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SOBRE LE ESPÍRITU SANTO

 Veamos en este día cuánto debemos amar al Espíritu Santo las criaturas por ser Él como el motor de nuestra existencia y la causa de ser criadas para gozar eternamente de los mismos goces de Dios.

 Sabemos por la fe que hay un solo Dios verdadero y que este Dios ni tuvo principio ni tiene fin; y aunque es un solo Dios son Tres Personas distintas a quienes llamamos Padre, Hijo y Espíritu Santo y las Tres son un solo Dios, por ser las Tres la misma Esencia Divina.

Esta Divina Esencia tiene en Sí diversos atributos; y como es un solo Dios, aunque hay en Él Tres Personas, las Tres gozan y tienen la misma sabiduría, la misma bondad, la misma caridad, la misma misericordia, el mismo poder y la misma justicia.

Sin embargo, estas Tres Divinas Personas tienen, como repartidos entre Sí, estos divinos atributos.

El Padre tiene como propios y como cosa que a Él le pertenece, el poder y la justicia; el Hijo, la sabiduría y la misericordia, y el Espíritu: Santo, que de los dos procede, la caridad y la bondad.

Este Dios, tres veces Santo, es, por naturaleza, manantial de toda dicha y ventura, de toda felicidad y grandeza, de todo poder y gloria, por ser Él quien es único y sin principio, pues todo lo demás que no es Dios todo tuvo principio y todo cuanto tuvo principio todo es de Dios y depende su existencia de la voluntad de Dios.

Todo cuanto hay en los Cielos y en la tierra, todo..., todo... depende de su querer, y si Él quisiera, los Cielos y cuanto hay en ellos, la tierra y cuantos habitantes hay en ella, todo, en el instante mismo de quererlo Dios, todo desaparecería y se quedaría todo como en la nada, de donde Dios lo sacó; y mientras tanto, quedaba Él en la misma grandeza y señorío, en las mismas felicidades, dichas, venturas y glorias, con los mismos poderíos y hermosuras; porque fuera de Él, nada..., nada... de cuanto existe, Le puede aumentar a Dios ni un pequeño punto de su grandeza, de su hermosura, de su felicidad, de su dicha, de su poder, de su gloria; en fin, de todo lo que es; porque Él es la única cosa que es; las demás cosas que existen no somos nada.

Pues, siendo quien es, y lo que es, y que fuera de Él no hay nada que Le pueda hacer feliz, vedle allá, en aquellas eternidades de su existencia, siempre..., siempre..., porque las eternidades dentro de Él estuvieron... y vida de Él recibieron, pues Él fue quien las formó, pues en todas aquellas grandezas, felicidades, dichas, hermosuras, glorias y poderíos, sin que jamás ninguno se lo pueda arrebatar, porque nadie existe sino Él; Él es la vida, y el único que vive con propia vida, y por ser Él la vida, jamás puede morir; su naturaleza divina encierra y lleva dentro de Sí más felicidades, dichas, hermosuras, grandezas y glorias que gotas de agua encierran en sí todos los mares, ríos y fuentes; y esta naturaleza divina de Dios está siempre como el panal de miel, destilando de Sí lo que en Sí encierra, y como fuente siempre perenne, porque su manantial es infinito e inmenso, y de Sí despide raudales inmensos de todas las hermosuras que en Sí encierra aquella infinita bondad de Dios, que es atributo divino y que le tiene el Espíritu Santo como cosa que a Él le pertenece.

Vedle como si algo le faltara, porque no tiene a quien dar aquellas dichas y felicidades que de Sí despide aquella Divina Esencia, porque la bondad es, como su carácter natural, el ser comunicativo y hacer a cuantos pueda participantes de lo que Él tiene y posee; y, ¿a quién va Dios a dar y hacer participante de lo que Él tiene si nadie existe sino Él?

Si las Tres distintas Personas que tiene en Sí esta Divina Esencia, las Tres son la misma cosa, el solo Dios, ¿Pues cómo saciar este su deseo del Espíritu Santo? ¿De qué medios se valdrá para que este atributo divino se satisfaga?

Ved lo que Él mismo nos enseña que hizo: con su atributo de bondad hizo fuerza a todos los demás atributos que hay en Dios, y todos unidos, como lo están siempre, por ser propiedad natural de la divina Esencia, todos hicieron fuerza, a la voluntad y querer de Dios, para que con su poder crease seres que, sin ser dioses, puedan participar de sus grandezas, de sus hermosuras, de sus felicidades, dichas y glorias; en fin, de todo aquello que brota de Sí su Divina Esencia y lo disfruten mientras Dios sea lo que es, es decir, la única cosa que es y que no tiene fin, ni le puede tener jamás; la voluntad y querer de Dios aceptó lo que pedían sus atributos divinos, y ved aquí cómo el Espíritu Santo es como el motor de nuestra existencia y la causa de haber sido criados para tanta dicha y ventura. 

¿ Y cómo agradecer al Espíritu Santo este be­neficio si no se Le conoce?

Yo por mí confieso que hasta que este mi inolvidable Maestro no me enseñó esta verdad yo nunca supe tal cosa. ¿Cómo yo Le iba a agradecer al Espíritu Santo este beneficio sin saberlo?; de aquí, Señor, la grande pena de mi corazón el que no eres conocido.

¿Y cómo vas a ser amado si no eres conocido? ¿Y quién Te conocerá, Señor, como Tú eres si Tú mismo no Te das a conocer?

¡Oh Santo y Divino Espíritu! ¡Bondad suma y caridad inmensa, que siendo piélago inmenso de inmensas dichas y glorias, como si algo Te faltara, porque no tenías a quien comunicar y dar lo que Tú tienes!

¡Oh qué mal correspondemos a tan inmenso beneficio! ¡Qué poco apreciamos los inmen­sos bienes que Tú, ¡Oh Santo y Divino Espí­ritu! has querido darnos con tanta liberalidad y largueza, sin tasa y sin medida, metiéndonos en aquel piélago inmenso que en Ti existe, para que eternamente, con tu misma dicha, seamos eternamente dichosos; con tu misma felicidad, seamos eternamente felices; con tus hermosuras, hacernos eternamente amables a tus divinos ojos; con tu grandeza, hacernos grandes sobre todo lo bello y hermoso que en los Cielos existe y criaste sólo para nuestro placer y contento! ¡Oh quien me diera recorrer el mundo todo y hablar a los hombres de Ti para que supieran lo que Tú nos has proporcionado para toda la eternidad y empezaran a amarte, quererte y servirte ahora en esta presente vida!

¡Oh Maestro mío, mi todo, en todas las cosas! ¡Si cuando estén en posesión de Ti pudieran tener alguna pena, como en esta vida su­cede, no tendrían otra alguna que la de no haberte conocido para a Ti sólo haberte amado!

Pues, ¡Bondad suma! Ven, sal a nuestro encuentro y hazte conocer de todos los hombres, para que en este destierro no caminemos sin tu compañía. Sé Tú, ¡Oh Santo y Divino Espíritu!, la luz que nos alumbre por los desconocidos caminos que a Ti conducen, el hábil Maestro que destruya nuestra ignorancia y rudeza y nos enseñéis, como Madre cariñosa, a balbucear cuando estemos en la presencia del Señor, para que, enseñados por Vos en todo no nos hagamos indignos de gozar lo que tu infinita bondad nos tiene ya preparado y de ello y de Vos gocemos por los siglos sin fin. Amén.

  Por el Padre Pío