría a los españoles a
partir de Julio de 1936, de la que el Alzamiento sólo sería su segunda escena.
La revolución definió nuevamente, y casi de forma total e irreconciliable, las
“dos Españas” que se iban a enfrentar de forma absoluta más adelante, al
igual que, de forma incipiente, lo habían
hecho en ese mes de Octubre. Sobre tal hecho Salvador de Madariaga,
personalidad nada sospechosa dado su radical republicanismo, diría después “..el
alzamiento de 1934 es imperdonable. La decisión presidencial de llamar al poder
a la CEDA era intachable, inevitable y hasta debida desde hacía tiempo. El
argumento de que el Sr. Gil Robles intentaba atacar la Constitución para
implantar el fascismo era, a la vez, hipócrita y falso. Con la rebelión de
1934, la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad para condenar
la rebelión de 1936...”.
Dominada la revolución, el centro-republicano y la derechista CEDA
permanecieron en el poder hasta Febrero de 1936. En los varios Gobiernos que se
sucedieron participó como Ministro de la Guerra el propio Gil Robles y, en
contra de lo que las izquierdas pregonaban, no se produjo el temido “golpe de
estado”, sino todo lo contrario, y a diferencia de lo ocurrido cuando Azaña y
los socialistas accedieron al poder nada más estrenarse la nueva república y
con mayoría absoluta, ahora el centro-derecha, también con mayoría absoluta
--incluso con los dirigentes izquierdistas en la cárcel o en el
extranjero como consecuencia de tener que hacer frente a sus responsabilidades
judiciales por su participación activa en las revueltas--, intentaron no
exasperarles y poco a poco fueron concediendo una serie de indultos que les
permitieron volver a la calle y ser repuestos en sus cargos, especialmente a los
militares que se habían sumado a la insurrección
--algunos mandos del Ejército secundaron el intento independentista
catalán cometiendo traición, lo que entonces se castigaba con la pena de
muerte-- o se habían inhibido en su neutralización. Ello permitió
que las izquierdas y los republicanos azañistas retomaran el vuelo.
Sin
embargo, y en contra de lo que podía pensarse y cabía esperar, en vez de
reconducirse hacia posturas moderadas --no
sólo ante la importancia del gesto político de las derechas, que se incluían
definitivamente en el juego democrático republicano alejando de ellas cualquier
sombra de anti-republicanismo, sino por la dureza de lo ocurrido durante la
revolución--, los republicanos de Azaña y las izquierdas volvieron a las
andadas y aun más crecidas, tomando la postura de las derechas como debilidad y
ensalzando y tergiversando los hechos de la propia revolución de Octubre,
declarando que su objetivo era ir a una nueva insurrección sólo que esta vez
desde el poder, es decir, controlando los resortes del Estado de los que habían
carecido en Octubre, para asegurarse el triunfo.
Desgastados los sucesivos gobiernos de centro-republicano y de derechas,
en parte por la incesante presión a que les sometieron los republicanos azañistas
y las izquierdas, como ya se ha dicho, y en parte por sus propias incapacidades,
divisiones internas y algunos sonados casos de corrupción que afectaron
directamente al propio Lerroux, la situación se hizo insostenible y, tras
varias nuevas intervenciones anticonstitucionales y partidistas a favor de las
izquierdas por parte del Presidente de la República, Alcalá Zamora, se
convocaron elecciones generales que se celebraron en Febrero de 1936, acudiendo
a ellas los españoles ya definitiva e irremediablemente divididos en dos bandos
irreconciliables. Por un lado, republicanos-azañistas, socialistas, comunistas
y, esta vez, los anarquistas, secundados todos ellos por los independentistas
catalanes y, también ahora, vascongados; por otro, los restos de los
centristas-republicanos de Lerroux, la CEDA de Gil Robles, el Bloque Nacional de
Calvo Sotelo, los Tradicionalistas --principalmente
navarros-- y la Falange. La
diferencia es que mientras los primeros se coaligaron formando el llamado Frente
Popular, bajo cuyo paraguas se presentaron unidos, los segundos, por creerse Gil
Robles que no precisaba de los demás, ni querer hipotecas políticas cuando
accediera al poder, lo que consideraba seguro, se presentaron cada uno por
separado. El resultado de tal división estaba claro y así se lo intentaron
hacer ver a Gil Robles los demás, en especial Calvo Sotelo, pero todo fue en
vano. Las elecciones dieron ganador al Frente Popular que, aun obteniendo un número
de votos --4.430.000-- prácticamente
igual al de sus adversarios políticos --4.511.000--,
por la ley electoral vigente salió beneficiado al haberse presentado en coalición,
siéndole adjudicada una mayoría de diputados.
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Celebración en la Plaza de la
Cibeles de Madrid de la victoria del Frente Popular |
Tal y como era previsible, nada más conocerse los resultados oficiales e
incluso antes, los dirigentes del Frente Popular se dedicaron a hacerse con
todos los resortes del poder, cesando o expulsando de sus cargos, por las buenas
y legalmente, o por las malas e ilegal y violentamente, a todos aquellos que no
comulgaban con su ideario político o social. Se desencadenó, a partir de tal
mes, una ola de persecución de todos los considerados como de derechas,
afiliados o simpatizantes, así como de aquellos tildados de “fascistas”,
es decir, el Bloque Nacional, la Falange y los Tradicionalistas, si bien tal
apelativo se haría enseguida extensivo incluso a la CEDA, de tal forma que
tanto para los partidos como para los seguidores del Frente Popular sólo había
quienes estaban con ellos o quienes estaban en su contra y, éstos,
independientemente de su credo, ideas e incluso declarado apoliticismo, pasaron
a ser tachados de “fascistas” y enemigos de la República, la cual sólo
podía ser encarnada correctamente por ellos, es decir, por los “frentepopulistas”;
por tanto, todos aquellos declarados “fascistas” fueron considerados
elementos a extinguir, no sólo política, sino incluso físicamente. Junto a
ello, se llevaron a cabo profundas depuraciones en todos los estamentos
estatales, fueran del Ejército o de la Armada, de las fuerzas de seguridad,
magistratura o enseñanza y una declarada persecución de la religión y de sus
representantes, es decir, sacerdotes y religiosas.
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Militantes del Frente Popular
manifestándose por las calles |
Se
caminaba, pues, hacia una nueva revolución, algo que los propios dirigentes
socialistas y comunistas no ocultaban, prodigándolo a los cuatro vientos. La
situación en las calles fue de absoluta anarquía; puede afirmarse que no
existió “estado de derecho”, ni siquiera del republicano. El caos
prerrevolucionario lo envolvió todo. Las agresiones y enfrentamientos armados
fueron continuos. Las instituciones y autoridades o se inhibían o eran los
promotores de tales sucesos. La situación económica, laboral y social se volvió
deprimente. Se promovió y consiguió, sin mayores dificultades, incluso el cese
de Alcalá Zamora como Presidente de la República, dándosele un plazo de
veinticuatro horas para abandonar el país, siendo sustituido por Azaña, al que
se apartó así, en un “retiro dorado”, del Gobierno, buscando los líderes
frentepopulistas ocupar todos los cargos ejecutivos, relegando de ellos incluso
a sus socios republicanos de siempre. De esta forma, incluso los republicanos
azañistas que habían apoyado al Frente Popular dotándole de una cara teóricamente
moderada capaz de atraer la voluntad de amplios sectores de población que aun
creían que la República podía ser sinónimo de orden si se la encarrilaba
adecuadamente, debieron asumir el papel de meros teloneros de las verdaderas
intenciones del resto de los participantes en la coalición de izquierdas, que
no eran otras que las de implantar, según el caso, una república socialista
revolucionaria (PSOE), una dictadura del proletariado bolchevique (PCE) o el
comunismo libertario (los anarquistas de la CNT y FAI); por su parte, los
independentistas catalanes y vascongados procedieron a dar los pasos precisos
para hacer efectiva la secesión de sus respectivas regiones.
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Varela
Saliquet
Ponte
Villegas |
Y
es en este estado de cosas, acosadas política, social y físicamente las
derechas y en general las gentes de orden por unas izquierdas desbocadas en
galope tendido hacia una nueva revolución y con los núcleos republicanos unas
veces testigos mudos de tal desorden y otras cómplices activos de ellos, cuando
comenzaron, en Marzo de 1936, a darse los primeros pasos para la gestación de
lo que sería conocido como el Alzamiento Nacional. Quienes procedieron a ello
fueron un reducido grupo de prestigiosos militares que se reunieron por primera
vez en un domicilio de Madrid antes de incorporarse a los nuevos destinos que el
Gobierno frentepopulista les había asignado con la intención de alejarlos de
la capital y de la Península. En tal reunión estuvieron presentes los
Generales Mola, Franco, Saliquet, Ponte, Varela, Villegas, Orgaz, Rodríguez del
Barrio, García de la Herrán, González Carrasco y Fanjul. La reunión fue, en
realidad, un intercambio de opiniones sobre lo que cada uno opinaba en relación
con la situación política, social y laboral que vivía España y su común
preocupación porque la próxima revolución, ya anunciada, se mostrara
imparable si con antelación a ella no se hacía algo para desbaratarla, visto
que los poderes del Estado se encontraban, precisamente, en manos de los propios
revolucionarios. En esta toma de contacto sólo se quedó en permanecer alertas
y mutuamente informados, encargando al General Emilio Mola Vidal, dada su
idoneidad, la elaboración de un plan concreto, así como de contactar y
apercibir a todo elemento militar o civil que pudiera estar interesado en
sumarse al golpe de fuerza que, sólo en caso de extrema necesidad, habría que
llevar a cabo.
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Gral. Emilio Mola |
Es
muy importante hacer notar que los objetivos de este golpe no fueron
partidistas, ni de clase o simplemente para salvar los intereses de un sector de
la sociedad, sino muy al contrario, para volver la República hacia sus cauces
democráticos obviamente perdidos por la actuación del Frente Popular; además,
se pretendía también salvar a España del futuro bolchevique que se le
reservaba --convirtiéndola en satélite adelantado en Europa de la
Rusia estalinista de entonces--, preservando así su cultura, tradiciones y raíces.
En varias ocasiones los protagonistas por excelencia del Alzamiento así lo
afirmaron. Por ejemplo Mola, verdadera alma del Alzamiento, escribió “...España,
presa de la más espantosa anarquía se desangra y muere...vulnerada la
Constitución, negados los más elementales derechos de ciudadanía, comenzando
por el de la vida, entregados pueblos y ciudades al dominio de los pistoleros,
España ofrece hoy un espectáculo de miseria, sangre y dolores como jamás haya
registrado su Historia...¿qué por qué nos rebelamos y adónde vamos?...nos
vamos a rebelar contra un poder ilegal que, abusando del poder, se ha declarado
beligerante en las contiendas políticas...preferimos sucumbir antes que ver a
España sumida en la barbarie...vamos a crear una España grande, una España
fuerte, una España unida y cristiana...a crear escuelas donde los maestros enseñen
a amar a Dios y a España...a resolver los problemas de la tierra...a obligar al
que tenga mucho, a que lo reparta con el que tenga poco...vamos a ser reyes y señores
dentro de nuestras fronteras, sin admitir sugestiones, ingerencias, ni
imposiciones de fuera...queremos una España libre...y eso lo haremos entre
todos y para todos...”; Franco también diría más tarde “...nosotros
no vamos a luchar por ningún partido político. Nuestra misión, la única, será
labrar una nueva España frente a la anarquía, el caos, el desorden y el
crimen...”.
De
esta forma, y desde Pamplona, donde ejercía como Gobernador Militar de tal
ciudad y jefe máximo de su guarnición, Mola fue tejiendo poco a poco,
superando grandes dificultades y múltiples escollos, los hilos del Alzamiento.
Estableció contacto con la practica totalidad de las guarniciones militares de
toda España a través de enlaces y delegados, en busca de apoyos al mismo,
preferentemente entre aquellos mandos que ya habían hecho notar su disgusto con
la evolución de los acontecimientos y mostraban sólida inclinación a no
tolerarlos, si bien carecían de la organización y los jefes capaces de
aglutinarlos ordenadamente, vacío que vino a ocupar Mola; aun así, se encontró
de todo: entusiastas, tibios y, en muchas ocasiones, radicalmente contrarios a
la sublevación. También buscó apoyo entre aquellos grupos de civiles que por
su ideario político o por sufrir la persecución del sectarismo
frentepopulistas podían mostrarse a priori proclives a secundarle; le
ocurrió lo mismo que con los militares. Conforme avanzaba el tiempo, y el
tiempo entonces volaba, en apenas tres meses desde la reunión de Marzo hasta
finales de Junio, Mola considerará ganadas de antemano varias provincias al
contar con el apoyo incondicional y mayoritario de sus guarniciones y de amplios
sectores de población, y perdidas irremisiblemente otras; siendo consciente,
asimismo, el importante papel que en una u otra dirección debían jugar también
las fuerzas de seguridad, es decir, la Guardia Civil, la Guardia de Asalto y los
Carabineros.
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Queipo de Llano Cabanellas |
En cuanto a los apoyos civiles, contó desde el principio con el absoluto de los reducidos grupos monárquicos que aun sobrevivían, de la minoritaria y perseguida Falange y poco más, pues la numerosa y organizada Comunión Tradicionalista --los requetés--, aunque sus bases se mostraban entusiastas por sumarse a la sublevación, sus líderes no se decidían y se enfrascaban con Mola en arduas y complicadas negociaciones políticas de resultado siempre infructuoso pues, el General, fiel a los objetivos del Alzamiento, nunca quiso hacer concesiones partidistas que lo alejaran de ese espíritu nacional y apolítico que era e iba a ser su principal motor y bagaje. En cuanto a la poderosa CEDA de Gil Robles, su apoyo fue muy tibio, con gestos aparentemente contundentes a veces, como la donación de tres mil euros (500.000 pts) para los gastos que pudiera originar el Alzamiento al principio, pero evitando, por contra, pronunciarse ni siquiera en secreto, es decir, sin hacer nada para movilizar a sus numerosos afiliados y simpatizantes a fin de que estuvieran prevenidos para el momento oportuno. Calvo Sotelo, enterado de la confabulación a finales de Junio, sí que otorgó su apoyo incondicional. Curiosamente, y reafirmando el carácter republicano inicial del Movimiento, se sumaron a la conspiración desde el primer instante dos prestigiosos Generales fervientes partidarios de la República: Cabanellas --jefe de la 5ª División Orgánica y Gobernador militar de Zaragoza-- y Queipo de Llano --Inspector General de Carabineros--, el primero de ellos era, además, declarado masón.
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Cartel anunciador de las Olimpiadas
de Barcelona |
Mola
y los jefes directamente implicados en la preparación del evento consideraban,
apoyados en los múltiples indicios de que disponían siendo muchos de ellos de
público dominio, que las izquierdas procederían a desencadenar su nueva
revolución coincidiendo con la celebración en Barcelona, a partir del 19 de
Julio de 1936, de las llamadas Olimpiadas Populares, alternativa a las oficiales
de Berlín ideadas por la Komintern --la Internacional comunista soviética--
que eligió precisamente a España para su celebración dado el elevado
índice de penetración marxista que experimentaba nuestro país, sin duda muy
superior al de cualquier otro en la Europa de entonces. Por ello, los nervios
estaban a flor de piel entre los conjurados conforme se acercaba tal día, pues
seguían opinando que debían adelantarse a él si querían tener alguna
posibilidad de éxito a pesar de ser conscientes de que sus preparativos no
contaban, ni mucho menos, con la solidez organizativa, ni los resortes
adecuados, pues la resistencia al mismo era muy fuerte incluso dentro del
estamento militar debido a la profunda penetración que habían conseguido las
ideas frentepopulistas en el seno del Ejército, la Armada y las fuerzas de
seguridad. Todas estas instituciones habían venido siendo “trabajadas” por
los socialistas, comunistas, republicanos azañistas e, incluso, por los
anarquistas, de tal forma que, en puertas del estallido del Alzamiento,
presentaban una división exactamente igual de profunda e irreconciliable que la
que se observaba en la sociedad civil. Como puede verse, España en su
totalidad, después de sólo cinco años de República --dos de Gobierno azañista, otros dos de centroderecha y
unos meses de frentepopulista--, se encontraba sumida en el caos total y en vías
de extinción, dividida hasta el tuétano y teniendo como única salida a la más
profunda crisis que vio su historia la de recurrir al uso de las armas, viéndose
obligada a dirimir sus diferencias mediante el enfrentamiento violento entre los
dos bandos, sin posibilidades de que nadie, en ninguna parte, quedara al margen
de tan doloroso plebiscito armado.
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Tte. Castillo |
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Cap. Condés |
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Cadáver de Calvo Sotelo |
El
12 de Julio de 1936 unos requetés o falangistas, que nunca se sabrá,
asesinaron en Madrid al Teniente de la Guardia de Asalto, José Castillo, como
represalia por haber asesinado éste, a su vez, unos días antes y a sangre fría,
a un requeté en una manifestación, dándose la coincidencia de que tal Oficial
era un ferviente frentepopulista, afiliado al PSOE en secreto e instructor
militar de sus juventudes. Esa misma noche un grupo de guardias de Asalto y
policías, dirigidos por el Capitán de la Guardia Civil, Fernando Condés, se
dirigieron a la casa del diputado y líder del Bloque Nacional, José Calvo
Sotelo, y lo asesinaron de madrugada, dándose también aquí la circunstancia
de que pocos días antes había recibido claras amenazas de muerte en el propio
Parlamento por parte de varios diputados frentepopulistas. Otro grupo idéntico,
que fue a buscar a su domicilio al líder de la CEDA, Gil Robles, con iguales
intenciones, no pudo llevarlas a cabo al haberse trasladado dicho líder político
de vacaciones a Biarritz el día anterior. El asesinato de diputado tan
renombrado y de tan destacado líder de una parte muy importante de la oposición
democrática al Frente Popular en las Cortes, a manos de funcionarios del Estado
al servicio de la ideología contraria a la suya, fue la prueba para la mitad de
los españoles de que los frentepopulistas no hablaban por hablar y que estaban
dispuestos a todo con tal de eliminar a sus adversarios políticos; el hecho
dejaba claro que algo tenía que pasar, pues tal magnicidio no podía quedar sin
consecuencias. Desde ese día los bandos se aprestaron a la lucha; nadie se engañaba
y, los que lo hacían, en uno u otro lado, sucumbirían poco después
arrastrados por la riada irrefrenable que se avecinaba. Gil Robles escribiría más
tarde un libro titulado “No fue posible la paz”, y es que la paz no
era posible ya desde la misma revolución de Octubre de 1934.
El
Alzamiento estallaría, por tanto, cuando aun no estaba ni mucho menos preparado
del todo, teniendo la textura minimamente suficiente y necesaria sólo para
iniciarse, y ello en condiciones muy precarias, pero el magnicidio de Calvo
Sotelo, al tiempo que pareció indicar que la temida revolución se ponía en
marcha, supuso la justificación nítida, el hecho claro y contundente capaz de
servir de revulsivo a los últimos indecisos; creó además el clima psicológico
ideal y necesario. Mola, por un lado, creyó no tener más remedio que dar las
instrucciones para su desencadenamiento con el fin de adelantarse al de la
revolución, mientras que por el otro, técnicamente no podía dejar escapar
oportunidad tan favorable. Con el apoyo incondicional que ante el hecho luctuoso
del asesinato de Calvo Sotelo le brindaron los líderes de la poderosa Comunión
Tradicionalista, el día 15 de Julio, el General se reafirmó en su decisión y
emitió sus instrucciones para que el día 17 por la tarde se llevara a cabo el
primer acto del Alzamiento que debía tener lugar en Marruecos.
PLAN Y PROLEGÓMENOS DEL
ALZAMIENTO
Ante
todo debe tenerse en cuenta y no olvidar para poder entender muchos de los
hechos que conformaron el Alzamiento Nacional, que su puesta en práctica
respondió a un plan preconcebido que se trazó por militares profesionales,
intentando ajustar su desarrollo a tal esquema casi como si de una operación
militar se tratara, por todo lo cual no debe perderse de vista que en su ejecución
se siguió un organigrama que los implicados intentaron respetar también con
rigor castrense, independientemente de que los que participaran en él lo fueran
o no; es decir, que los que secundaron la sublevación, fueran militares o
civiles, debían seguir disciplinadamente unas pautas concretas y atenerse a
ellas escrupulosamente. Esto es muy importante tenerlo en cuenta en todo momento
pues será también la causa directa o indirecta de las decisiones y actuaciones
acertadas, en algunos casos, y erróneas, en otros, que muchos de sus
protagonistas adoptaron. Junto a ello, debe también tenerse siempre muy
presente que si bien existió una preparación detallada del mismo, cuando se
dio la orden de iniciarlo la organización real con la que se contaba para
llevarlo a la práctica estaba poco o nada consolidada en la mayoría de las
provincias y casi podría afirmarse que tan sólo cogida con hilos, lo que
provocaría que muchos de los que desde puestos de responsabilidad se
enfrentaron al dilema de secundarlo o no, al no estar suficientemente enterados
de sus fines concretos, titubearan, dando lugar a situaciones personales y
colectivas que les arrastrarían al éxito o al fracaso según se decantaran por
un bando o por el otro a impulsos, muchas veces, de las circunstancias y del
puro azar.
Mola y los principales conjurados siempre consideraron que lo que procedía
era llevar a cabo un golpe de fuerza para hacerse con el control de los resortes
del Estado, adelantándose al seguro estallido de la nueva revolución
izquierdista --de cuyo inicio
estaban convencidos que sería inminente y los líderes de dicha fuerza no se
cansaban de anunciar--, y, desde el poder, encarrilar la República hacia
derroteros verdaderamente democráticos y de orden, impidiendo a las fuerzas de
la izquierda revolucionaria, a los anarquistas y a los independentistas
catalano-vascongados alcanzar sus objetivos antidemocráticos y
antirrepublicanos, que eran, por otro lado, conocidos de todos, pues ellos
mismos se encargaban de proclamarlos reiteradamente a los cuatro vientos.
Así pues, el Alzamiento se planeó como una acción que debía ser rápida, contundente, corta y decidida, persiguiendo el colapso total de sus potenciales oponentes, así como la inhibición, en el peor de los casos, de la mayoría de la población; era ésta la única y mejor forma de garantizar su éxito, especialmente si se tiene en cuenta la situación de marcada inferioridad de la que partían los dispuestos a sublevarse, pues no hay que olvidar que enfrente tenían, en un principio, a la totalidad del Estado, a sus estructuras y servidores que eran, a priori, fieles al Frente Popular o, al menos, incapaces de movilizarse contra él por creer que, a pesar de todo, representaba la legalidad del régimen, aunque estuviera carente por completo de legitimidad por razón de sus continuos desafueros; había, pues, que actuar por sorpresa y aprovechar al máximo los beneficios que siempre ofrece tal factor. En ningún momento los alzados pensaron que la sublevación podría acabar en una guerra fratricida que durase tres años, ni estaba en sus planes provocarla; como mucho, se contempló que, de fracasar el golpe en algunas provincias, existía la posibilidad de algún enfrentamiento armado entre distintas facciones políticas que, aunque sería costoso sofocar, no lo sería más que cuando la revolución de Octubre de 1934, pero que en ningún