La Redención: Pasión y muerte de Jesús

Preludios de la Pasión.- La resurrección de Lázaro puso el colmo al furor de los fariseos, los cuales resolvieron dar muerte a Jesús después de la fiesta de Pascua. La oferta sacrílega de Judas adelantó la ejecución de sus designios. Cinco días antes de Pascua, Jesús, verdadero rey de Israel, entró triunfante en Jerusalén en medio de las aclamaciones del pueblo. El jueves por la mañana, envió a Jerusalén a Pedro y a Juan para preparar la Pascua, que celebró con sus Apóstoles según el rito tradicional. Durante la cena, les dio lección de humildad y caridad, y agotó todas sus ternuras para ver si lograba salvar a Judas. Al fin de la cena instituyó Jesucristo la adorable Eucaristía y dio a sus Apóstoles el poder de celebrar los divinos misterios. Después les habló de los acontecimientos que iban a cumplirse, de las maravillas de la vida cristiana, de las persecuciones que tendrían que padecer, de la asistencia que recibirían del Espíritu Santo, de su victoria sobre el mundo y de su gloria, que serían la recompensa de sus trabajos. 

La Pasión.- Llegado Jesús al huerto de Getsemaní, se apartó de sus discípulos a una cueva para orar. El dolor que le causó la previsión de sus dolores, y sobre todo la vista de todas las iniquidades humanas, de que voluntariamente se había cargado, le hizo caer en agonía tan violenta que sudó sangre por todo su cuerpo hasta correr por tierra. Jesús, a pesar de todo, se entregó enteramente a la voluntad de su Padre. Poco después, se vio rodeado el Salvador por gente armada que venía capitaneada por el traidor Judas, a la que se entregó por sí mismo, después de manifestarles que tenía poder absoluto sobre los hombres y sobre los acontecimientos. Entonces todos sus Apóstoles huyeron, excepto Pedro y Juan, que le siguieron de lejos. Fue conducido Jesús primero a casa de Anás, suegro de Caifás y antiguo sumo pontífice. Durante el interrogatorio, un criado lo ultrajó brutalmente, mientras que en el patio le negaba Pedro por primera vez. Jesús compareció enseguida ante el Sanedrín, donde testigos sobornados depusieron contra Él. Jesús guardó silencio en medio de las acciones falsas; no habló sino para confesar su divinidad y por respeto a la autoridad legítima del sumo pontífice. Su afirmación fue, con todo, calificada de blasfemia digna de muerte. Mientras tanto, Pedro reiteraba sus negaciones; mas habiéndolo mirado Jesús, el Apóstol se convirtió y lloró amargamente. Después de ser condenado a muerte, Jesús fue entregado a los brutales soldados hasta el amanecer. Al día siguiente, fue presentado de nuevo ante el Sanedrín, el cual, para obtener la confirmación y ejecución inmediata de la sentencia, condujo al Salvador al tribunal del procurador romano. Judas, mientras tanto, viendo las tristes consecuencias de su crimen, fue al Templo y confesó la inocencia de su maestro, y después de arrojar a los pies de los pontífices deicidas el precio de su traición, lleno de desesperación fuése y se ahorcó. Habiendo al principio rehusado Pilatos entender en asuntos religiosos, los acusadores de Jesús presentaron a éste como enemigo de los Romanos; pero a pesar de todo, no pudo el procurador encontrar en Él materia de condenación; por esto lo envió a Herodes para no tener que decidir él la suerte del Justo. Herodes, contrariado con el silencio de Jesús, lo trató como loco y lo volvió a Pilatos. Los enemigos de Jesús pidieron a grandes voces su condenación. Pilatos, intimidado, buscó expedientes para librarlo; propuso al pueblo que escogiera entre Jesús y Barrabás, y éste fue el libertado. Enseguida mandó Pilatos azotar a Jesús, esperando que el pueblo se contentaría con este castigo. El Salvador soportó con resignación divina suplicio tan atroz, juntamente con la coronación de espinas y los insultos sacrílegos de los soldados, desencadenados contra Él. Pilatos lo presentó entonces al pueblo; pero como los clamores iban aumentando, fue vencido Pilatos y entregó a Jesús al furor de sus enemigos, después de proclamar su inocencia. Cargado con la cruz, salió Jesús de Jerusalén, y subió al Gólgota. En esta vía dolorosa, el Salvador olvidó sus propios padecimientos para consolar e instruir a los que de Él se condolían. Llegado al Calvario, fue crucificado entre dos ladrones, Mientras Nuestro Señor padecía en la cruz tuvo que soportar las blasfemias de los transeúntes, de los príncipes de los sacerdotes, de los soldados y del mal ladrón. Algunos fieles consolaban el corazón de Jesús: entre ellos estaban su Madre Santísima, María Cleofé, la Magdalena, Juan el discípulo amado, y la madre de éste, Salomé. Desde lo alto de la cruz Jesús elevó al cielo una oración por sus verdugos, pronuncio una palabra de salvación en favor del ladrón convertido, dio a los hombres por madre a María, en la persona de San Juan; luego lanzó un angustioso grito hacia Dios, dio a conocer la sed ardiente que lo devoraba, y después de anunciar que todo estaba consumado, entregó su alma en las manos de su Padre. 

La muerte y la sepultura.- Jesús expiró dando un grande grito, para de­mostrar que moría libremente. Prodigios estupendos proclamaron entonces su divinidad. Poco después, los soldados quebraron las piernas a los dos ladrones para apresurar su muerte y poder quitar los cuerpos antes que comenzase el Sábado. Al cuerpo del Salvador lo respetaron; pero su corazón fue atravesado con una lanza, y de él salió sangre y agua: así se cumplieron las últimas profecías. Después lo depositaron en un sepulcro nuevo, cerrando la entrada con una gran piedra. Los Judíos sellaron el sepulcro y pusieron guardas. 

Reliquias de la Pasión.- Los objetos que sirvieron en la pasión del Sal­vador se conservan casi todos hasta hoy y se veneran en diversas iglesias de la cristiandad. 

Suerte de los culpables.-  Judas, Pilatos, Herodes, y Caifás, que tomaron parte en la muerte de Nuestro Señor, perecieron miserablemente. La ciudad deicida quedó arrasada el año 70, por los soldados de Tito, y la nación judía fue excluida de la alianza divina y dispersa para siempre.

Naturaleza del misterio de la Redención.- Es el misterio de un Hombre Dios muerto en la cruz para salvar al género humano perdido por la desobediencia de Adán. 

Necesidad de la Redención.- Queriendo Dios que su justicia fuese com­pletamente satisfecha, determinó que esa satisfacción la ofreciese un Hombre Dios. Una pura criatura no podía reunir las condiciones precisas para esta satisfacción. Solamente Jesucristo podía hacerlo. 

Cualidades de la satisfacción de Jesucristo.- La satisfacción de Jesús ha sido voluntaria, porque se ha ofrecido libremente; equivalente, porque la reparación ha igualado la ofensa; superabundante, porque Jesucristo, que podía haberla llevado a cabo por una sola de sus acciones, ha querido padecer voluntariamente todo cuanto era posible. Para darnos pruebas de su amor, Jesús padeció sin murmurar ni quejarse, de parte de los Judíos, de los Gentiles, de los grandes, del pueblo, de sus amigos y de sus discípulos; en su reputación, en su honor, en su libertad física en cada una de las partes de su cuerpo y en su alma. La intensidad de sus dolores fue extrema a causa de la delicadeza de sus órganos, de la sensibilidad de su corazón y de la perfección de su inteligencia. La satisfacción de Jesucristo ha sido universal, porque ha padecido por todos los pecados, y ha muerto por todos los hombres. 

Virtud del sacrificio del Calvario.- El sacrificio de la cruz, consumado en el Calvario, es incomparablemente más perfecto que todos los sacrificios figurativos, a causa del sacrificador, de la víctima, del lugar del sacrificio y de los que tomaron parte en él. Tiene doble valor: de satisfacción y de mérito infinitos. Por su inmolación, ha merecido Jesucristo para sí y para nosotros. Para sí ha merecido su triunfo glorioso como hombre. A nosotros nos ha merecido el libertarnos del pecado, rescatarnos del poder del demonio, reconciliarnos con Dios y darnos derecho a la herencia celestial. La satisfacción y los méritos de Nuestro Señor no nos dispensan de ningún modo de satisfacer por nuestros pecados y merecer personalmente el cielo. Debemos, pues, participar de los frutos de la Redención uniendo nuestros padecimientos y nuestras acciones a los del Salvador.

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