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ÁNGELA MARÍA, MAESTRA DE ORACIÓN
INTRODUCCIÓN
La M. Angela María de la
Concepción vivió en la segunda mitad
del s. XVII. «Yo nací en la villa de Cantalapiedra, Obispado de
Salamanca, el día del Ángel de la Guarda, 1.° de marzo de 1649, según lo oí
muchas veces a mis padres, que fueron Alonso Tabarés... y María Martínez Santos». Murió en el monasterio de El Toboso, por ella fundado, el día
13 de abril: «Fue jueves, día de San Hermenegildo,
año de 1690, y de su edad 41, y aún no mes y medio».
El marco de su breve existencia
se sitúa, pues, en la última etapa del Siglo de Oro español. Este siglo,
desde el punto de vista de la espiritualidad, sobresale por un florecimiento sin
precedentes ni continuación (hasta el presente) de la mística. Esta altísima
forma de espiritualidad se caracteriza, entre otras cosas, por un deseo
incontenible de la unión con Dios a través de la negación de todo lo que no
es Dios, comenzando por la negación de sí mismo. y es que no puede haber mística
(afirmación suprema de Dios) sin ascética (negación de todo lo que se le
opone). El alma no es capaz de remontarse a las alturas de Dios, si antes no se
despoja de lo que no es Dios, en particular del lastre del propio egoísmo,
puesto que, como escribe Pascal, «la
inclinación hacia sí mismo es el comienzo de todo desorden, en guerra, en política,
en economía, en el cuerpo particular del
hombre».
La M. Ángela María no hace
excepción a esta regla. Su extraordinaria experiencia de Dios está fundada y
sostenida por un continuo esfuerzo de negación y vencimiento de sí misma como
expresión de su total entrega al Señor. En este combate se demuestra la
autenticidad del amor a Dios, pues «nada
deja por mi amor -sentí decirme dentro
de mí- quien no se deja a sí mismo».
EXPERIENCIA PERSONAL DE DIOS
En estas breves líneas vamos a
tratar de sistematizar algunos puntos más destacados de su doctrina sobre la
oración como lugar y momento privilegiado de la experiencia de Dios.
Ciertamente, ella da doctrina, pero no teoría. Quiero decir, que lo que la M.
Ángela María escribió para guía y ayuda de sus hijas, se corresponde
puntualmente con su propia experiencia de cada día. Es doctrina previamente
filtrada y aquilatada por la práctica, es el reflejo ordenado y razonado de su
experiencia de Dios. Por eso, la doctrina sobre
la oración, contenida principalmente en el Riego espiritual, no puede entenderse correctamente al margen de su
propia experiencia mística recogida en
la Autobiografía. En esta última cuenta ella cómo surgió la idea de
escribir aquel tratado. Fue en el verano
de 1685, cinco años antes de su muerte. «El miércoles o jueves
pasado, acabando de comulgar y dando gracias, me hallé luego recogida como
suele sucederme de ordinario, y me sentí decir dentro de mí con mucha dulzura
y eficacia: Escribe tratado aparte de la oración para tus hijas. Bien me parecía
hallarme luego con impulsos de hacerlo, fiada sólo en que Dios me daría
palabras para ello». Y no le falló el mismo que le había inspirado
la idea de escribirlo: «Desde que comencé a escribir..., he experimentado
particular asistencia de S. M., y con un recogimiento en ella muy grande y tanta
luz y abundancia de
palabras junto con la agilidad de
la pluma, que... no puedo dudar de que es Dios el que asiste».
Así escriben los santos: más
que sobre Dios, en Dios y desde Dios. Por eso sus palabras no suenan huecas y
vacías, porque han rozado la verdad en su misma fuente. Al final del célebre
discurso sobre la necesidad de apostar por la existencia de Dios, escribe
Pascal: «Si este discurso os agrada y os parece sólido, sabed que lo hace un
hombre que se prosternó de rodillas
antes y después de él».
Nuestros discursos teológicos tal vez sean más técnicos y eruditos, pero me temo que algo menos religiosos. Hablamos más de memoria y con sutiles razonamientos académicos, que desde la hondura de la experiencia de Dios. Quizá por esta deficiencia religiosa nos cueste trabajo conectar con la doctrina de la M. Ángela María sobre la oración, que paso a exponer a continuación.
I.- LA ORACION, CAMINO HACIA DIOS
La oración, escribe esta insigne religiosa, «tiene por fin y
paradero a su Majestad», «el
fin propio de la oración es Dios nuestro Señor». Según esto, la grandeza e
importancia de la oración deriva de su término: Dios. Por medio de ella
llegamos a Dios. El camino ordinario para el encuentro personal con el Señor es
la oración. Pero no se trata de un camino hecho y despejado; cada uno debe hacerlo
mientras lo va recorriendo a lo largo de su vida. ¿Cómo no recordar aquel
precioso verso de A. Machado: Caminante,
no hay camino, se hace camino al andar?.
PRIMER PASO: MORTIFICACION
El camino de la oración hacia
Dios tiene una primera fase de ruptura con el camino «ancho y espacioso que
lleva a la perdición» (Mt 7,13).
Para entrar en comunión con Dios es
necesario dar muerte a los restos de pecado que hay en nosotros. Es el camino
estrecho de la mortificación. Se trata de dar muerte al mal, que tiene su raíz
en el corazón del hombre (d. Mc 7,20ss), para que se abra paso el bien
que viene de Dios. Escribe la M. Ángela María: «No puedo dejar de decirlas cuán útil y necesaria sea la mortificación
para conservar y entrar en la oración. (Ella) es una virtud general, con que se
priva el alma por ti amor de Dios de las cosas que apetece el natural y la
inclinación y esto aunque sean lícitas, y abraza con amor las que el natural
aborrece) por más penosas que sean: conque la verdadera mortificación
consistirá en negar al apetito y voluntad lo que apetece».
Este modo de enfocar las cosas no se aleja de la doctrina paulina:
«Si vivís según el Espíritu) no daréis
satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias
contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne) como que son
entre sí antagónicas) de forma que no hacéis lo que quisierais» (Gál 5,16s;
d. Rom 7,14s).
Pero sucede que, en la medida en que vivimos inmersos en el mundo o en la
carne propendemos a --por lo menos-- relativizar las exigencias paulinas
descalificándolas secretamente como neoplatónicas. A veces confundimos los
derechos del hombre con los de la carne. En este contexto conviene recordar que
el espíritu no se abre camino sino en dura pelea con el natural, es decir, con
las apetencias de la carne: «El
mortificar el cuerpo y sus pasiones con el ejercicio de las virtudes, es dar señorío
al alma mirando al obsequio del Amado». Por eso hemos de «aplicarnos a
mortificar nuestras pasiones las cuales nunca mueren antes con el descuido
suelen crecer más cada día».
El objeto o fin de la
mortificación no es la muerte, sino la vida, o es la muerte del yo-carnal para
que viva el yo-de-Cristo «<con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino
que es Cristo quien vive en mí»: Gál
2,19s). Se trata de hacer sitio a Dios dentro de nosotros y
de esbozar el camino hacia el
interior de la conciencia, que es «el núcleo más secreto y el sagrario del
hombre) en el que éste se siente a solas con Dios) cuya voz resuena en el
recinto más íntimo de aquélla» (GS 16).
SEGUNDO PASO: RECOGIMIENTO
INTERIOR
Para estar a solas con Dios en
el santuario de la conciencia se requiere el recogimiento. Recoger lo que está
disperso y vertido hacia afuera, recoger los sentidos y potencias del alma para
concentrar toda nuestra atención en Dios, que habita dentro de nosotros: esto
es un trabajo penoso y esforzado, para el que nos entrena el ejercicio de la
mortificación. Aludiendo a este autocontrol de los sentidos, dice la M. Ángela
María: «Quien mucho ve y habla se
recogerá con más dificultad». No hace
falta insistir en la verdad y actualidad de esta sencilla advertencia en
una civilización como la nuestra, caracterizada por el culto de la
exterioridad, por la incapacidad de vivir en el silencio, y por una marea
inundatoria de superficialidad.
TERCER PASO: CONOCIMIENTO DE SI
MISMO
El siguiente paso de este
estrecho camino hacia la comunión con Dios por medio de la oración es el
conocimiento de sí mismo que lleva a la
humildad. Este conocimiento no brota en ella de un discurso antropológico
o psicológico, sino que tiene su fundamento y guía en el conocimiento de Dios.
Todos los místicos insisten en este punto del propio conocimiento a la luz de
Dios, como puso de relieve Santa Teresa de Jesús en aquel verso inmortal: «Alma
buscarte has en Mí, y a Mí
buscarme has en ti». No iba a ser
menos la M. Ángela María: «Le pedí
con insistencia -nos cuenta en su Autobiografía- que si quiere que le ame, me dé
que le conozca y me conozca a mí». y en el Riego Espiritual escribe: «Se pone
por ala primera para volar a
Dios... la del propio conocimiento»; con esto «se ayuda a la segunda ala», que son «las consideraciones acerca de
las grandezas y soberanías de Dios»: «para que ambas vuelen al conocimiento
de la misericordia infinita, para
que con ambas alas levante el espíritu todo el vuelo que desea».
Por el propio conocimiento, la M. Ángela María entiende el «conocimiento de su nada», es decir, la experiencia fundamental de la creaturalidad y finitud. En varios lugares de la Autobiografía nos refiere el estremecimiento y confusión que la invadía cuando reflexionaba sobre este punto: «Aquí entendí con una verdad clarísima cómo únicamente pendemos de aquel Ser infinito e inmutable, y cómo lo está dando a todas las criaturas, y que ninguna ha sido, es ni será sin su influjo; que si éste faltara, al mismo punto dejara todo de ser y se volvería nada, de donde sacó Dios todo... con sólo su querer».
ILUMINACIÓN FILOSÓFICA
Sobre la experiencia de Dios en
la percepción de la propia creaturalidad estaba trabajando Zubiri cuando le
sorprendió la muerte. Es el tema de su primer libro póstumo, que
lleva por título El hombre y
Dios. No es el caso de discutir aquí los agudos análisis zubirianos
sobre la experiencia de Dios, pero no me resisto a pasar por alto esta
importante afirmación: «El hombre no es que tenga experiencia de Dios, es que
el hombre es experiencia de Dios, es formalmente experiencia de Dios». hombre
está fundamentado, y Dios es la realitas fundamentalis, por lo que la
experiencia de Dios por parte del hombre consiste en la experiencia de Dios ¿Por
qué? Porque «el de estar fundamentado fundamentalmente
en la realidad de Dios».
Si en un estricto discurso filosófico
Zubiri ha podido llegar a esta conclusión, la M. Ángela María percibió en
una pura vivencia religiosa la misma verdad: que el hombre, si es algo, lo es
desde y en Dios. En expresión de San Agustín, «ésta
es toda la ciencia grande del hombre: el saber que nada es por sí mismo
y que todo lo que es, lo es de Dios y por Dios».
DESDE LO HONDO
Al descender al fondo de su
nada, se sentía acogida, fundada y sostenida por el poder creador de Dios.
Desde el abismo de su ser creatural, apoyado en Dios Creador, se levantará a la
consideración de todos los demás beneficios de su gracia. Pero ella no quiere
descuidar este puma de partida: La «memoria de tu ser», por eso invita a los
religiosos a no vivir «olvidados de su ser y de lo que han recibido», pues «quien
no se conoce a sí, no es conocido de Dios» (24). El propio conocimiento lleva
al alma a ser agradecida y así se dispone a recibir nuevos beneficios de Dios,
mientras que el olvido de quiénes somos o la negación de la creaturalidad, es
decir, de la absoluta dependencia del Creador, cierra a Dios todo camino hacia
nosotros. Por eso la M. Ángela María insiste: «Aun en el estado más perfecto se necesita
mucho del propio conocimiento, que es el fundamento de la verdadera
humildad», pues «el primer arrimo de la oración... es la humildad». Esta
virtud no sólo es «la fe de las demás virtudes», sino
que es «diligencia primera para
ser bien recibida de Dios»,
que pone sus ojos en los humildes y resiste a los soberbios (Lc 1,48.51). Ser
humildes significa «que conozcan lo que por sí son y lo nada que por sí valen».
Así, pues, la humildad y el propio conocimiento se refieren a la misma actitud
o disposición fundamental que debe tener quien desee acercarse a la soberana
grandeza de Dios. Tomando en préstamo un concepto zubiriano, podríamos definir
la virtud de la humildad, que la M. Ángela María pone en la base de la oración,
como «voluntad de verdad», conectando de este modo con la clásica definición
de Santa Teresa: «la humildad es andar en verdad».
AMOR A LA CRUZ
El hombre de oración arranca de
la verdad de sí mismo a la luz de la verdad de Dios: éstas son las dos alas o
primeros peldaños de la oración.
Finalmente, en este camino hacia
Dios a través de la oración, el alma debe desnudarse de toda voluntad propia
para revestirse únicamente de la de Dios: «Téngase el alma muy pura, viva
muerto su amor a criaturas», «pues sólo una imperfección o afecto de amor
propio a que esté pegada, embarazará mucho para que entre en ella el Sol, e
impedirá sus influencias». «Ha de ser su último fin (de la oración) el
querer y voluntad del Señor».
A esta purificación de la
voluntad se llega por diversos caminos, pero la M. Ángela María subraya con
particular fuerza el amor a la cruz, que a veces viene en forma de
contradicciones, tentaciones, oscuridades y, en su caso concreto, la cruz
reviste agudamente la forma del dolor físico y la enfermedad. Estos
sufrimientos eran para ella la prueba suprema del amor de Dios, manifestación
incontestable de sus beneficios. Así vivió los dolores de sus frecuentes
enfermedades: como un regalo de Dios y una ocasión para demostrarle (y
demostrarse) la calidad de su amor desinteresado. Es doctrina repetida en sus
escritos: «Los trabajos padecidos por Dios, cuanto más nos atormentan, más
nos purifican». «Uno de los mayores (beneficios) es el continuo padecer en
que me ha puesto nuestro Señor, de tantos y tan penosos achaques... (pues) lo más
fino del amor no consiste en el gozar, sino en el padecer por la prenda que se
ama». «Sentí que me decía S. M.: no consiste el amor que yo te pido en
afectos; efectos son la substancia del amor, y éstos han de ser padecer con
igualdad y mucha resignación, sufriéndome a mí, sufriéndote a ti y sufriendo
a todos por mí; éste es amor».
Esta purificación de la
voluntad por el amor paciente pone al alma en las alturas de la comunicación
divina. El amor puro implica incluso «arrojar las vestiduras exteriores, que
son los afectos sensibles, para echarse a nado en este piélago inmenso de la
divinidad; mas también para nadar en él bien se ha de quitar la ropa interior
del alma». Al final se llega a un total y absoluto despojo de sí, para
revestirse enteramente de Dios. Con esto entramos en el segundo apartado de este
trabajo: lo que viene de Dios a nosotros por medio de la oración.
II.- PRESENCIA Y
AUSENCIA DE DIOS EN LA ORACION
ORANDO LO TENEMOS
TODO
La M. Ángela María entiende la
oración, al modo teresiana, como «amistad y trato con Dios». De esta comunicación
amistosa se derivan grandes bienes para el alma, porque la oración «es el
arcaduz por donde se nos comunican todas las gracias de la fuente de la divina
bondad y amor; ella es la que nos viste de armas para la santa pelea y las que
nos da y ponemos nosotros en la mano de Dios para que nos defienda; ella es la
que engendra en nosotros una viva y verdadera fe...; ella es el vaso por quien
la divina misericordia llena de riquezas de sus tesoros al alma».
Como se ve, a través de la
oración Dios comunica sus dones al alma, la reviste de fortaleza en su combate
contra el pecado, y alimenta la vida teologal. Por eso, «en la santa oración
está encerrada toda la felicidad que en esta vida miserable se puede participar
del Señor». «Orando lo tenemos todo, y sin oración todo nos falta». En
realidad, es la vida de Dios en el alma que «sin ella irá poco a poco muriendo
en la vida perfecta».
Cuando la M. Ángela María
habla de la felicidad que recibe el alma en la oración no hace otra cosa que
reflejar su propia experiencia. En la Autobiografía son innumerables los
pasajes en que refiere este gozo de Dios comunicado en la oración que alcanza
incluso al cuerpo. Este gozo espiritual que se trasvasa al cuerpo no se
desvanece ni siquiera en lo más penoso de su enfermedad: «mas este padecer era
gozar». Y la razón que da sobrepasa cualquier intento de racionalización: «en
estos estados de unión toca el alma algunos gustos del cielo».
NO BUSQUES LOS CONSUELOS DE DIOS
Lo cual no quiere decir que
siempre en la oración la presencia de Dios se experimente en forma de gozo
sensible. Aunque resulte extraño en una mujer que recibió tantas y tan
continuas comunicaciones divinas, que gozó de numerosas visiones imaginarias e
intelectuales, que sufría cada vez que se sentía arrebatada en público por la
fuerza de la gracia, esta misma mujer aconseja desconfianza ante los gozos y
visiones sensibles. Ella prefiere que caminemos fundados en virtud sólida, ya
que sin ella «ni mis carísimas quieren, ni yo las deseo éxtasis, ni arrobos.
Contentémonos con amar mucho a Dios, vivir sólo para Dios, muertas al mundo».
«Todas estas visiones son muy santas y buenas, aunque de nuestra parte ni las
debamos desear ni pedir, antes huirlas, y dejándonos en manos de la divina
voluntad, pedir que nos lleve por el camino real y más usado, librándonos de
peligros».
No está, pues, la sustancia de
la oración en las comunicaciones sensibles, pero si llegan, «lo que tocará
al alma en tales casos... será recibirlas con humildad, mostrarse agradecida y
fiel al dador», siguiendo puntualmente las orientaciones o el discernimiento
que de ellas haga el confesor. En todo caso, la M. Ángela María cree que la
causa del poco aprovechamiento de muchas almas en la oración está en buscar en
ella una segura fuente de gozos sensibles, y así «nunca acaban de llegar a
aquel amor esforzado, puro y libre».
Por otro lado, la experiencia de
Dios que en este tipo de ilustraciones alcanza el alma «más se toca a Dios...
en el fuego que enciende e inflama, que no en el fuego que alumbra». Aun en las
más altas comunicaciones, Dios permanece Dios, absolutamente trascendente e
inaccesible a la inteligencia humana. Se deja sentir y percibir por la voluntad,
es decir, por el amor; para el entendimiento continúa envuelto «en aquellas
altas tinieblas, que siéndolo para nosotros, son resplandores inaccesibles».
El conocimiento del Dios cercano en su comunicación al alma, Siempre es
conocimiento en la fe, cuya más pura expresión es confesar que Dios no puede
ser conocido. La luz que recibe el alma en la oración sirve «sólo para
conocer... que lo inaccesible del Ser Soberano no puede ser conocido». A esta
conclusión se llega por la fe que en su «obscuridad alumbra más que todas las
luces del mundo y del espíritu natural».
FE Y AMOR
En este camino de tiniebla
resplandeciente que es la fe, el alma tropezará inevitablemente con obstáculos
y dificultades interiores y exteriores. Son los trabajos de la oración: «Hácese
muy particular mención... de la sequedad que se experimenta en la oración y
del desamparo que en ella permite S. M., y del tedio, que es lo que más
martiriza, y más efectos causa, y más impide». «El tedio es un
aborrecimiento al orar y una tristeza de las cosas que tocan al servicio de Dios
y bien del alma, que obscurece el entendimiento en la meditación y desata la
imaginación para cosas del mundo, endurece la voluntad e in habilita al alma
para lo bueno y la deja pronta para lo malo».
En estos tres conceptos resume
los trabajos de la oración: sequedad, desamparo y tedio, que ella misma, a
pesar de su elevada espiritualidad, experimentó hasta el final de sus días. En
el último capítulo de su Autobiografía confiesa: «Lo que no puedo dejar de
decir es la grande contradicción y suma repugnancia que padecí muchos días
contra los actos de Comunidad y especialmente en las horas de oración; sólo el
acercárseme el tiempo me parecía angustias de muerte... y así me venían
deseos de que se acabase todo, y cuando se iban acabando las horas, comenzaba a
respirar, pareciéndome (como así era) que ya se iba acabando aquel tormento».
PURIFICACION EN RAIZ
El sentido y finalidad de estos
trabajos que permite el Señor es purificar al alma de todo apego y de todo
interés, para conducida al amor puro y desnudo, y a poner toda su confianza en
solo Dios: «es muy noble servir el que sirve a su Señor de balde, sin más
esperanza de paga en esta vida, que servir por amar». Pero esta doctrina no
hace más que reflejar su propia conducta: miraba «en todo el mayor agrado de
S. M., sin que a mi parecer me mueva a ello el temor del castigo ni el interés
de la gloria que se sigue por premio de la felicidad». Con esta disposición
hay que encajar la aparente ausencia de Dios en la oración: «La Divina
Providencia dispuso que venga la noche y obscuridad del alma, para que crezca en
deseos de que la amanezca el día, y con eso la bañe ocultamente el rocío de
la divina gracia, para purificarla más en el amor».
Dios no abandona al alma aun
cuando. a ésta le parezca que está dejada de su mano. En el mayor abandono de
Dios puede reconocerse su más cercana presencia: ésta es la certeza que brota
del grito angustioso de Cristo en la cruz recogido por el Padre en la mañana de
resurrección.
Resumiendo lo dicho: por la
oración nos llegan todos los bienes de Dios, porque él mismo se nos comunica
personalmente. A veces notamos su presencia de manera sensible y otras a modo de
ausencia y abandono. Pero el creyente, en uno y otro caso, sabe que el encuentro
con el Dios vivo y escondido acontece normalmente en la oración (tiempo perdido
para Dios solo). Por eso, nunca se debe dejar por inútil y desabrida que nos
resulte. La perseverancia en la oración «alcanza la victoria, y si es con
humildad, vence al invencible, que es Dios».
III.- ¿QUE ES LA ORACION? MODO DE ENTRAR EN ELLA
DEFINICION PRIMERA
Para terminar, resumo aquí lo que la M. Ángela María entiende más concretamente por oración, así como los caminos principales que señala para entrar y permanecer con provecho en ella. En un par de lugares se aproxima a una especie de definición de la oración sin pretender ninguna originalidad. La oración es «una transformación y unión del alma en su amado, Y el puerto feliz adonde ha de parar la navegación de la vida espiritual».
ESENCIA DE LA ORACIÓN
La esencia de la oración consiste en meter al hombre en el misterio de Dios. Pero esto sólo es posible si el hombre se va despojando de sí mismo y de todo lo que no es Dios: ésta es «la navegación de la vida espiritual». La unión con Dios por la oración implica la transformación del hombre en Dios, su progresiva divinización. Todo esto sucede en un largo e intenso proceso de amor: se trata de una transformación del hombre en vista de la unión con Dios por medio del amor.
DEFINICION SEGUNDA
En otro lugar afirma: «La oración es una elevación del espíritu a Dios con petición de lo que se desea». ¿Qué significa elevar el espíritu a Dios? Traer continua presencia de Dios mediante la consideración de sus beneficios. El espíritu se eleva a Dios mientras se recoge en su interior concentrando sus potencias (memoria, entendimiento y voluntad) en él. El alma vive en permanente oración en la medida en que vive en la presencia de Dios.
DEFINICION TERCERA
Por eso, la M. Ángela María experimentaba con frecuencia y en cualquier espacio de su vida cotidiana lo que ella llama «tiramiento de potencias» hacia Dios. Es que vivía en continua presencia de Dios: «Siento casi de continuo la presencia de Dios en la oración fuera de ella». En estas condiciones, cualquier imagen o pensamiento o conversación espiritual la arrebataba hasta Dios. Su, oración no era otra cosa que su vivir en Dios.
PETICIONES SUSTANCIALES
«Con petición de lo que se
desea»: la petición como consecuencia de la consideración de los beneficios
divinos y de la acción de gracias pertenece a la esencia de la oración bíblica.
No podía faltar en esta definición de la M. Ángela María. Pero el contenido
de las innumerables peticiones que en la Autobiografía nos ha transmitido,
generalmente no se refieren a ella, si no es para pedir perdón de sus pecados,
de los que tenía vivísima conciencia, y para que en ella se cumpliese siempre
la voluntad de Dios: «y luego que recibí a
nuestro Señor, con gran consuelo de mi alma, le pedí con gran fe.
confianza el don de amar puro y desnudo
con el de la perseverancia». «Para este perfecto modo de orar importará mucho
el que se acostumbre nuestra alma y voluntad a querer todo lo que quiere Dios más
que a cuanto se pueda desear y querer de todas las cosas».
Pero, de ordinario, sus peticiones son en favor de otros, para que todos alaben y reconozcan la grandeza de Dios y disfruten de su salvación. Si fuera necesario, ella se muestra dispuesta a cargar con todas las penas del infierno con tal de que los hombres amen a Dios y se salven. Una petición tan desinteresada tenía eco en la presencia de Dios. En más de una ocasión sintió cómo el Señor se complacía en sus peticiones. Hasta aquí hemos resumido lo que la M. Ángela María entiende por oración en general, sin entrar a considerar los distintos grados y maneras de oración.
ATENCION Y DEVOCIÓN
Como último punto, quisiera
apuntar algunas indicaciones más útiles para hacer oración, según la
experiencia y doctrina de la M. Ángela María. «Para el buen ejercicio del
orar son tan necesarias la atención y devoción, que sin ellas no puede haber
oración». Por la primera alude a lo que la constitución de Liturgia (SC
11.90) llama poner el alma en consonancia con la voz, es decir, cuando se está
en lo que se hace percatándonos a quien rezamos y ante quien estamos, «porque
el hablar a Dios sin la debida atención, fuera irreverencia a la Suprema
Majestad». Tener atención significa que cada una de las potencias del alma han
de estar empleadas en el trabajo de la oración, pues en otro caso, «faltándoles...
su principal empleo, perderán el tiempo, que se debía lograr en el servicio de
Dios».
La devoción fundamental
consiste en la disposición del alma a «obrar todo aquello que sea del servicio
de Dios», y «esto aunque la oración sea fría y seca». La otra devoción, «tierna
y sensible», se dé a los principiantes, para que se animen a entrar en la
verdadera oración: «y así las pido por amor de Dios, que no se fíen con
ninguna devoción sensible y gozosa, ni se aseguren en ella».
PRESENCIA DE DIOS
Además de las condiciones
generales, a las que nos hemos referido en el primer apartado de este trabajo,
la M. Ángela María aconseja con mucha insistencia renovar frecuentemente la
memoria de la presencia de Dios dentro del alma, repasar la situación de la
propia conciencia ante Dios y pedir «manutencia y ayuda del Señor para lograr
aquel rato en su santo servicio y amor, pidiéndole juntamente lo mismo para
todas las hermanas y las demás criaturas».
El método normal para la oración
es el de la meditación: ella lo considera como «el camino real por donde las
almas van caminando con seguridad de no perderse en él... En cuanto sea de
nuestra parte, debemos comenzar con ella la oración». En la meditación, el
alma trabaja poniendo en juego la memoria, el entendimiento y la voluntad. Pero
el verdadero avance acontece cuando el que obra es Dios.
CONTEMPLACIÓN
Estamos en la última etapa de
la oración: la contemplación como fin y remate de la meditación. A las
alturas de la contemplación se llega guiados por «la Santísima Humanidad del Señor». El alma debe buscar «así en
la Divinidad, como en su Humanidad Santísima, el verdadero pasto, siendo
guiada por lo visible de su Humanidad al conocimiento
de lo invisible de su Divinidad». En
la contemplación, la oración se hace pasiva: toda ella es «obra de
Dios y obra poderosa, porque no es nada nuestra, toda es obra de su bondad, que
es la mayor excelencia de esta tan alta oración».
Como se trata de un don
extraordinario de Dios, hay que recibido con agradecimiento, cuando el Señor lo
concede, pero «el alma no debe creer con facilidad que ya está dispuesta y
proporcionada para la oración pasiva y sus efectos». «Las visitas de Dios han
de ser cuando S. M. quisiere». y normalmente «esta merced tan crecida pone al
alma en necesidad de ser muy pura y muy fiel en su obrar, y en una desnudez
total de sí misma y de criaturas, y una profunda humildad para reconocerse por
muy indigna de tales mercedes».
Al llegar a estas cumbres, en
las que obra Dios mediante el riego de su gracia, en las que se gusta a Dios de
cerca y sin mediaciones, ya no sirven las ayudas ordinarias de la oración como
discursos, libros, etc., pues «así como Dios no puede gustar de lo que no es
Dios, así el alma engolfada no puede reposar en lo que no fuere Dios», «no
quiere más de lo que quiere Dios, y así vive en Dios... que siempre la
inclina, a manera de un peso, hacia lo que ama, que es Dios, sin que otro peso
alguno pueda inclinarla a cosa fuera de su amado».
VIVENCIAS DE SOR ÁNGELA
Todo lo dicho puede sonar a doctrina puramente libresca, pero más allá de esta primera impresión está la propia experiencia de la M. Ángela María. Lo que enseña en el Riego Espiritual está hecho vida en su Autobiografía. Por eso tal vez sólo aquellos que han entrado por el camino estrecho de la oración pueden percibir en su propia experiencia un eco, aunque sea lejano en el tiempo, en el modo y en la intensidad, de la doctrina de la M. Ángela María. Para los demás, que hablamos de lo que no conocemos por experiencia, quizá todo esto nos haya parecido tan sólo una pura disertación académica. Esta es la radical diferencia entre hablar de Dios como un objeto de especulación y teoría y hablar al Dios cercano en diálogo amistoso y personal. Al cabo, sólo estas últimas palabras permanecen vivas y frescas más allá de la inevitable erosión del tiempo. Es lo que uno percibe al acercarse sin prejuicios a la vida y obra de la M. Ángela María de la Concepción.
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