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LUCÍA, EL INFIERNO Y MARÍA

Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo: 

En obediencia a la orden que V. Excia. Rvdma. me da, en la carta del 26 de julio de 1941, de pensar y anotar algunas cosas más, que de Jacinta me pueda recordar; pensé y pareciome que por esta orden Dios hablaba, y era llegado el momento de responder a dos puntos de las preguntas, que varias veces me han sido enviadas y a la cuales he diferido las respuestas.

Me parece que sería del agrado de Dios y del Inmaculado Corazón de María que en el libro "Jacinta" se dedicase un capítulo a hablar del infierno; y otro, del Inmaculado Corazón de María.

V. Excia. Rvdma., seguramente, va a encontrar esta opinión atrevida y fuera de tono, pero ella no es mía. Y Dios hará ver a V. Excia. Rvdma. que esto es para su gloria y bien de las almas. Tendré, por ello, que hablar algo del secreto y responder al primer punto de la interrogación.

¿Qué es el Secreto?

Me parece que lo puedo decir, ya que del Cielo tengo la licencia. Los representantes de Dios en la Tierra me han autorizado para ello varias veces y en varias cartas, una de las cuales, pienso que conserva V. Excia. Rvdma. del Sr. P. José Bernardo Gonzalves, en la que me manda escribir al Santo Padre. Uno de los puntos que me indica es la revelación del secreto. Algo dije, pero para no alargar más aquel escrito, que debió ser breve, me limité a lo indispensable, dejando a Dios la oportunidad de un momento más favorable.

Expuse ya, en el segundo escrito, la duda que me atormentó desde el 13 de junio al 13 de julio y como en aquella aparición se desvaneció totalmente.

Bien. El Secreto consta de tres cosas distintas, dos de las  cuales voy a revelar. 

Primera parte: El infierno 

La primera fue, pues, la vista del Infierno. Nuestra Señora, nos mostró un gran mar de fuego, que parecía estar debajo de la tierra. Sumergidos en este fuego, los demonios y las almas, como si fueran brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas, que de las mismas salían, Juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados, semejantes al caer de las pavesas, en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor.

Los demonios se distinguían por las formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, también transparentes y negros.

Esta visión duró un momento; y gracias a que nuestra buena Madre del Cielo, nos había prevenido con la promesa de llevamos al Cielo (en la primera aparición); si no hubiera sido así, creo que hubiéramos muerto de susto y pavor.

En seguida levantamos los ojos a Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza: "Visteis el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo, la devoción a mi Inmaculado Corazón.

"Si hiciesen lo que yo os digo, se salvarán muchas almas y habrá paz. La guerra va a terminar. Pero si no dejasen de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI, comenzará otra peor. Cuando vierais una noche iluminada por una luz desconocida, sabed, que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de la persecución a la Iglesia y al Santo Padre.

"Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados.

"Si atendiesen mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, extenderá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará; el Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá y será concedido al mundo un tiempo de paz". 

Efectos sobre Jacinta

Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo, dije ya a V. Excia. Rvdma., en los apuntes que le mandé después de leer el libro de Jacinta, que ella se impresionaba mucho con algunas cosas reveladas en el secreto. Realmente, era así. 

La visión del Infierno, la había horrorizado de tal manera, que todas las penitencias y mortificaciones le parecían nada, para conseguir librar de allí a algunas almas.

Bien. Ahora respondo al segundo punto de las preguntas que de varias partes me han llegado.

¿Cómo es, que Jacinta, tan pequeñita, se dejó poseer y com­prendió un tan gran espíritu de mortificación y penitencia?

Me parece que fue: primero, por una gracia especial que Dios por medio del Inmaculado Corazón de María le quiso conceder; segundo, mirando al Infierno y viendo la desgracia de las almas que allí caían.

Algunas personas, también piadosas, no quieren hablar a los niños del infierno para no asustarlos; pero Dios no dudó en mostrado a tres, y una de ellas de sólo seis años; y El sabía que se había de horrorizar hasta el punto de, me atrevería a decir, sucumbir del susto.

Con frecuencia, se sentaba en el suelo o en alguna piedra, y pensativa, comenzaba a decir: "¡Oh Infierno, oh Infierno!, ¡qué pena tengo de las almas que van al Infierno! Y las personas, están allí vivas y arden, como la leña en el fuego!"; y medio temblando se arrodilla, las manos juntas, para rezar la oración que Nuestra Señora nos había enseñado: "¡Oh, Jesús mío!, perdónanos, líbranos del fuego del Infierno, lleva todas las almas al Cielo, principalmente las más necesitadas".

Ahora, Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo, V. Excia. Rvdma. comprenderá ya por qué a mí me quedó la impresión de que las últimas palabras de esta oración se referían a las almas que se encuentran en mayor o más inminente peligro de condenación y permanecía así, por grandes espacios de tiempo, de rodillas, repitiendo la misma oración. De vez en cuando, llamábame a mi o a su hermano, como acordándose de un sueño: 'Francisco, Francisco, vosotros estáis rezando conmigo; es preciso rezar mu­cho, para librar las almas del Infierno; van allá tantas, tantas".

Otras veces preguntaba: "¿Por qué es que Nuestra Señora no muestra el Infierno a los pecadores?, si ellos lo viesen, ya no pecaban, para no ir allá. Has de decir a Aquella Señora, que muestre el Infierno a toda aquella gente, (se refería a los que se encontraban en Cova de Iría, en el momento de las apariciones) verás como se convierten".

Después. medio descontenta, me preguntaba:

-¿Por qué no dijiste a Nuestra Señora que mostrase el Infierno a toda aquella gente?

-Me olvidé -respondí.

-Tampoco yo me acordé -dijo ella con aire triste.

A veces preguntaba todavía:

-¿Qué pecados son 105 que se pueden cometer para ir al infierno?

-No sé; tal vez el pecado de no ir a misa los domingos; el robar; decir palabras feas; maldecir; jurar.

-¿y sólo así por una palabra van al infierno?

-Pues es pecado.

-¿Qué les costaría estarse callados e ir a misa? ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiese mostrarles el infierno...! A veces se agarraba a mí repentinamente, y decía:

-Yo voy al Cielo, pero tú que te quedas acá, si Nuestra Señora te deja, dije a todo el mundo cómo es el infierno para que no hagan más pecados y no vayan allá.

Otras veces, después de estar un rato pensativa, decía: .-¡Tanta gente cayendo al infierno! ¡Tanta gente en el infierno!

Para tranquilizarla, le decía:

-No tengas miedo. Tú vas al Cielo.

-Pues voy -decía con paz-, pero yo quisiera que toda aquella gente fuera allá también.

Cuando ella, para mortificarse, no quería comer, le decía yo: -Jacinta, anda, ahora come.

-No. Ofrezco este sacrificio para los pecadores que comen de más.

Cuando ya en la enfermedad iba algún domingo a misa, le decía:

-Jacinta, ¡no vengas! Tú no puedes. Hoy no es domingo.

-¡No importa! Voy por los pecadores que ni en Domingo van.

Si sucedía oír alguna de estas palabras, que algunos parecían hacer alarde de pronunciar, se tapaba la cara con las manos, y decía:

--¡Oh, Dios mío! Esta gente no sabe que por decir estas cosas puede ir al infierno. Perdónala, Jesús mío, y conviértela. Por cierto, que no saben que con esto ofenden a Dios. ¡Qué pena, mi Jesús! Rezo por ellos. -y repetía la oración enseñada por Nuestra Señora: "¡Oh Jesús mío!, perdón anos, etc.".

Aquí, Excmo. y Revdmo. Sr. Obispo, me viene a la mente una reflexión. A veces me he preguntado si Nuestra Señora, en algunas de las apariciones, nos indicó qué clase de pecados ofendían más a Dios. Pues según dicen, Jacinta, en Lisboa, nombró al de la carne. Tal vez, pienso yo ahora, como era una de las preguntas que a veces me hacía a mí, se le ocurriese hacérsela en Lisboa a Nuestra Señora, y entonces le fue indicado ése.

Bien, Excmo. y Revdmo. S. Obispo, me parece que ya he ma­nifestado la primera parte del secreto. 

Segunda parte: Devoción al Corazón de María 

La segunda se refiere a la devoción al Inmaculado Corazón de María.

Ya dije en el segundo escrito que Nuestra Señora el día 13 de julio de 1917, me dijo que nunca me dejaría y que su Inmaculado Corazón sería mi refugio y el camino que me conduciría a Dios; que fue, al decir estas palabras, cuando abrió sus manos, haciéndonos penetrar en el pecho los reflejos que ellas despedían.

Me parece que en este día este reflejo tuvo por fin principal infundir en nosotros un conocimiento y amor especial para con el Corazón Inmaculado de María; así, como las otras dos veces lo tuvo, me parece, con relación a Dios y al misterio de la Santísima Trinidad.

Desde ese día sentimos en el corazón un amor más ardiente por el Corazón Inmaculado de María,

Jacinta me decía de vez en cuando: "Aquella Señora dijo que su Inmaculado Corazón sería tu refugio y el camino que te conducirá a Dios. ¿No le amas mucho? Yo amo a su Corazón. ¡Es tan bueno!

Después que en julio, en el Secreto, como ya dejé expuesto, nos dijo que Dios quería establecer en el mundo la devoción a su Inmaculado Corazón; para impedir la futura guerra, venía a pedir la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados; hablando de esto, entre nosotros, decía Jacinta: "Tengo tanta pena de no poder comulgar en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María"

Ya dije también, cómo Jacinta escogió también entre la cantidad de jaculatorias que el P. Cruz nos sugirió, la de: "Dulce Corazón de María, sé mi salvación", y a veces, después de decida, añadía con aquella sencillez que le era natural: "¡Amo tanto al Inmaculado Corazón de María!", es el Corazón de nuestra Madrecita del Cielo! lA ti, no te agrada mucho decir muchas ve­ces: Dulce Corazón de María. Inmaculado Corazón de María? A mí me agrada tanto, tanto."

A veces, andaba recogiendo flores del campo y cantando con una música, inventada por ella en ese momento: "Dulce Corazón de María, sé mi salvación". "Inmaculado Corazón de María, convierte a los pecadores, libra las "almas del Infierno."

Un día fuimos a pasar las horas de la siesta junto al pozo de mis padres. Jacinta, se sentó al borde del pozo; Francisco, vino conmigo a buscar miel silvestre en las matas de un retamar que había allí en una ribera. Pasado un rato, Jacinta me llama: -¿No viste al Santo Padre?

-No.

-No sé cómo fue, yo vi al Santo Padre en una casa muy grande, de rodillas, delante de una mesa, con las manos en la cara, llorando. Fuera de la casa había mucha gente, unos le tiraban piedras, otros le maldecían y le decían muchas palabras feas (7). ¡ Pobrecito el Santo P:idre! Tenemos que pedir mucho por él.

Ya dije cómo un día dos sacerdotes nos recomendaron la ora­ción por el Santo Padre y nos explicaron quién era el Papa. Jacinta me preguntó después:

-¿Es el mismo que yo vi llorando y del cual aquella Señora nos habló en el Secreto?

-Lo es -le respondí.

-Ciertamente, aquella Señora también lo mostró a estos señores Padres; ves, yo no me engañé; es necesario rezar mucho por él. 

En otra ocasión fuimos a "Lapa do Cabezo"; llegados allí, nos postramos en tierra, para rezar las oraciones del Ángel. Pasado un tiempo, Jacinta se levanta y me llama:

-¿No ves tantas carreteras, tantos caminos y campos llenos de gente, que llora de hambre y no tienen nada para comer? ¿y al Santo Padre, en una Iglesia, delante del Inmaculado Corazón de María, rezando? ¿Ya mucha gente rezando con él?

Pasados unos días, me preguntó:

-¿Puedo decir, que vi al Santo Padre y a toda aquella gente? -No. ¿No ves que eso hace parte del Secreto? ¿Que por eso, luego se descubriría todo?

-Está bien, entonces no digo nada.

Por el Padre Pío de las Memorias de Lucía