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SOBRE EL
ADULTERIO: Alto y Claro
(Por el Rvdo. Padre D. José María Iraburu)
«¿No
sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los
fornicarios, ni los adúlteros… poseerán el reino de Dios» (1Cor 6,9-10; cf.
Gál 5,16-21). «No os engañéis: de Dios nadie se burla. Lo que el hombre
sembrare, eso cosechará. Quien sembrare en su carne, de la carne cosechará la
corrupción; pero quien siembre en el espíritu, del espíritu cosechará la
vida eterna» (Gál 6,7-8)
El adulterio es
hoy cada vez más frecuente y más tolerado
por el pueblo cristiano. La palabra adulterio,
palabra fuerte propia de la Biblia y de la Tradición cristiana, no se emplea ya
casi nunca, sino que se habla de divorciados
vueltos a casar, que suena mejor. Comienzo citando dos casos.
El
caso Pavarotti, 2007. La
grandiosa catedral de Módena, una de las joyas más preciosas del románico en
Europa, en el corazón de la Emilia-Romaña, pocas veces durante sus nueve
siglos de existencia se ha visto invadida y rodeada por muchedumbres tan
numerosas, unas 50.000 personas, como las que acudieron a ella, encabezadas por
una turba de políticos, artistas y periodistas, con ocasión de los funerales
de Luciano Pavarotti. Nacido en Módena, en 1935, fue unos de los más
prestigiosos tenores de ópera de su tiempo. Casado con Adua Vereni, de la que
tuvo tres hijas, se divorció de ella después de treinta y cuatro años, en
2002, y en 2003, a los sesenta y ocho años de edad, se unió en ceremonia civil
con Nicoletta Mantovani, treinta años más joven, con la que convivía desde
hacía once años y de la que tuvo una hija. Hubo de pagar por el
“cambio", según la prensa, cifras enormes de dinero. Murió en el año
2007 y sus funerales, celebrados en la catedral de su ciudad natal por el
Arzobispo de Módena y dieciocho sacerdotes, «fueron exequias propias de un rey».
La señorita Mantovani ocupaba el lugar propio de la viuda, aunque también, más
retirada, estaba presente la señora Vereni. El Coro Rossini, el canto del Ave
Maria (soprano Kabaivanska), del Ave
verum Corpus (tenor Bocelli), el sobrevuelo de una escuadrilla de la
aviación militar, trazando con sus estelas la bandera italiana, fue todo para
los asistentes una apoteosis de emociones. Pero quizá el momento más
conmovedor fue cuando el señor Arzobispo leyó un mensaje escrito en nombre de
Alice, la hija de cuatro años nacida de la Mantovani: «Papá, me has querido
tanto», etc.
La abominación de la desolación
instalada en el altar. El Código de Derecho Canónico
manda que «se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser
que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento […] a los
pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias
eclesiásticas sin escándalo público de los fieles» (c. 1184). Es verdad que,
tal como están las cosas, muchos de los fieles cristianos, curados ya de
espanto, no suelen escandalizarse por nada, tampoco por ceremonias litúrgicas
como ésta, tan sumamente escandalosa. Pero es éste un signo muy malo.
En
el pueblo cristiano, actualmente, crece el número de los adulterios en la misma
medida en que crece su aceptación moral.
Va siendo cada vez más frecuente que no pocos matrimonios cristianos se
quiebren, y que los cónyuges, una vez divorciados, se «casen» de nuevo. Y lógicamente
a medida que se multiplican estos casos tan escandalosos, van causando en la
Iglesia local menos alarma y pena. La inmensa mayoría de los adulterios,
ciertamente, no se producen en una forma tan ignominiosa como la de Pavarotti,
sino en formas, digamos, mucho más modestas y «aceptables». A veces, los
divorciados vueltos a casar, después de una primera unión llena de
sufrimientos, logran una segunda unión en paz y felicidad. Y cuando es así,
para sus familiares y amigos es muy grande la tentación de justificar la nueva
unión, llevados por un falso amor compasivo –«después del calvario que pasó,
se merecía la felicidad que ahora tiene»–. De este modo, quienes viven en
adulterio ven confortadas sus conciencias por tantas personas de su estima, que
en uno u otro grado aprueban una
relación que Dios reprueba gravemente:
el adulterio.
No
pocos sacerdotes de la Iglesia toleran también estos adulterios,
los aprueban a veces, e incluso hay
casos en que los recomiendan. Cito un
caso concreto, que yo conocí: hace años, en Chile, un joven casado se vio
abandonado por su mujer, que se fue con otro, dejando a su esposo como recuerdo
una niña. Era un buen cristiano, muy asiduo a su parroquia, y permaneció
durante algunos años solo, con su hijita, fiel a su vínculo conyugal. Hasta
que un día el párroco –que por cierto, era centroeuropeo– le dijo: «Eres
muy joven, con mucha vida por delante, y así, solo con tu niña, no puedes
seguir. Tú tienes derecho e incluso deber de procurar tu felicidad y la de tu
hija. Búscate una buena mujer y reconstruye tu vida. Es imposible
que Dios te pida seguir viviendo sin mujer quién sabe cuántos años
más». El joven, dejándose engañar por el mal sacerdote, es decir, por el
diablo, Padre de la mentira, se casó de nuevo, vivió muy feliz y, como decía
el párroco, «su matrimonio era uno de los mejores de la parroquia».
Ahí tenemos a un sacerdote que
estimula a uno de sus feligreses a quitarse la cruz de encima, desobedeciendo el
mandato del Señor… «Es imposible que Dios te pida…» ¡Dios
no pide, siempre da! Pide que le recibamos sus dones; pero a eso se
le llama dar, directamente. A ese
joven el Señor quería darle la
gracia inmensa de una fidelidad esponsal heroica, martirial, ejemplar,
maravillosa. Ese mal sacerdote fue la causa principal de que no
recibiera de Dios esa gracia tan preciosa, y de que la comunidad
cristiana, en vez de recibir un ejemplo extraordinario
de fidelidad conyugal, se viera herida por un grave escándalo.
Una
Iglesia en penumbra, en la
que se apaga poco a poco la luz de la fe, y que va quedándose a obscuras,
apenas reacciona ante el horror del adulterio.
Se ha acostumbrado a él, porque es muy numeroso en ella. Lo ve con
indiferencia, como algo relativamente normal. Es una Iglesia que exhorta, eso sí,
a los fieles para que amen, acojan y asistan en todos los modos posibles a los
cristianos divorciados y vueltos a casar, de tal modo que no se
sientan ajenos a la comunidad eclesial; pero con poca frecuencia olvida exhortar
a que les ayuden a convertirse, y a salirse de la trampa mortal del adulterio. Encendamos,
pues, la luz de la Palabra divina, la única que puede iluminar y
superar esas tinieblas engañosas, emanadas por el Padre de la mentira.
La
Ley de Israel, ya desde antiguo, prohibía el adulterio, pero lo permitía en la
práctica (Éx 20,14; Dt
5,18; Jer 7,9; Mal 3,5), ya que «por la dureza de los corazones», toleraba el
divorcio y la posible unión subsiguiente. «Si uno se casa con una mujer y
luego no le agrada, porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribirá el
acta de divorcio, y poniéndosela en la mano, la mandará a su casa» (Deut
24,1). En tiempos de Jesús esa tolerancia era
muy amplia, mayor en unas escuelas rabínicas que en otras. Pero, en
todo caso, muchos rabinos autorizaban al marido a repudiar a su esposa por
causas mínimas, hasta ridículas, un defecto corporal, un carácter
desagradable, una escasa habilidad en las tareas domésticas.
Es
Cristo quien restaura la santidad original del matrimonio, condenando tanto el
divorcio como el adulterio (Mt
5,27-28. 31-32; 19,3-9; Mc 10,2-12). Es Él, en la plenitud de los tiempos,
quien devuelve al matrimonio la suprema dignidad que el Creador quiso darle ya
«en el principio». Dios, en efecto, al crear al varón y a la mujer, los unió
con un vínculo sagrado e inviolable, que el hombre no debe quebrantar. El vínculo
matrimonial es, pues, único e indisoluble, y por eso precisamente es imagen de
la Alianza de amor mutuo que une a Cristo con la Iglesia, su esposa. Esta
Alianza es tan firme y profunda, que siempre será mantenida por el amor fiel y
gratuito del Señor, a pesar de que tantas veces Israel y la Iglesia la
traicionen con el adulterio de sus pecados (Os 2,21-22; Is 54,5; Ef 5,22-33).
Es
Cristo quien consigue reafirmar en su Iglesia la verdad del matrimonio monógamo
y el horror hacia la mentira del divorcio y del adulterio: «no
adulterarás» (Rm 13,9). Efectivamente, el Espíritu Santo, difundido como alma
de la comunidad cristiana, logra en la Iglesia reducir en gran medida el
divorcio, el adulterio, el concubinato, la poligamia, y tantas otras
falsificaciones del amor conyugal. Es una formidable novedad maravillosa en la
historia de la humanidad. A través de los siglos, innumerables matrimonios
cristianos, confortados por el sacramento del orden, se han mantenido unidos
toda la vida. Y la Iglesia siempre ha dispuesto que «el matrimonio sea tenido
por todos en honor; el lecho conyugal sea sin mancha, porque Dios ha de juzgar a
los fornicarios y a los adúlteros» (Heb 13,4).
La Iglesia siempre ha velado
por la santidad del matrimonio, suscitando en los fieles el horror a cualquier
modo de profanación de vínculo tan santo. «¿No sabéis que los injustos no
poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los adúlteros…
poseerán el reino de Dios» (1Cor 6,9-10; cf. Gál 5,16-21). «No os engañéis:
de Dios nadie se burla. Lo que el hombre sembrare, eso cosechará. Quien
sembrare en su carne, de la carne cosechará la corrupción; pero quien siembre
en el espíritu, del espíritu cosechará la vida eterna» (Gál 6,7-8). Éste
es el mandato de Cristo: que los esposos guarden
fielmente en el amor el vínculo conyugal; y que si llegan a una
situación –quizá sin culpa– en que no pueden ya vivir en paz, se
separen; pero que no establezcan otro vínculo nuevo, que sería
adulterio, y no sería matrimonio, pues éste es único e indisoluble.
El
horror de la Iglesia por el adulterio ha sido total en su historia.
Así se expresa, ya muy pronto, en los Concilios,
como en aquellos cánones acordados en el de Elvira (a. 306, cc. 8-11).
Igualmente, apostasía, homicidio y adulterio son
siempre considerados en la disciplina penitencial
–con algunos otros, como la herejía o el aborto–, los
pecados mayores, los más conducentes a una perdición eterna, los
que requieren una más grave y prolongada penitencia. Por eso, aquellas Iglesias
locales que hoy padecen una tolerancia comprensiva hacia los «cristianos
divorciados vueltos a casar», se alejan infinitamente, bajo un disfraz de
misericordia y benignidad, de Juan Bautista, de Cristo, de los Apóstoles, de la
Iglesia antigua, de la Iglesia de siempre, una, santa, católica y apostólica.
Es importante afirmar, sin
embargo, que muchos cristianos que caen en
situaciones estables de adulterio no lo cometen por una maldad semejante a
la de Enrique VIII, Pavarotti y esas estrellas de cine que escandalizan al mundo
con una serie interminable de adulterios –vuelven de hecho a la poligamia, a
una poligamia sucesiva–, sino que incurren en él unas veces porque, habiendo
abandonado la vida cristiana de oración y sacramentos, no han podido guardar
vivo el amor conyugal en caridad y abnegación, perdón y cruz; otras veces,
porque se han permitido fugas afectivas que han llevado más allá de lo que se
quería en un principio; otras, por una compasión falsa, aparentemente
caritativa, que trae paz y alegría, también aparentes, donde antes era todo
guerra y tristeza; otras, por seguir atendiendo a los hijos habidos; etc. Son
siempre adulterios-mal-remedio, en los que el remedio es mucho peor que la
enfermedad.
Pues bien, no es posible
describir la gama de variantes posibles entre el adulterio-perverso
y el adulterio-mal-remedio.
Pero en todo caso, el sustantivo adulterio se
da en ambos casos y en las mil situaciones intermedias posibles, es decir, se
da siempre que después de la separación del matrimonio, se afirma una nueva
unión estable. Entonces, la voluntad del hombre se enfrenta con la
voluntad de Dios y prevalece establemente sobre ésta. El cristiano se autoriza
a vivir en una situación objetivamente contraria a la voluntad de Dios. El
adulterio, pues, es un pecado muy grave.
Y como todos los pecados, no es
simplemente la realización de un acto éticamente malo. No. La
esencia de todo pecado, también la del adulterio, está en el rechazo de Dios.
Cuando David comete adulterio con Betsabé, el profeta Natán le dice: «¿cómo,
menospreciando a Yavé, has hecho lo que es malo a sus ojos?». Y confiesa
David: «He pecado contra Yavé» (2Sam 11-12); «contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces» (Sal 50,6).
La
misericordia de Cristo con los pecadores se
revela frecuentemente en los Evangelios, hasta el punto que sus
adversarios le acusaban por ello: «éste acoge a los pecadores» (Lc 15,2).
Hay, concretamente, un gran amor misericordioso en el encuentro de Jesús con la
samaritana adúltera: «cinco maridos tuviste, y el que ahora tienes no es tu
marido» (Jn 4,18). Y hay también Cristo una gran bondad misericordiosa cuando
todos, ateniéndose con gusto a la ley de Moisés, se disponen a apedrear a
aquella mujer sorprendida en adulterio ocasional. Él la defiende y le da su
perdón (Jn 8,1-11).
Pero
la misericordia de Cristo es perfecta: perdona el pecado, pero no deja al
pecador cautivo de él, sino que lo libera por su gracia. No solo
perdona el pecado, que es muerte, sino que da nueva vida, resucita al pecador.
Nuestro Salvador no se limita a acoger con
bondad a los pecadores, sino que les llama a conversión,
y por la fuerza de su gracia les da arrepentimiento,
perdón y propósito de abandonar su pecado: «vete y no peques más» (8,11).
Un
falso amor a Dios lleva a tolerar o aprobar el adulterio.
Disociar amor a Dios y cumplimiento de sus
mandatos es hoy una herejía relativamente frecuente entre los católicos.
No pocos de ellos piensan, siguiendo a Lutero, que en el Evangelio de Cristo
impera solamente la caridad, el amor, pero no la ley de Dios, y mucho menos la
ley eclesiástica, ya que una espiritualidad de cumplimiento de leyes vendría a
ser una judaización del cristianismo.
Por el contrario, la misma Biblia muestra claramente la falsedad de esa
doctrina.
Los libros más antiguos de la
Biblia dicen ya que los fieles de Dios son «aquellos
que le aman y guardan sus mandatos» (Deut 7,9). Es ésta una fórmula
clásica, que se repite en muchos libros de la sagrada Escritura. El hombre
solamente logra su salvación amando al
Señor con todo el corazón y obedeciendo sus
mandatos. Y así como el amor al Señor
ha de ser total, con todas las fuerzas del alma, sobre todas las cosas, sin límites,
así ha de ser la obediencia a Él,
total y sin límites. Llegado el caso, el cristiano ha de ser «obediente hasta
la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8). Jesús entiende de este modo su propia
muerte, y quiere que se contemple su Cruz como la epifanía simultánea de un
amor y de una obediencia al Padre que no tienen límites: «conviene que el
mundo conozca que yo amo al Padre, y
que, según el mandato que me ha dado
el Padre, así hago. Levantáos, vámonos de aquí» (Jn 14,31). Y del Cenáculo
van a Getsemaní y a la Cruz.
«Los
que aman a Dios» y «los que guardan sus mandatos» son los mismos,
ya que no es posible amar al Señor sin obedecerle. Notemos, por otra parte, que
nuestro Señor Jesucristo afirma su majestad divina al aplicarse a sí mismo esa
fórmula tradicional sagrada. Así dice en la última Cena: «si
me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14,15), y «si
guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor» (15,10). Por
tanto, volviendo a nuestro tema, los cristianos que viven establemente en
adulterio deben reconocer a la luz de la fe que no pueden amar fielmente a
Cristo si no cumplen sus mandatos: «vosotros sois mis amigos si hacéis lo que
yo os mando» (Jn 15,14). Si unos cristianos se resisten a hacer lo que Cristo
manda, ¿a dónde irán entonces, si ni siquiera pueden unirse a Cristo en la
Eucaristía? «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su
sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53). ¿O es que piensan que el
hombre puede salvarse a sí mismo, separado de Cristo? El hombre se salva haciéndose
amigo de Cristo y cumpliendo con su gracia sus mandatos. Él es el único
Salvador de los hombres.
Un
falso amor al prójimo lleva también a tolerar o aprobar el adulterio,
al menos en ciertos casos concretos en que parece «la mejor solución» o
siquiera «el remedio menos malo». «Viéndoles ahora tan felices, después de
haberles visto sufrir tanto, ¿cómo arruinaremos su paz aplicándoles sin
piedad el yugo de la ley?». Una vez más es la Palabra divina la que revela la
verdad de todas las cosas.
1.–
«Mi yugo es suave y mi carga ligera»
(Mt 11,30). Todo el que declare insufrible y aplastante el yugo de los mandatos
de Cristo es un blasfemo. No ha llegado a la fe o ya la perdió, pues la fe
afirma todo lo contrario, y así lo expresa en la oración: Señor, «guíame
por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo» (Sal 118,35; salmo 118
entero). El verdadero creyente sabe que perdiendo su vida, la gana, y guardándola,
la pierde (Lc 9,23-24).
2.–
Amor a Dios y amor al prójimo se exigen y verifican mutuamente. Así
como no cualquier amor a Dios es
verdadero –puede ser orgullo, puritanismo, manía, egoísmo, miedo morboso al
mundo, soberbia, vanidad y tantas otras cosas–, también no
cualquier amor a nuestros hermanos es genuino y verdadero –puede
ser interés, falsa compasión, deseo de ser apreciado por los otros y de
conservar gratificaciones sensibles, etc.–. Solo es plenamente verdadero aquel
amor que busca el bien temporal y eterno
de la persona amada.
La inseparabilidad de esos dos
amores nos viene enseñada por San Juan, el gran maestro de la caridad. El amor
al prójimo verifica el amor a Dios:
«si alguno dijere: amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente… Quien ama
a Dios ame también a su hermano» (1Juan 4,20-21). Y el amor a Dios, con
obediencia a sus mandatos, verifica el
amor al prójimo: «conocemos que amamos a los hijos de Dios en que amamos a
Dios y cumplimos sus mandamientos» (5,2).
¿Y
por qué estas verdades sobre el matrimonio, el divorcio y el adulterio no se
predican con más frecuencia y claridad? Por miedo a la Cruz.
El Apóstol lo tenía muy claro: «si aún buscase agradar a los hombres, no sería
siervo [fiel] de Cristo» (Gál 1,10; cf. 1 Cor 10,33; 2Cor 12,15; 1Tes 2,4).
Juan
el Bautista y Cristo sufren la muerte por predicar la verdad del matrimonio.
El primer martirio evangélico, el que sufre San Juan Bautista, se produce
justamente porque el profeta reprueba en público el adulterio del rey Herodes:
«no te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Mc 4,18). Y también Cristo
es odiado por predicar ese mismo Evangelio. Los rabinos, expedidores de libelos
de repudio, odian a Jesús, entre otros motivos, porque prohibe los divorcios,
afirmando que son contrarios a la ley de Dios. Cuando unos fariseos le preguntan
a Jesús «para tentarle si es lícito repudiar a la mujer por cualquier causa»
(Mt 19,3), están tratando ciertamente de hacerlo odioso ante el pueblo por su
doctrina santa sobre el matrimonio indisoluble. Son ellos principalmente los que
le llevan a la Cruz. Liberar al pueblo cristiano del divorcio y del adulterio a
Cristo le cuesta la vida, lo paga con su sangre. Pero vengamos a nuestro tiempo.
El
horror a la cruz, unido a la pérdida del temor de Dios, es lo que permite a los
cristianos adúlteros permanecer en su pecado;
y es también la causa principal del silencio
aprobatorio de tantos sacerdotes y laicos. Es evidente que hoy la
impugnación del adulterio es una predicación martirial, como lo fue en tiempos
del Bautista y de Cristo. Es hoy una predicación
suicida, martirial, aquella que puede traernos el distanciamiento o
incluso quizá el odio de los hombres, en ocasiones de aquellos que nos son más
queridos: los familiares y amigos. Es una predicación terrible, que puede
ocasionar para siempre dolorosas separaciones. «No penséis que yo he venido a
poner paz, sino espada. Porque he venido a separa al hombre de su padre», etc.
(Mt 10,34-38). Está claro: nada hay en este
mundo tan peligroso como afirmar la verdad y negar el error. Pero ésa
es justamente la predicación del Bautista, de Cristo, de Esteban, de Pablo. Y
ésa es la predicación de la Iglesia, que, por ejemplo, en el caso de Enrique
VIII, por ser fiel a la palabra de Cristo, perdió el gran reino de Inglaterra.
¿Por qué Juan el Bautista
osaba decir en público al rey Herodes, «no te es lícito tener la mujer de tu
hermano»? ¿No sabía que podía costarle la cabeza? Lo sabía perfectamente.
Pero quería dar a Herodes la palabra de Dios que le llevara a conversión, y
que alejara del pueblo el escándalo de tan gran pecado. Y entonces, ¿qué
impulsaba esa denuncia suicida del Bautista, el odio o el amor? Indudablemente,
el amor. Tanto amaba el Bautista al rey y al pueblo que quiso darles vida diciéndoles
la verdad, bien consciente de que proclamarla iba a ser muerte para él. ¿Puede
haber un amor más grande a los hermanos?
Juan
Pablo II, sin temor a la Cruz, porque ama de verdad a los hombres, se atreve a
decirles la verdad. En la encíclica Familiaris
consortio, de 1981, afirma que el divorcio, seguido de una nueva unión,
es hoy «una plaga que, como otras, invade cada
vez más ampliamente incluso los ambientes católicos» (84).
Al final de su gran encíclica
sobre el matrimonio, trata de sus falsificaciones actuales: matrimonios a
prueba, uniones de hecho, matrimonios civiles, divorciados que se casan de
nuevo, etc. (79-84). Reafirma la norma de la Iglesia de «no admitir a la comunión
eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos mismos los que
impiden que se les admita, ya que su estado y situación de vida contradicen
objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y
actualizada en la Eucaristía» (84). Prohibe a todo sacerdote efectuar «cualquier
tipo de ceremonias para los divorciados que vuelven a casarse». Encarece que
tanto el pastor como la comunidad cristiana oren por quienes viven conyugalmente
en situaciones irregulares, les acojan y les asistan en todo lo que puedan. Y
finalmente, llama insistentemente a conversión,
concretamente a los que viven en adulterio, pues la Iglesia está firmemente
convencida de que «pueden obtener de Dios la gracia de la conversión y de la
salvación, si perseveran en la oración, en la penitencia y en la caridad».
RP D. José María Iraburu