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SOBRE LA NAVIDAD DE VERDAD
Cuando el verdadero y único sentido de la Navidad se está perdiendo y se hace todo lo posible --y a veces hasta lo imposible-- porque se pierda del todo; cuando se tergiversa su significado y se intenta su envilecimiento, viene bien recordar, con dos textos del anterior Papa, Juan Pablo II, lo que es la Navidad de verdad.
Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María Nos encontramos en el tiempo litúrgico de
Navidad. Deseo, por lo tanto, que las palabras que os dirija hoy respondan al
gozo de esta fiesta y de esta octava. Deseo también que respondan a la
sencillez y profundidad que la Navidad irradia en todos. Me aflora a la memoria
espontáneamente el recuerdo de mis sentimientos y vivencias, comenzando desde
los años de mi infancia en la casa paterna, y siguiendo por los años difíciles
de la juventud, durante el período de la segunda guerra, la guerra mundial. ¡Que
no se repita jamás en la historia de Europa y del mundo! Y, sin embargo, hasta
en los peores años la Navidad ha traído consigo siempre algún rayo de luz. Y
este rayo penetraba incluso en las experiencias más duras de desprecio del
hombre, de aplastamiento de su dignidad, y de crueldad. Para darse cuenta de
ello basta tomar en las manos las memorias de los hombres que han pasado por cárceles
o campos de concentración, por frentes de guerra o interrogatorios y procesos.
Este rayo de la noche de Navidad, rayo del nacimiento de Dios, no es sólo el recuerdo de las luces del árbol junto al pesebre en casa, en la familia o en la iglesia parroquial, sino algo más. Es la chispa de luz más profunda de la humanidad a la que Dios ha visitado, esta humanidad acogida de nuevo y asumida por Dios mismo; asumida en el Hijo de María en la unidad de la persona divina: el Hijo-Verbo. La naturaleza humana asumida místicamente por el Hijo de Dios en cada uno de nosotros, que hemos sido adoptados en la nueva unión con el Padre. La irradiación de este misterio se expande lejos, muy lejos; alcanza también aquellas partes y esferas de la existencia de los hombres en las que todo pensamiento acerca de Dios ha sido como ofuscado y parece estar ausente como si se hubiera quemado y apagado del todo. Y he aquí que con la noche la Navidad apunta un resplandor: ¿Acaso... a pesar de todo? Bienaventurado este «acaso... a pesar de todo»; es ya un indicio de fe y esperanza.
Encuentro con Cristo
2. En la fiesta de Navidad leemos que los pastores de Belén fueron convocados los primeros al pesebre a ver al recién nacido: «Fueron con presteza y encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre» (Lc 2, 16).
Detengámonos en ese encontraron. Esta palabra indica la búsqueda. En efecto, los pastores de Belén, cuando se pusieron a descansar con su rebaño, no sabían que había llegado el tiempo en que iba a acontecer lo que habían anunciado desde hacía siglos los profetas del pueblo al que ellos mismos pertenecían; y que iba a tener cumplimiento precisamente aquella noche; y que se realizaría en las proximidades del lugar donde se hallaban. Incluso después de despertarse del sueño en que estaban sumidos, no sabían ni qué había ocurrido ni dónde había ocurrido. Su llegada a la gruta de la Natividad era el resultado de una búsqueda. Pero al mismo tiempo habían sido llevados y conducidos -según leemos- por la voz y la luz. Y si nos remontamos más en el pasado, los vemos guiados por la tradición de su pueblo, por su espera. Sabemos que Israel había recibido la promesa del Mesías.
Y he aquí que el evangelista habla de los sencillos, los modestos, los pobres de Israel: de los pastores que fueron los primeros en encontrarle. Además, habla con toda sencillez, como si se tratara de un acontecimiento «exterior»: han buscado dónde podría estar y, finalmente, lo han encontrado. A la vez, este «encontraron» de Lucas, indica una dimensión interior: lo que se verificó en los hombres la noche de Navidad, en aquellos sencillos pastores de Belén: «Encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre», y después «...se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, según se les había dicho» (Lc 2, 16.20).
Buscar siempre a Dios para encontrarlo
3. «Encontraron» indica «la búsqueda».
El hombre es un ser que busca. Toda su historia lo confirma. También la vida de cada uno de nosotros lo atestigua. Muchos son los campos en que el hombre busca e investiga y luego encuentra, y a veces, después de haber encontrado, comienza de nuevo a buscar. Entre todos estos campos en que el hombre se revela como un ser que busca, hay uno, el más profundo. Es el que entra más íntimamente en la humanidad misma del ser humano. Y es el más vinculado al sentido de toda la vida humana.
El hombre es el ser que busca a Dios.
Varios son los senderos de esta búsqueda. Múltiples son las historias del alma humana precisamente en esos caminos. A veces las vías parecen muy sencillas y próximas. Otras veces son difíciles, complicadas, alejadas. Unas veces el hombre llega fácilmente a su ¡eureka!: «¡he encontrado!» Otras veces lucha con dificultades, como si no pudiera penetrar en sí mismo ni en el mundo, y, sobre todo, como si no pudiese comprender el mal que hay en el mundo. Es sabido que incluso en el contexto de la Navidad este mal ha hecho ver su rostro amenazador.
No son pocos los hombres que han descrito su búsqueda de Dios por los caminos de la propia vida Son aún más numerosos los que callan considerando como su misterio más profundo y más íntimo todo lo que han vivido en esos caminos: lo que han experimentado, cómo han buscado, cómo han perdido la orientación y cómo la han encontrado de nuevo.
El hombre es el ser que busca a Dios.
Y hasta después de haberlo encontrado, sigue buscándolo. Y si lo busca sinceramente, lo ha encontrado ya; como dice Jesús al hombre en un célebre paso de Pascal: «Consuélate, no me buscarías si no me hubieras encontrado» (B. PASCAL, Pensées 553: Le mystère de Jesús).
Esta es la verdad sobre el hombre.
No se la puede falsificar. Tampoco se la puede destruir Se la debe dejar al hombre, porque lo define.
¿Qué decir del ateísmo frente a esta verdad? Es necesario decir muchas cosas, más de las que se pueden encerrar en el marco de este breve discurso mío. Pero es preciso decir al menos una cosa: es indispensable aplicar un criterio, el criterio de la libertad del espíritu humano. No va de acuerdo con este criterio -criterio fundamental- el ateísmo, ya sea cuando niega a priori que el hombre es el ser que busca a Dios, o también cuando mutila de diversas maneras esa búsqueda en la vida social, pública y cultural. Tal comportamiento es contrario a los derechos fundamentales del hombre.
La necesidad más profunda del alma humana: buscar a Dios
4. Pero no quiero detenerme en esto. Si hago alusión a ello es para mostrar toda la belleza y la dignidad de la búsqueda de Dios.
Este pensamiento me lo ha sugerido la fiesta de Navidad.
¿Cómo ha nacido Cristo? ¿Cómo ha venido al mundo? ¿Por qué ha venido al mundo?
Ha venido al mundo para que lo puedan encontrar los hombres; los que lo buscan. Al igual que lo encontraron los pastores en la gruta de Belén.
Diré más todavía. Jesús ha venido al mundo para revelar toda la dignidad y nobleza de la búsqueda de Dios, que es la necesidad más profunda del alma humana, y para salir al encuentro de esta búsqueda.
Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general
Miércoles 27 de diciembre de 1978
La Navidad de los dos mil años de Cristo
1. "Llave de David, que abres las puertas del reino eterno, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas".
La liturgia pone hoy en nuestros labios esta invocación, invitándonos a dirigir nuestra mirada a Cristo que nace para redimir a la humanidad. Ya nos encontramos a las puertas de la Navidad y se hace más intensa la imploración del pueblo que espera: "¡Ven, Señor Jesús!", ¡ven a liberar a "los cautivos que viven en las tinieblas"!
Nos disponemos a conmemorar el acontecimiento que ocupa el centro de la historia de la salvación: el nacimiento del Hijo de Dios, que vino a habitar entre nosotros para redimir a toda criatura humana con su muerte en cruz. En el misterio de la Navidad ya se halla presente el misterio pascual; en la noche de Belén vislumbramos ya la vigilia de Pascua. La luz que ilumina la cueva nos remite al resplandor de Cristo resucitado, que vence las tinieblas del sepulcro.
Este año, además, es una Navidad especial, la Navidad de los dos mil años de Cristo: un "cumpleaños" importante, que hemos celebrado con el Año jubilar, meditando en el acontecimiento extraordinario del Verbo eterno hecho hombre por nuestra salvación. Nos disponemos a revivir con fe renovada las inminentes festividades navideñas, para acoger en plenitud su mensaje espiritual.
2. En Navidad nuestro pensamiento vuelve naturalmente a Belén: "Pero tú -dice el profeta Miqueas-, Belén de Efratá, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel" (Mi 5, 1). Las palabras del evangelista san Mateo son un eco de las de Miqueas. A los Magos, que quieren saber del rey Herodes "dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer" (Mt 2, 2), los sumos sacerdotes y los escribas del pueblo les informan de lo que había escrito el antiguo profeta sobre Belén: "de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo, Israel" (Mt 2, 6).
La Iglesia de Oriente ora así en el oficio del órthros en la solemnidad de la Navidad: "Belén, prepárate; canta, ciudad de Sion; exulta, desierto que has atraído la alegría: la estrella avanza para señalar a Cristo que en Belén está a punto de nacer; una cueva acoge a Aquel a quien nada puede contener, y está preparado un pesebre para recibir a la vida eterna" (Stichirá idiómela, Anthologion).
3. Hacia Belén, en estos días, se vuelven los ojos de todos los creyentes. La representación del belén, que la tradición popular ha difundido por todos los rincones de la tierra, nos ayuda a reflexionar mejor en el mensaje que sigue irradiándose desde Belén para la humanidad entera. En una cueva miserable contemplamos a un Dios que por amor se hace niño. A quienes lo acogen les da la alegría, y a los pueblos la reconciliación y la paz. El gran jubileo, que estamos celebrando, nos invita a abrir el corazón a Aquel que nos abre "las puertas del reino eterno".
Prepararnos para recibirlo implica ante todo una actitud de oración intensa y confiada. Hacerle espacio en nuestro corazón exige un compromiso serio de convertirnos a su amor.
Es él quien libra de las tinieblas del mal, y nos pide que demos nuestra contribución concreta para que se realice su designio de salvación. El profeta Isaías lo describe con imágenes sugestivas: "Se hará la estepa un vergel, y el vergel será considerado como selva. Reposará en la estepa la equidad, y la justicia morará en el vergel; el producto de la justicia será la paz; el fruto de la equidad, una seguridad perpetua" (Is 32, 15-17).
Este es el don que debemos implorar con confianza en nuestra oración; este es el proyecto que estamos llamados a hacer nuestro con constante solicitud. En el mensaje que envié a los creyentes y a los hombres de buena voluntad para la próxima Jornada mundial de la paz, afirmé que "en el camino hacia un mejor acuerdo entre los pueblos son aún numerosos los desafíos que debe afrontar el mundo" (n. 18: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de diciembre de 2000, p. 11) y por eso recordé que "todos tienen que sentir el deber moral de adoptar medidas concretas y apropiadas para promover la causa de la paz y la comprensión entre los hombres" (ib.).
Quiera Dios que la Navidad reavive en cada uno la voluntad de hacerse activo y valiente constructor de la civilización del amor. Sólo gracias a la aportación de todos la profecía de Miqueas y el anuncio que resonó en la noche de Belén producirán sus frutos y será posible vivir en plenitud la Navidad cristiana.
Catequesis del Papa Juan Pablo II
Audiencia General, Miércoles 20 de diciembre de 2000